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ANÁLISIS

Brasil encarcela su obsesión nacional

Entre las pasiones encendidas de partidarios y detractores, el que fue el líder más popular del país y uno de los mayores del planeta acaba en prisión

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Lula, durante un acto en Curitiba, el pasado 28 de marzo. AP

Por segunda vez en su vida, Luiz Inácio Lula da Silva se convertirá en presidiario. La primera ocasión fue hace 38 años, cuando la policía de la dictadura militar brasileña lo despertó una noche en su casa y se lo llevó después de que, como cabecilla de una huelga de obreros metalúrgicos del área metropolitana de São Paulo, hubiese puesto en jaque al régimen. Casi cuatro décadas más tarde, Lula volverá a quedar confinado entre rejas, ahora acusado de haberse valido de su cargo como presidente del país para obtener beneficios personales.

El héroe sindical, el ídolo de masas, el presidente más popular que ha tenido nunca Brasil, dentro y fuera de sus fronteras, entrará ahora en la cárcel bajo una acusación ignominiosa: aceptar como regalo un apartamento en la playa de una empresa constructora favorecida con contratos de la empresa pública Petrobras. La imagen va mucho más allá de la de un dirigente político preso. Resulta difícil escapar de los tópicos para definirla: una página en los libros de historia, el final de una época, la caída de un héroe.

Lo primero que hizo Lula tras conocerse la orden del juez Sérgio Moro para su inmediato ingreso en prisión fue correr a refugiarse en la sede del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo, allí donde todo comenzó. Arropado por los camaradas, jaleado por cientos de fieles, abrazado por militantes envueltas en lágrimas, entre los recuerdos de décadas de lucha obrera. Casi al mismo tiempo, las agencias internacionales de prensa comenzaban a distribuir un álbum de fotos que resumía los años gloriosos del otro Lula. Ahí ya no aparecía el aguerrido líder sindical sino el estadista que se metió en el bolsillo a medio mundo. En esas imágenes resplandecía el Lula estrella de las cumbres internacionales, el líder que confraternizaba tanto con George Bush como con Barack Obama, el que arrancaba sonrisas del presidente francés Jacques Chirac, el que rompía a llorar tras la designación de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos.

Lula no solo consiguió erigirse en el político que logró las mayores cotas de aceptación de la historia de Brasil, más de un 80% al final de su mandato. Ha sido también uno de los líderes más unánimemente elogiados del planeta. Allá por donde iba, solo concitaba aplausos. Entre la derecha, por someterse a la ortodoxia económica. Entre la izquierda, por haber sacado de la miseria a millones de brasileños hasta entonces abandonados a su suerte por los sucesivos gobernantes de uno de los países más desiguales del mundo.

El Lula que vuelve a la prisión, 38 años después, aún conserva muchas cosas del osado sindicalista capaz de jugárselo todo en plena dictadura militar. Pero ahora arrastra cargas muy pesadas a sus espaldas. Primero fue el caso mensalão, el descubrimiento de que su gobierno se dedicaba a sobornar a los miembros del Congreso para comprar su apoyo político. Más tarde, las evidencias de que, bajo sus mandatos, la petrolera pública Petrobras actuaba como el cofre del que extraían su botín el Partido de los Trabajadores y sus aliados, entre ellos, algunos representantes de lo peor de la política tradicional brasileña. Finalmente, las prebendas personales para él y su familia: los regalos de las constructoras, los negocios de los hijos, las conferencias pagadas por empresas a precio de oro.

Y a pesar de todo, Lula sigue siendo un héroe para millones de brasileños. Sus más acérrimos incondicionales cultivan por él una devoción de proporciones místicas, como si ya no fuese un simple hombre, ni siquiera un dirigente político más, sino la esencia misma del pueblo brasileño hecha carne. El propio Lula ha alimentado la idea con discursos como el que pronunció este año en Belo Horizonte: “Están lidiando con un ser humano diferente. Porque yo no soy yo, soy la encarnación de un pedacito de célula de cada uno de vosotros” . Sin caer en esas ensoñaciones, hay también muchos millones de brasileños, los eternamente desheredados, los condenados durante generaciones y generaciones a vivir en la miseria mientras una pequeña elite se reparte las inmensas riquezas del país, que ven en Lula sin más al único presidente que se preocupó de verdad por mejorar sus condiciones de vida.

La legión de detractores que le ha crecido en los últimos años tampoco escapa a las exageraciones y los delirios. Otros muchos millones de brasileños están tan obsesionados con la idea de meter a Lula entre rejas que mostrar el dibujo del expresidente ataviado con el traje de rayas se convirtió en una especie de fijación maniática de todas las protestas contra él que se han sucedido en los últimos años. Encarcelar a Lula es como una conquista definitiva, como encerrar al diablo en la botella, curar todos los males de Brasil, erradicar para siempre la corrupción que, según el modo de ver de este sector de la población, no existía en el país hasta que el líder del PT llegó al Gobierno. Su odio también ha alcanzado cotas bíblicas, como lo demostró el alcalde de São Paulo, el multimillonario João Doria, en un mensaje grabado tras conocer que el expresidente irá a la cárcel. “Esta decisión lava el alma de los buenos brasileños”, proclamó. “Ha llegado su hora, Lula. Ahora Brasil comienza a respirar. Y usted, Lula, va a respirar en la cárcel”.

Por mucho que los brasileños estén profundamente divididos, este viernes habrá una cosa que los una. Cuando vean entrar en prisión a Luiz Inácio Lula da Silva estarán viendo a algo más que a un expresidente del país, a algo más que a un dirigente político, a algo más que a un simple hombre.

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