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Macron defiende su política migratoria ante las críticas de sus aliados

El presidente francés visita Calais, símbolo del descontrol europeo en la inmigración

Macron habla con un inmigrante sudanés durante su visita a Calais
Macron habla con un inmigrante sudanés durante su visita a Calais AFP

Ver a Emmanuel Macron a la defensiva es una imagen inusual. Los primeros meses del presidente francés, elegido el pasado mayo, han sido un paseo triunfal. En un discurso de más de una hora en Calais, emblema europeo del descontrol en la gestión de la inmigración, Macron respondió con dureza las críticas —algunas, procedentes de aliados suyos— por las políticas de mano dura con los indocumentados y los episodios de supuestos excesos policiales. El Gobierno prepara una ley que agilizará la deportación de los inmigrantes indocumentados y al mismo tiempo acelerará los procedimientos para que los refugiados puedan regularizar su situación y se integren en Francia.

“El orden republicano vale para todo el mundo. Debe haber humanidad, pero también respeto para las leyes de la República”, dijo Macron, víctima, por primera vez desde que llegó al poder, del fuego amigo, los ataques —algunos virulentos— procedentes de medios de comunicación y de personalidades públicas que hasta ahora parecían verle con ojos amables.

Macron eligió Calais para una jornada de reuniones, con inmigrantes, con gendarmes, con cargos electos locales y con algunas ONGs. No todas: dos se ausentaron en señal de protesta. El presidente lanzó un aviso a las que “animen a estos hombres y mujeres a quedarse, a instalarse en la ilegalidad, incluso a cruzar [el canal de la Mancha]”.

Calais es la gran puerta de entrada del continente hacia Reino Unido. Entrada de mercancías —una cuarta parte del comercio británico pasa por este punto, recordó el presidente— y de personas. Es el primer puerto de pasajeros de Europa y el punto de llegada, en los últimos años, de miles de inmigrantes que buscaban el paso a las islas británicas. A finales de 2016 las autoridades francesas desmantelaron el campo de chabolas conocido como La Jungla, donde residían 8.000 personas; ahora hay en Calais entre 350 y 600 inmigrantes.

En el Palacio de Elíseo ha sentado mal la portada del semanario L’Obs —el antiguo Nouvel Observateur— en el que se ve una foto siniestra del rostro de Macron detrás de un alambre de espinos y el titular: “Bienvenido al país de los derechos humanos”. En un artículo, el Nobel de Literatura Jean-Marie Gustave Le Clézio escribe que supone “una insoportable negación de humanidad” separar a los inmigrantes “entre los que merecen la acogida, por motivos políticos, y los que no son dignos de ella”, “entre los que piden asilo por el peligro que corren en sus países y los que huyen de sus países por razones económicas”.

La distinción entre unos y otros, los inmigrantes económicos y los que justificadamente buscan asilo político, es sin embargo la base de la política migratoria del presidente francés. Lo era ya durante la campaña electoral —tal distinción, y la necesidad de expulsar a unos y acoger a los otros, figuraba literalmente en el programa— y lo siguió siendo después.

¿Qué cambió? El acento, primero. El primer Macron, que llenaba de elogios a la canciller alemana Angela Merkel por su acogida de los refugiados, subrayaba la empatía con el recién llegado. Más tarde, se impuso el discurso de la mano dura, reforzado en otoño por la adopción de dos circulares del Ministerio del Interior. La primera ordenaba acelerar las expulsiones de quienes habían visto denegada la solicitud de asilo. La segunda permitía que brigadas móviles formadas por agentes públicos entraran en albergues para controlar el estatuto migratorio de los inquilinos. También hubo promesas incumplidas: en un discurso sobre inmigración en julio, el presidente dijo que a final de año no habría inmigrantes durmiendo en la calle. Un paseo por París basta para desacreditar su promesa.

Los decretos, sumado a los episodios de agentes de las fuerzas de seguridad desmantelando tiendas de campaña, inmigrantes cruzando los Alpes nevados entre Italia y Francia, o filtraciones sobre la nueva ley de inmigración, han llevado a un grupo de personalidades afines a Macron a publicar un artículo en Le Monde que suena a señal de alarma. “¡Señor Macron, su política contradice el humanismo que usted promueve!”, es el título. Lo firman, entre otros, el economista Jean Pisani-Ferry, que fue el cerebro económico de la campaña electoral de Macron y uno de sus consejeros más cercanos, además de Laurent Berger, secretario general del sindicato moderado CFDT (aliado de Macron en la reforma laboral) y Thierry Pech, director general del laboratorio de ideas Terra Nova, considerado en la órbita macroniana.

En la propia mayoría presidencial en la Asamblea Nacional se han escuchado voces discrepantes, aunque el jefe del grupo parlamentario de La República en marcha, el partido de Macron, está convencido de que, cuando el texto de la ley sea presentado, contará con el respaldo de la mayoría.

El mensaje del presidente: La Jungla no volverá a abrirse. Segundo mensaje: los policías “deben ser ejemplares”. “No puedo”, dijo, “permitir que se dé crédito a la idea de que las fuerzas del orden ejercen violencia física, confiscan efectos personales, despiertan a personas en plena noche, usan gases lacrimógenos en puntos de distribución de agua o comidas. Si esto se hace, es contrario a toda deontología. Si esto se hace y se prueba, será sancionado”. Y tercer mensaje, dirigido a los críticos: “Los franceses esperan orden y humanidad”. La cuadratura del círculo de la inmigración pondrá a prueba al presidente “de izquierdas y de derechas” de Macron —y su mayoría parlamentaria— en 2018.

Francia expulsó a más inmigrantes irregulares en 2017

Francia incrementó el año pasado el ritmo de expulsión forzada de inmigrantes sin papeles, en consonancia con la política de mano dura con la inmigración económica de Macron. Según el Ministerio del Interior, en 2017 la expulsión forzada de “extranjeros en situación irregular” aumentó 14,6% a 14.859 casos, en comparación con las 12.961 del año previo. La mano dura también se sintió en las fronteras del país, con un “fuerte incremento”, del 34%, de las “no admisiones de extranjeros en situación irregular”: 85.408 en 2017, frente a 63.732 en 2016.

Las cifras se conocen unos días después del anuncio de que el país superó, también en 2017, la barrera de las 100.000 demandas de asilo. La cifra “histórica” de 100.412 peticiones, según el director general de la Oficina Francesa de Protección de Refugiados y Apátridas (Ofpra), Pascal Brice, supone un aumento de un 17% de las solicitudes de asilo respecto de 2016. Confirma además, dijo a la agencia France Presse, que “Francia está entre los primeros países de demanda de asilo en Europa”. Aun así, sus niveles siguen muy por debajo de Alemania, que prácticamente dobla las cifras francesas. Francia aprobó 43.000 solicitudes de asilo el año pasado.

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