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Trump aprueba un refuerzo militar en Afganistán y renuncia a fijar fechas para una retirada

El presidente abre la puerta a acuerdos políticos con los talibanes y advierte de un cambio de objetivo: "Ya no vamos a construir naciones, vamos a matar terroristas"

Donald Trump, a la izquierda, junto al jefe del Pentágono, Jimm Mattis, el pasado julio en la base de Norfolk (Virginia).

La guerra más larga de Estados Unidos sigue sin tener una fecha de fin a la vista, ahora ya ni siquiera escrita en un papel. Donald Trump se dirigió esta noche a los estadounidenses y reconoció que su estrategia para Afganistán tendrá que diferir de lo que él defendía antes de llegar a la Casa Blanca, que lo enquistado del conflicto hace imposible la retirada inmediata de las tropas. En un discurso en horario de máxima audiencia, desde la base militar de Fort Myer, en Arlington (Virginia), renunció a fijar un año para lograr la retirada de sus tropas -algo que sí hizo su predecesor, Barack Obama- y recalcó que serán las “condiciones” las que indiquen que el momento ha llegado.

“Una retirada apresurada crearía un vacío que los terroristas, incluidos el ISIS [siglas en inglés del Estado Islámico] y Al Qaeda llenarían de inmediato, tal y como ocurrió antes del 11-S. Y, como sabemos, América se fue de Irak de forma equivocada y apresurada”, señaló el republicano, culpando a Obama de esto último.

Estados Unidos lleva casi 16 años atrapado en la guerra afgana, sin haberla ganado y sin haber dotado a las fuerzas locales de autonomía suficiente como para abandonarlas, y el Pentágono ha acabado por convencer a Trump para que redoble sus esfuerzos en la zona. Aunque el presidente también advirtió de que no daría pistas al enemigo sobre las tropas que desplegaría, el departamento de Defensa tiene la autorización para elevar los efectivos en unos 3.000 o 4.000 soldados (ahora hay 8.500).

Trump aprueba un refuerzo militar en Afganistán y renuncia a fijar fechas para una retirada

El empresario neoyorquino no ocultó que se trataba de una capitulación en toda regla. “Comprendo la frustración de los americanos”, dijo al principio de su discurso. “Mi primer instinto era salir, y a mí, históricamente, me ha gustado seguir mis instintos, pero he oído toda mi vida que las decisiones son muy distintas cuando te sientas en la mesa del Despacho Oval”, explicó. Fue el mayor reconocimiento público desde que llegó al Gobierno, el pasado 20 de enero, de lo distintas que se ven las cosas desde el poder. Distintas de cómo las juzgaba en la campaña electoral o de cuando, por ejemplo, en 2012, tuiteaba este mensaje: “Es tiempo de salir de Afganistán. Construimos carreteras y escuelas para gente que nos odia. No favorece nuestro interés nacional”.

Los halcones de la Administración se han impuesto frente a quienes abogaban por proseguir la retirada, muy especialmente, el exestratega jefe de Trump, Steve Bannon, fuera de la Casa Blanca la semana pasada y valedor de la retórica más aislacionista. Esta partida la perdió hace ya tiempo. En junio el Pentágono propuso a Trump un plan para sumar 3.000 soldados más y el presidente optó otorgar al departamento de Defensa la autoridad para determinar la cuantía y naturaleza del contingente, pero el jefe del Pentágono, Jim Mattis, prefirió esperar a disponer de una estrategia clara por parte de la Administración.

Sin cheques en blanco para Kabul

Ese plan es el que parece haber llegado ahora, una nueva hoja de ruta en la que el relato de su presencia en la zona cambia sustancialmente. “Ya no vamos a construir una nación, vamos a matar terroristas”, enfatizó, tras explicar que su papel no sería decir a los afganos cómo vivir o cómo construir su sociedad. "Estados Unidos trabajará con el Gobierno afgano siempre que veamos determinación y avances. Pero nuestro compromiso no es ilimitado, y nuestro apoyo no es un cheque en blanco. El pueblo estadounidense espera ver reformas reales y resultados reales", apuntó también. Además, lanzó una advertencia contra Pakistán, país al que acusó de “un refugio para organizaciones terroristas”.

Afganistán fue un foco de frustraciones para Obama y puede serlo también para Trump. Para empezar, se trata del conflicto que le ha hecho desdecirse de una de sus máximas de la campaña electoral, que Estados Unidos debería centrar sus recursos en solucionar sus problemas internos y no en campañas militares para “construir” en otros países. El presidente demócrata prometió al llegar a la Casa Blanca que comenzaría el repliegue en 2011 y en 2014 aseguró que se completaría antes de finalizar su mandato. Hoy quedan 8.400 militares desplegados, pero resulta una parte mínima de los 100.000 que llegó a haber.

Hasta ahora, la guerra se ha llevado por delante la vida de 2.400 soldados estadounidenses y ha engullido 700.000 millones de dólares del contribuyente. El Gobierno de Kabul ha perdido terreno, solo tiene control indiscutible en el 57% del país, frente al 72% de un año antes, según los datos entregados al Congreso estadounidense el pasado febrero. En el sur, el poder de los talibanes alcanza el 80% del territorio. Resulta muy optimista pensar que esos efectivos adicionales –de confirmarse- vayan a suponer un giro de la situación a corto plazo. Tampoco exhibiciones de fuerza, como la llamada “madre de todas las bombas” que Estados Unidos lanzó el pasado abril supuso cambio alguno en el tablero.

Trump hereda de Obama el problema que este recibió de su antecesor, George W. Bush. Tras los atentados del 11-S, los americanos lideraron una coalición internacional para destruir al grupo terrorista Al Qaeda y expulsar a los talibanes, pero no han logrado ni una cosa ni la otra tras década y media de invasión. Este lunes, el nuevo comandante en jefe prometió ganar.

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