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Colombia busca acabar con la violencia en el país tras el desarme de las FARC

El atentado del Andino y los secuestros despiertan los fantasmas del pasado. Mientras, las autoridades persiguen una paz completa

Varias personas encienden velas el día 18 en el centro comercial de Bogotá atacado la víspera.
Varias personas encienden velas el día 18 en el centro comercial de Bogotá atacado la víspera. REUTERS

Colombia cierra este martes un ciclo de más de medio siglo marcado por la violencia de las FARC. Los cerca de 7.000 combatientes de la primera guerrilla del país culminan la entrega de armas y comienzan la fase final de su reincorporación a la sociedad. Pero este proceso no basta para alcanzar una paz completa. Hace diez días una bomba mató a tres mujeres en Bogotá, hay grupos insurgentes que siguen secuestrando y las mafias de narcotraficantes declararon en mayo la guerra a la policía al verse acorraladas por las fuerzas de seguridad. Las autoridades afrontan el desafío de consolidar la normalidad. 

El camino recorrido en Colombia desde la firma de los acuerdos entre el Gobierno de Juan Manuel Santosy las FARC, el año pasado, no tiene precedentes. La guerra con esa organización ha terminado. "No es lo mismo tener a una guerrilla todavía armada que una guerrilla que ha dejado las armas. Entonces, yo creo que lo que logramos es una permanencia de esta situación posconflicto, y eso me parece notorio. El sentido de lo histórico es que se logra la plena irreversibilidad [del conflicto]", explica a EL PAÍS Jorge Restrepo, director del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC).

Sin embargo, la violencia persiste. Hace dos sábados la sociedad colombiana se enfrentó a sus peores fantasmas. En medio de una tarde de compras, la explosión de un artefacto colocado en un baño de mujeres del centro comercial Andino acabó con la vida de tres jóvenes y dejó una decena de heridos, sembrando el pánico en la capital. Una semana después, las fuerzas de seguridad realizaron diez registros y detuvieron el sábado a ocho sospechosos del ataque, a los que ayer se sumó uno más. “Las evidencias en poder de los investigadores señalan que los cuatro hombres y las cuatro mujeres pertenecerían al autodenominado Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP)”, señaló la fiscalía. Se trata de un grupo insurgente menor que, según las autoridades, tuvo vínculos con células del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Esta guerrilla, la más relevante todavía activa, se sentó en febrero con el Gobierno en una mesa de diálogo en Quito (Ecuador) para tratar de negociar un cese al fuego. Sus dirigentes condenaron, al igual que las FARC, el atentado del Andino, pero su estructura horizontal y caótica complica esas conversaciones, que apenas han avanzado. En torno a la medianoche del viernes, el ELN liberó a dos periodistas holandeses que tenía secuestrados desde hacía una semana en la región del Catatumbo, cerca de la frontera con Venezuela.

La liberación se produjo después de un día de confusión, en medio confirmaciones y desmentidos. La guerrilla alegó que en esa zona, abandonada por el Estado, “la posibilidad de efectuar privaciones temporales de la libertad a personas desconocidas y ajenas a las comunidades se corresponde con una actitud preventiva, de ejercicio de protección y seguridad, natural para cualquier fuerza insurgente”. La realidad es que el ELN todavía no ha dejado la práctica del secuestro, lo que se ha convertido en la razón de máxima fricción con el equipo negociador del Gobierno.

A estas circunstancias se suma la violencia de grupos armados que viven del narcotráfico. El más peligroso, el llamado Clan del Golfo, se caracterizó por la ofensiva contra el Estado conocida como plan pistola. Es decir, un ofrecimiento a los sicarios de 700 dólares por cada policía asesinado que, salvando las distancias, devolvió al imaginario colectivo a los tiempos de la guerra contra Pablo Escobar.

Menos atentados

Con todo, es evidente que la Colombia contemporánea es muy diferente a la Colombia del pasado. "El número de atentados terroristas es bastante inferior y ha ido cayendo", señala Restrepo, quien destaca que "el radicalismo violento es excepcional". Tras el desarme de las FARC, además, las fuerzas de seguridad "pueden ocuparse de ejecutar acción militares sin la preocupación de romper el cese al fuego", lo que en su opinión "es una muy mala noticia para el crimen organizado y el ELN".  "En Colombia se está confundiendo miedo con inseguridad y una percepción de inseguridad", continúa este analista. Pero los riesgos son, de facto, menores.

“El mensaje es que el terrorismo no paga y que el terrorismo será castigado por la justicia, castigado por las autoridades”, afirmó Santos tras conocer la detención de los presuntos responsables del atentado en el centro comercial. El presidente advirtió desde el primer momento de que no permitirá que nada perjudique el camino a la paz. “Hemos avanzado mucho para consolidar la tranquilidad de los colombianos y tengan la seguridad de que no vamos a permitir que lo logrado hasta ahora sea frenado por un puñado de extremistas, de cobardes o de quienes no quieren la reconciliación del pueblo colombiano”, aseguró.

El Papa y la reconciliación

Ese es el objetivo central, en estos momentos, de las autoridades, que afrontan el reto de asentar una convivencia pacífica en un clima de elevada polarización de la sociedad, en la que muchos sectores siguen rechazando los acuerdos con las FARC. Precisamente, los expresidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana impulsaron la semana pasada una “gran coalición” para las elecciones de 2018, que aún no tiene cabeza de lista, “entre los distintos sectores que obtuvieron la victoria del no en el plebiscito”.

En este contexto, el papa Francisco viaja a Colombia en septiembre con una meta: la reconciliación. Jorge Bergoglio presidirá un “gran encuentro de oración por la reconciliación nacional” en Villavicencio, capital del departamento del Meta (centro del país), uno de los más azotados en las últimas décadas por la guerrilla y por la producción de coca.

En cualquier caso, el viaje del Papa, que visitará también Bogotá, Medellín y Cartagena durante cuatro días, es una oportunidad para dar nuevos pasos hacia la paz, sobre todo en el diálogo con el ELN. La Iglesia católica colombiana pidió la semana pasada a los equipos negociadores del Gobierno y de la guerrilla que hagan lo posible para “concertar y convenir un acuerdo bilateral de cese al fuego y hostilidades” con ocasión de la visita.