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OPINIÓN

La historia nos juzgará

Para Donald Tusk, la mayor preocupación de la UE es “el orden en sus fronteras exteriores”

El ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov (izq.), saluda al Secretario general de la ONU, Ban Ki-moon (dcha.), este miércoles Ampliar foto
El ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov (izq.), saluda al Secretario general de la ONU, Ban Ki-moon (dcha.), este miércoles REUTERS

Quien no puede lo menos, ¿cómo podrá con lo más, es decir, la crisis de refugiados y migraciones de enormes dimensiones que tiene planteado el mundo? Lo mínimo es que Naciones Unidas proteja la llegada de la ayuda humanitaria durante una tregua. Pues no. No tiene ni los instrumentos coercitivos y legales, ni la capacidad de presión sobre los países implicados para evitar que un convoy conjunto del organismo internacional y de la Media Luna Roja que se dirigía a Alepo durante la tregua fuera bombardeado, presumiblemente por aviones rusos, con el resultado de la muerte de 20 conductores y cooperantes.

Los europeos hemos visto en el último año cómo el sistema de asilo organizado después de la Segunda Guerra Mundial se ha convertido en una herramienta inservible ante la crisis global que se nos ha venido encima. La Organización Internacional de las Migraciones, fundada entonces para resolver los problemas europeos, tuvo que enfrentarse con la gestión de 11 millones de desplazados. De aquella crisis surgió el derecho de asilo, que obliga a no rechazar a las personas que huyen de la persecución, la guerra y la muerte.

Actualmente, hay cerca de 70 millones de desplazados en el mundo, de los cuales unos 20 millones encajan en la figura del refugiado. Las cifras se han incrementado, pero también se ha difuminado la frontera entre refugiados que huyen de la guerra y la persecución y desplazados por hambrunas, desastres naturales y ecológicos o situaciones de extrema violencia, e incluso emigrantes expulsados de Estados fallidos con sus economías en ruinas.

El mundo necesita un orden global en el que se reconozcan los derechos de estas personas y un sistema de recepción y asilo que conduzca a su integración en países estables donde puedan rehacer sus vidas. Esta era la finalidad de las dos reuniones de alto nivel celebradas en Nueva York, la primera Asamblea General de la ONU dedicada a los refugiados del lunes y la cumbre de líderes del martes, presidida por Barack Obama, que coincidieron con el bombardeo criminal sobre el convoy humanitario. Todo ello expresión, como siempre, de un desfase entre los hechos y las palabras, aunque algunas ya sean de compromisos públicos y privados respecto a incrementar el número de acogidas y las inversiones, sobre todo por parte de los países con más medios.

Visto desde Europa, lo peor no es la timidez de este primer paso en dirección a conceptos más generosos y a mayores medios, sino el papel de sus instituciones, representadas por el presidente del Consejo, Donald Tusk, que expresó bien a las claras que la mayor preocupación de los 27 se reduce a “restaurar el orden en sus fronteras exteriores” para conseguir “una reducción de los flujos irregulares hacia la UE”. Contrasta con Barack Obama, que invocó “la falta de acción en el pasado, por ejemplo rechazando a los judíos que huían de la Alemania nazi, como una mancha en nuestra consciencia colectiva” para señalar que “la historia nos juzgará duramente si ahora no estamos a la altura”.