El debate

“La Yihad en la intimidad”

Los objetivos siguen siendo los mismos, la recuperación de los denominados territorios perdidos y la creación de un nuevo califato

Un emascarado delante de una bandera del autoproclamado Estado islámico.
Un emascarado delante de una bandera del autoproclamado Estado islámico.Reuters

La yihad ha cambiado, se ha transformado y universalizado convirtiendo en realidad el sueño de internacionalización que en los años noventa proclamaba en sus fetuas Osama Bin Laden. De la mano de Al Qaeda Central y ahora del Estado Islámico (ISIS) ha conseguido demostrar a Occidente y, en especial, a Europa su vulnerabilidad, y arrastrar hacia su causa a una legión de seguidores que están dispuestos a morir matando.

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Los objetivos siguen siendo los mismos, la recuperación de los denominados territorios perdidos y la creación de un nuevo califato, pero la estrategia para conseguirlos está sufriendo una extraordinaria mutación que la hace mucho más peligrosa. A medida que la acción policial acosa con mayor efectividad a las células locales que antes protagonizaban los ataques en Europa, después de miles de detenciones, de decenas de juicios y condenas, y cuando viajar a Siria o Irak y cruzar las fronteras de Turquía es cada vez más difícil resurgen de sus madrigueras los lobos solitarios que actúan por simpatía hacia la organización, con radicalizaciones exprés y sin que haya mediado ningún contacto con la organización. Tipos vengativos, locos o desesperados que ven en el ISIS un argumento con el que despedirse de la vida terrenal. Personajes difíciles a los que el oportunismo del ISIS convierte de forma repentina en sus nuevos soldados.

¿Qué es un terrorista que practica la yihad? Mohamed Atta, el egipcio de ojos rasgados, el dirigente del comando de suicidas que protagonizó el 11-S en 2001 causando 3.000 víctimas en el país más poderoso del planeta, urdió su plan en Hamburgo (Alemania) durante más de dos años y viajó a Kabul (Afganistán) para proponérselo a Bin Laden. Amer el Azizzi, un marroquí formado en los campos afganos de Al Qaeda reunía a sus adeptos en el bar La Alhambra del madrileño barrio de Lavapiés y les alentaba a hacer la yihad en España. De sus charlas y de las de otros emires surgió la semilla que germinó en el 11-M de 2004, el mayor atentado de la historia de la Unión Europea. Los paquistaníes que un año después protagonizaron la matanza del 7-J en Londres mantenían estrechos lazos con la entonces boyante organización yihadista. Los autores de las carnicerías en París, tanto en Charlie Hebdo como en las cosmopolitas terrazas del barrio de Bastille se habían formado en Siria. Por acción o por inspiración las células locales que actuaban en Europa tenían vínculos con la organización.

El perfil del viejo yihadismo, organizado aunque desestructurado por razones de seguridad, seguirá existiendo. Volverá a aparecer, aunque de forma más intermitente por la efectividad policial. La inquietante novedad radica en que emerge con más fuerza que nunca el terrorista en la intimidad, el de tipos solitarios como el camionero tunecino o el joven afgano que de la noche a la mañana deciden matar con un tráiler o un hacha en nombre de Alá. Conviviremos con estos nuevos lobos solitarios a los que dibujó Mustafá Setmarian en su diseño de la yihad urbana. Soñó con ellos porque son los más clandestinos y difíciles de detectar. Y después de muchos años de espera este sirio nacionalizado español ha conseguido que salgan a la calle. No en manada, lo hacen de uno en uno. ¿Son terroristas yihadistas? Sí, también son terroristas. Son una nueva legión que acecha en cada esquina.

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