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La reforma económica de Arabia Saudí exige difíciles cambios sociales

La Visión 2030 que promueve el hijo del rey pone sobre la mesa el Estado rentista y la alianza de la monarquía con los religiosos

Dos musulmanes rezan en la ciudad saudí de La Meca, el pasado 16 de enero.
Dos musulmanes rezan en la ciudad saudí de La Meca, el pasado 16 de enero. REUTERS

Los Al Saud tienen prisa. Antes de que se cumpla un siglo de la fundación del moderno Estado saudí en 1932, la familia gobernante quiere llevar a cabo las reformas que el petróleo le había permitido esquivar hasta ahora. La ambiciosa Visión 2030, que el príncipe Mohamed Bin Salmán, hijo del rey, viceheredero y hombre fuerte del reino, presentó el pasado lunes, se centra en la economía, pero apunta también a cambios estructurales sin los cuales los analistas consideran improbable sacar adelante el proyecto. De llevarse a cabo, supondría renegociar el contrato social de la monarquía con sus súbditos; pocos creen que vaya a llegar tan lejos.

“Estamos decididos a construir un país próspero en el que todos los ciudadanos puedan cumplir sus sueños, esperanzas y ambiciones”, promete el documento de 82 páginas (86 en su versión en inglés), en el que se condesa el propósito trasformador de los Al Saud. Sus ejes: una sociedad vibrante, una economía boyante y una nación ambiciosa.

La Visión va mucho más allá de las dos medidas que ha destacado la prensa internacional: la privatización parcial de Aramco, la gigantesca empresa petrolera nacional, y la creación del mayor fondo soberano del mundo una vez que se incluyan los activos de aquella. Además de reducir la dependencia del petróleo, aspira, entre otros, a colocar a Arabia Saudí entre las 15 primeras economías del mundo (desde el actual puesto 19º), situar tres de sus ciudades entre las cien primeras, elevar la esperanza de vida de los 74 a los 80 años, e incluso aumentar el gasto de los hogares en cultura y entretenimiento, o duplicar los lugares de su patrimonio incluidos en la lista de la UNESCO.

Suena casi revolucionario para un país en el que las estrictas regulaciones sociales —concesión al estamento religioso que legitima la monarquía— restringen la libertad personal hasta límites insospechados. Desde el vestido (sayones negros para ellas y túnicas blancas para ellos) hasta el ocio (están prohibidos los cines, los teatros y las discotecas), pasando por el ritmo diario (todos los negocios tienen que cerrar cinco veces al día para el rezo). Por no hablar de la segregación sexual, la ausencia de libertades de expresión y asociación, o de que las mujeres tienen vedado conducir.

“El asunto clave va a ser cómo estos objetivos razonables y ambiciosos se traducen en cambios reales”, ha declarado Masood Ahmed, el director para Oriente Próximo y Asia Central del Fondo Monetario Internacional.

Hasta ahora, el pacto consistía en que la familia real se ocupaba de las necesidades materiales de sus súbditos y a cambio estos no cuestionaban su poder absoluto. En la medida en que los decrecientes ingresos del petróleo ya no pueden financiar esas demandas crecientes, se necesita que la población, 21 millones de saudíes, se implique más en el desarrollo del país, cuyo sector privado recae casi totalmente sobre los hombros de 10 millones de trabajadores extranjeros.

“Los saudíes intentan repetir el modelo chino, facilitar crecimiento y oportunidades para su juventud sin hacer concesiones políticas significativas”, interpreta el analista estadounidense Brian M. Downing.

Para lograrlo no basta sin embargo con que el país se abra al comercio, la inversión y los visitantes extranjeros. Las reformas exigen poner patas arriba la estructura social del ultraconservador reino y eso es algo sobre lo que ni el texto de la Visión 2030 ni el príncipe Mohamed han dado detalles. Desde la necesidad de una mayor transparencia en la gestión pública hasta el requisito de leyes civiles que den seguridad jurídica a los potenciales inversores, todo choca con el aislacionismo promovido por los clérigos fundamentalistas que sustentan el gobierno absoluto de los Al Saud.

“Es difícil ver cómo pueden llevarse a cambo esos cambios si se mantiene como hasta ahora la alianza entre la monarquía y el estamento religioso”, opina un observador europeo que pide el anonimato porque viaja con frecuencia a Arabia Saudí.

Esa alianza, sellada en el siglo XVIII con el ultraortodoxo Mohamed Abdel Wahhab (de ahí el nombre de wahabí con el que se conoce la estricta interpretación saudí del islam), permitió a Abdelaziz Ibn Saud, padre del actual monarca, fundar el reino en 1932. Los Al Sheij, descendientes de Abdel Wahhab, aún controlan las instituciones religiosas cuya influencia se extiende a todos los aspectos de la sociedad.

Algunos analistas han querido ver en el reciente anuncio de limitaciones a la policía religiosa, importante instrumento de control social de los ultraconservadores, un intento de la familia real de poner riendas a su poder. Sin embargo, la Visión es muy cuidadosa en sus planteamientos e insiste una y otra vez en las raíces islámicas del país. Incluso las propuestas aparentemente anodinas de construir “el mayor museo islámico” o promover el deporte resultan controvertidas para los fundamentalistas, quienes se oponen tanto a la exhibición de objetos que equiparan con la idolatría como a que las mujeres se ejerciten.

Las expectativas que según la prensa local había despertado el anuncio entre las saudíes quedaron defraudadas. El plan solo contempla el modesto objetivo de elevar su participación en la fuerza de trabajo del 22% al 30% en los próximos 15 años. Nada sobre el principal obstáculo para su integración laboral: la prohibición de conducir en un país donde el transporte público urbano es inexistente y el crecimiento horizontal de las ciudades exige grandes desplazamientos.

Al ser preguntado por el asunto durante la conferencia posterior a la presentación, el príncipe Mohamed se escudó en el habitual argumento de la familia real de que la sociedad aún no está preparada para ello. Quienes realmente no están preparados son los ulemas, que han convertido la segregación de la mujer en bandera de su autoridad. Y los Al Saud siempre han sido muy cuidadosos con ellos, ya que históricamente los principales desafíos a su Gobierno han venido de sectores religiosos conservadores que se han sentido agraviados.

Otro importante frente de contención va a ser la reforma de la educación. Aquí el hijo del rey ha sido más explícito al comprometerse a crear “un sistema educativo alineado con las necesidades del mercado”. Desde hace años, se ha hecho evidente que un currículo centrado en el estudio del Corán resulta poco útil para encontrar trabajo. Y la presión es enorme. La mitad de los saudíes tiene menos de 25 años. Eso significa que dos millones necesitarán un empleo en la próxima década y entre los menores de 30 el paro es del 29 %.

Además del currículo, hay que cambiar la mentalidad. Tres cuartas partes de los saudíes trabajan en un sector público ineficiente e insostenible, mientras que el 80% de los trabajadores del sector privado son extranjeros.

A pesar del entusiasmo de los medios locales y los sectores liberales que apoyan a la familia real como freno ante el avance integrista, algunos saudíes se muestran escépticos. “Sin comentarios”, fue la única reacción al anuncio de @Mujtahidd, el Julian Assange saudí. Su observación iba acompañada de un montaje fotográfico que yuxtapone la promesa del príncipe Mohamed de librar a Arabia Saudí de la dependencia del petróleo para 2020, con la que hizo su padre en 1978 de convertir Riad en una de las grandes ciudades del mundo para 1985.

Queda por ver si, como ha dicho el hijo del monarca, “la Visión no es un sueño, sino algo que se hará realidad”.