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Un minuto de silencio en el epicentro del dolor

Estudiantes de Ayotzinapa y familiares de los 43 normalistas marchan en Iguala a un año de la tragedia

Un manifestante en el acto en Iguala.
Un manifestante en el acto en Iguala.

En el lugar donde Julio César Mondragón fue hallado muerto con el rostro desollado el 27 de septiembre de 2014 se levanta hoy un memorial. A un costado de un basurero clandestino, en la zona industrial de Iguala, sobresale un gran triángulo invertido de concreto que se clava en una base. De ella emergen cuatro manos de metal pintadas de negro. En el centro de la estructura hay una fotografía del joven con un gorro de franjas blancas y negras que sonríe con una mueca extraña. Bajo ella dice: “No me olviden, no estoy enterrado. Sembraron a un hombre cuya misión es despertar conciencias. No dejen de luchar por justicia terrenal, la divina es eterna”.

Félix Díaz, un comerciante de Iguala, se quedó un rato largo leyendo el mensaje. Llegó a visitar el cenotafio arrastrado por la manifestación que interrumpió brevemente la vida del municipio de 100.000 habitantes. La tarde de este domingo los normalistas de Ayotzinapa marcharon por las calles de la ciudad para recordar la tragedia ocurrida 365 días atrás, cuando tres de sus compañeros fueron asesinados y otros 43 desaparecieron sin que hasta el día de hoy se sepa donde están. “Yo no tengo hijos estudiantes, pero me aterra pensar cómo murieron estos muchachos. Somos seres humanos y merecemos la vida”, dijo Félix mientras sus pies buscaban los sitios más secos del lodazal donde Julio César encontró la muerte.

Este sitio fue la segunda parada de la protesta hecha en el epicentro de la tragedia que ha marcado a México y que fue encabezada por los familiares de los 43 desaparecidos. Berta y Tomás, los padres de Julio César, no pudieron acudir al evento. Después de guardar un minuto de silencio, uno de los organizadores tomó el micrófono. “Hemos solicitado a los peritos argentinos independientes un nuevo dictamen, porque el que tenemos señala que quienes quitaron el rostro a Julio César fueron roedores”.

Poco antes, la comitiva visitó, no muy lejos de allí, el sitio donde cayeron fulminados por policías municipales Julio César Ramírez y Daniel Solís Gallardo. La madre de Julio César, recordó que el grupo ha solicitado a Enrique Peña Nieto permitir al grupo de expertos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) permanecer en México por un tiempo indefinido. “Lo pedimos para que sigan indagando qué pasó con nuestros muchachos”.

Los investigadores de la OEA han puesto en aprietos al Gobierno mexicano al cuestionar la versión oficial de la Fiscalía, construida por Jesús Murillo Karam, el exprocurador general. A un año de los hechos, las autoridades, que han detenido a más de 110 personas, no han podido aportar un móvil que explique la cacería de los estudiantes por parte de sicarios del cártel local de Guerreros Unidos.

Algunos comercios del centro de Iguala bajaron sus cortinas metálicas temiendo que la manifestación de este domingo se convirtiera en un nuevo episodio de violencia. Muchos habitantes de Guerrero reprueban el comportamiento de los estudiantes rurales en las manifestaciones. Este lunes, más de un centenar de normalistas destruyó las oficinas de la Fiscalía estatal, en Chilpancingo, la capital. Esto puso en guardia a los soldados del 27 batallón de infantería, ubicado en Iguala, que esta mañana montaron barricadas y alambre de púas en las puertas del destacamento. El papel de los militares la noche de los hechos es cuestionado por algunos. Se especulaba con la posibilidad de que los normalistas fueran a increparlos, lo que no ocurrió.

Muchos habitantes de la ciudad, sin embargo, regalaron agua, tortas y tacos a los estudiantes y familiares de las víctimas que recorrieron la ciudad. Alfonso Lara dejó abiertas las puertas de su negocio de refacciones para automóviles, a un par de manzanas de la explanada principal. “Yo no les temo”, dijo. Mientras un millar de personas desfilaba ante sus ojos ensayó una explicación de lo sucedido en Iguala. “Las autoridades le abrieron las puertas al demonio”, concluyó.

La protesta culminó frente a las ruinas del Palacio Municipal, que fue ocupado dos años por el diablo encarnado en José Luis Abarca. Una muchedumbre prendió fuego y saqueó al Ayuntamiento en octubre de 2014 cuando se supo que el alcalde pudo haber dado la orden de desaparecer a los estudiantes. El edificio es hoy un cascarón que permanece vacío y arrasado.

En el patio de la catedral, a un costado de lo que queda de la alcaldía, María Claudia Ramírez, de 77 años, se alejó brevemente de la escuela pastoral para prestar atención al mitin. “Sin esto no se hubiera visto la corrupción. Los jóvenes dieron sus vidas para que se descubriera todo lo malo que pasa aquí”, dice. Iguala quiere exorcizar sus demonios.

 

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