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ACUERDO NUCLEAR CON IRÁN

Cuando en Viena se reordena el mundo

Después de quince días y tres plazos incumplidos, Estados Unidos e Irán se encallan en los detalles de un pacto que cambia Oriente Próximo

El ministro iraní Mohammad Javad Zarif, en Viena.
El ministro iraní Mohammad Javad Zarif, en Viena. REUTERS

Hace doscientos años, en Viena, las potencias europeas reordenaron el mundo. Bajo la batuta del príncipe Metternich, las viejas monarquías retomaron el control de las relaciones internacionales tras las turbulencias que habían comenzado con la Revolución Francesa y terminado con la humillación de Napoleón en Waterloo. El Congreso de Viena duró diez meses. A un kilómetro del palacio donde se celebraron las reuniones, en otro palacete decimonónico, las cinco potencias mundiales e Irán intentan poner fin este fin de semana a casi dos años de negociaciones en varias capitales y 15 días de esfuerzo final en Viena para reordenar un Oriente Próximo.

El objetivo de la negociación de Viena es bloquear las vías de acceso de Irán a la bomba atómica a cambio de un levantamiento de las sanciones que ahogan su economía. Participan el grupo conocido como P5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania y la Unión Europea) e Irán. En Viena está en juego mucho más que el programa nuclear. Desde la lucha contra el Estado Islámico —enemigo común de Estados Unidos e Irán — a la legitimación de Irán en el concierto de las naciones, pasando por la reconciliación entre Washington y Teherán tras más de tres décadas enfrentados: todo esto se dirime en los salones del Palais Coburg.

Nervios, cansancio, reproches, miedo. Nadie se atreve a ser el primer en saltar hacia el acuerdo. Cualquier concesión será examinada, y destripada, en Washington y en Teherán; quien la suscriba responderá de ella durante años. A la hora del gran sí o del gran no, el secretario de Estado, John Kerry, y su homólogo iraní, Javad Zarif, quieren pensárselo bien. De ahí que hayan traspasado tres plazos más o menos oficiales: el original, fijado para el 30 de junio, un segundo el 7 de julio, y el tercero del viernes 10. El siguiente es el lunes.

El embargo de armas, clave

El embargo de la ONU al comercio de armas y tecnología para misiles a Irán frena el acuerdo. Teherán, con el apoyo de Rusia, pide que el embargo se incluya entre las sanciones que se levantarán una vez adoptado el acuerdo.

Para los iraníes es una cuestión de principios. Creen que con el acuerdo se abre una etapa y su país ya no puede ser tratado como un paria.

EE UU teme una carrera armamentística con los millones de dólares disponibles gracias al fin de otras sanciones. Y sospecha que las armas acabarán en países como Siria. Para el Congreso, que revisará el acuerdo, no es un detalle menor.

"El tiempo es necesario para generar confianza y para poder avanzar, pero si el tiempo es excesivo y no se avanza a un ritmo suficiente, se puede convertir en un problema", dice por teléfono Javier Solana, veterano en innumerables negociaciones y precursor del proceso que ahora se resuelve en Viena. En la década pasada el español Solana, entonces jefe de la diplomacia de la UE, inició el diálogo para frenar el Irán nuclear. Le sucedieron la británica Catherine Ashton y ahora la italiana Federica Mogherini. "El factor tiempo", continúa Solana, "no es solamente para los negociadores, sino para los que se oponen. Das más tiempo también a los que se oponen al acuerdo, y esto se está notando".

Los plazos son un incentivo para pactar pero también una presión suplementaria para el negociador. Too big to fail: demasiado grande para quebrar. La expresión, que se aplicó a los bancos de Wall Street durante la crisis de 2008, circula ahora en Viena: estas negociaciones son demasiado importantes, por sus consecuencias potenciales, y se ha llegado demasiado lejos como para permitir su fracaso. Pero nadie quiere parecer débil si cede, pero tampoco quedar como culpable si el acuerdo fracasa. Irán siembra el terreno para responsabilizar a EE UU si todo fracasa. Los negociadores iraníes acusan a Kerry de retractarse de compromisos anteriores y señalan las divisiones entre las potencias mundiales.

El ministro ruso, Serguéi Lavrov, respalda a Zarif en la exigencia de levantar el embargo de la ONU a la exportación e importación de armas convencionales, no nucleares. Este es uno de los últimos obstáculos. “Me preocupa, porque el tiempo favorece las grietas que puedan aparecer entre los P5+1”, dice Solana. "Estamos en una situación compleja, pero espero que se pueda encontrar una solución. Se ha llegado muy lejos y sería un desastre para todos que retrocediéramos, sobre todo, en la sintonía alcanzada a lo largo de estos años, entre los miembros del Consejo de Seguridad y los europeos. Sería un desastre que saliéramos de este proceso sin acuerdo y además con divisiones entre los miembros del Consejo de Seguridad".

Uno de los antecesores de Kerry venera al príncipe Metternich. Se trata de Henry Kissinger, el apóstol de la reapolitik, o realismo político, la doctrina diplomática basada más en los intereses nacionales que en el idealismo. El nuevo orden europeo que salio del Congreso de Viena era antidemocrático pero garantizó un siglo de estabilidad en el continente. Kissinger, además de un devoto de Metternich, ha sido uno de los secretarios de Estado más viajeros de la historia. En 1974, pasó 34 días seguidos de gira, precisamente por Oriente Próximo. Kerry —con la pierna rota y muleta — le emula: lleva dos semanas en una sola ciudad, Viena, que a efectos prácticos se ha convertido en la sede provisional del Departamento de Estado. “Ni nos precipitaremos ni dejaremos que nos den prisa”, dice.