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ANÁLISIS

No estamos hablando de centrifugadoras

El “nunca amenace a un iraní” pronunciado por Zarif revela los arraigados recelos de su país hacia el resto del mundo

El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Javad Zarif, junto a la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, en Viena.
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Javad Zarif, junto a la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, en Viena. Photothek via Getty Images

Hay debate sobre si la frase fue “nunca amenace a un iraní” o “nunca amenace a los iraníes”. En cualquier caso, el exabrupto en Viena de Mohammad Javad Zarif, el ministro de Exteriores de Irán, revela mucho del carácter (y las inseguridades) de su país. Desde el principio de las negociaciones, los iraníes han insistido en la idea de un acuerdo “justo”, en la equidad del esfuerzo, en ser tratados como iguales en el proceso, en que no les aleccionen como si fueran socios menores. No es (sólo) retórica persa, sino fruto de una arraigada desconfianza hacia el resto del mundo, y en particular hacia Occidente.

La historia reciente ha convencido a los iraníes de que son víctimas de un trato desigual en las relaciones internacionales. El rechazo internacional a la revolución con la que se libraron de la tiranía del Shah en 1979, el respaldo generalizado (incluida la venta de armas químicas) a la guerra que el Irak de Sadam Husein desató contra su país al año siguiente, su singularización en los informes de derechos humanos cuando en su vecindario se cometen tropelías similares sino mayores, todo ello ha persuadido a esta nación orgullosa y nacionalista hasta la médula de que el mundo está en su contra. Porque el mundo, el mundo que contaba, era hasta hace cuatro días Occidente, y además tampoco de sus vecinos de Oriente se ha terminado de fiar nunca. (Desde los púlpitos, los clérigos suelen atacar a EEUU y sus aliados; pero Rusia y China tampoco se libran de su suspicacia).

Por supuesto simplifico. Es inevitable cuando se condensa en unas pocas líneas un país de 78 millones de habitantes y cientos de años de historia. Pero incluso entre las élites occidentalizadas se percibe con frecuencia una cierta mentalidad de sitio.

Los iraníes no se juegan en Viena un programa atómico que, como me recuerda a menudo un diplomático amigo “no ha dejado de crecer bajo las sanciones”, sino su lugar en el mundo. El asunto trasciende las habituales divisiones internas entre conservadores y reformistas, ultras y moderados. Tal vez discrepen en el precio que están dispuestos a pagar (más o menos centrifugadoras, más o menos acceso a los inspectores) o en el alcance (si abrirá o no las puertas a la reconciliación con EEUU), pero no con la esencia: el reconocimiento de su derecho a la tecnología nuclear para fines pacíficos, incluido el enriquecimiento de uranio y la investigación, aunque tengan que ralentizar el programa durante unos años para calmar los recelos que despierta.

Reclaman un trato normal (fuera del Consejo de Seguridad y el régimen de sanciones), y a pie de calle, recuperar poder adquisitivo. Pero no a cualquier precio. Aunque muchos aceptan que el comportamiento internacional de la República Islámica no ha sido ejemplar (asalto a la Embajada de EEUU, apoyo a grupos armados en el exterior, operaciones secretas) tampoco creen que en eso su país haya sido excepcional. La guerra sucia ha tenido (aún tiene) muchos actores.

No sólo Zarif o los gobernantes no aceptan que se les amenace, tampoco los iraníes como nación están dispuestos a encajar chantajes o intimidaciones. Otra cosa distinta es que a muchos les gustaría un sistema de gobierno más abierto y participativo, o que tengan la esperanza de que una cosa lleve a la otra. Pero mientras tanto, Zarif y su equipo, les representan. Que a un hombre de modales tan cuidados se le escapara la advertencia, da una idea de las susceptibilidades que despierta el asunto. No estamos hablando de centrifugadoras.