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El hospital argentino del descontrol

El Gobierno argentino interviene uno de los mayores sanatorios del país por falta de higiene y personal, y ante las sospechas de corrupción

Hospital Posadas Ampliar foto
El hospital Posadas, en Buenos Aires.

Iara, una joven bonaerense de 23 años, piercings en el rostro y dos gemelos recién nacidos, recuerda las cucarachas que caminaban por la sexta planta del hospital Posadas, uno de los principales de Argentina, cuando hace unas semanas estuvo ingresada allí antes y después de parir. Ahora ve pasar los biberones destapados que llegan a la sala de neonatología para alimentar a sus bebés y a otros 49 pequeños que se reponen en ese sitio preparado para 40, según denuncian enfermeras de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). Sus niños nacieron con ocho meses y solo deben engordar un poco más antes de recibir el alta. “El personal hace lo posible, pero no podés inventar los insumos. Además falta higiene y personal”, se resigna Iara, vendedora de artesanía y tartas.

A la joven madre y sus hijos les ha tocado ser atendidos en lo que dentro del Posadas llaman la Villa 31, en referencia a uno de los mayores barrios de chabolas de Buenos Aires. Paredes desconchadas, colas eternas por todas partes y una sensación de centro en decadencia que contrasta con el nuevo edificio del hospital, aún en construcción, donde ya funcionan oficinas administrativas, 12 quirófanos y 105 consultorios, y al que llaman Puerto Madero, como el barrio más lujoso de la capital argentina.

En este hospital de Haedo, en el oeste del Gran Buenos Aires (periferia), el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner está invirtiendo más de 40 millones de dólares, pero no funciona. En medio de un notable descontrol y sospechas de corrupción, el Gobierno anunció en abril con gran despliegue mediático la sustitución de la dirección. “Ahora nadie puede entrar en la zona de gerencia, no sabemos qué pasa allí”, cuenta una enfermera.

El Gobierno ha admitido su disconformidad con el servicio ofrecido y por eso lo intervino el pasado abril. “No se condice el nivel de inversión con la calidad de las prestaciones en este hospital”, reconoció el jefe del Gabinete de Ministros, Aníbal Fernández, al anunciar el cambio de director del centro de salud.

Las contradicciones del Posadas son las del sistema de salud de Argentina. En este país coexisten tres subsistemas: el privado; el de las obras sociales sindicales, que reciben las contribuciones a la Seguridad Social de los empleados con contrato legalizado y que están asociadas a las empresas de pago; y el público, que se financia con los impuestos y que atiende principalmente a trabajadores en negro, parados y también a brasileños, paraguayos, bolivianos o peruanos no residentes que viajan a Argentina porque allí reciben tratamientos gratuitos de enfermedades graves. En los hospitales públicos de Argentina, atienden los mejores médicos del país y suponen una referencia sudamericana para ciertas patologías complejas, pero muchos de ellos, como el Posadas, se caracterizan por el hacinamiento, la escasez de insumos y la infraestructura deteriorada.

Tras recorrer algunos pasillos desvencijados, Antonia, de 72 años, consigue rápido turno para una tomografía computada porque está con dolores de cabeza. La atenderán en solo 10 días. A su hija la operaron allí de un tumor en el cerebro y ahora aguarda que le hagan una resonancia magnética, pero el equipo lleva roto desde “hace tres o cuatro meses”, según Antonia.

Fue centro de detención

El Posadas es un hospital con historia. En la última dictadura militar (1976-1983), la prensa publicaba que allí los guerrilleros eran atendidos de forma clandestina y guardaban armas. Con esa excusa las Fuerzas Armadas intervinieron el hospital e instalaron allí un centro de detención y torturas. El exdictador argentino Reynaldo Bignone (1982-1983) fue condenado a 15 años de prisión por dirigir ese reducto en el que 22 personas estuvieron secuestradas y cinco fueron torturadas

“Pero nos atienden rebien. No me puedo quejar. Solo me molesta que haya gente que viene a dormir a los asientos y no te dejan sentar en las salas de espera”, comenta la pensionista. Al lado de la secretaria que le da el turno, está pegado un cartel de un sindicato que aclara: “Queremos darle la atención que usted merece y necesita, pero no podemos porque existen pésimas condiciones de trabajos, constantes episodios de inseguridad y violencia sobre los trabajadores del hospital y pacientes, irregular provisión de insumos básicos”.

El gasto argentino en sanidad viene subiendo desde 2007, cuando llegó al 6,5% del PIB. Ahora está en el 7,3%, pero es más bajo que el 7,6% de hace 15 años. Está por debajo de Brasil (9,7%), España (8,9%) y Chile (7,7%) y por encima de Colombia (6,8%) y México (6,2%). La participación pública en el gasto sanitario en Argentina ha mejorado respecto a 2000: del 53,9% al 67,7%; y supera a Brasil (48,2%), Chile (47,4%) y México (51,7%), aunque no a Colombia (76%) ni España (70,4%). Argentina tiene más camas hospitalarias per cápita que cualquiera de estos países, pero más mortalidad infantil y menos esperanza de vida que Chile y España.

“El Posadas mejoró respecto a hace 10 años en cantidad de personal, quirófanos y consultorios, pero aún es insuficiente. También atendemos a mucha más gente”, lamenta Cristina, enfermera militante del sindicato ATE. El nuevo director del centro, Domingo Latorraca, promete mejoras, pero reconoce la crisis: “Tratamos de poner este hospital en el lugar donde debe estar”. El mismo desafío del resto de la sanidad pública argentina.