El entierro ha terminado

El sepelio de un adolescente echa el cierre simbólico un año después al ‘caso Heavens’ El trasfondo de la matanza de los 13 jóvenes raptados en una discoteca aún no es claro

Velatorio de Jerzy Ortiz, víctima del 'caso Heavens'.
Velatorio de Jerzy Ortiz, víctima del 'caso Heavens'.FELIPE LUNA

Yendo de Tepito al cementerio, las chicas que van en el asiento trasero del microbús escuchan el ruido de una moto y se vuelven para mirar por la luna de atrás. Son dos tipos que habían estado en el velatorio. El que va de paquete lleva una cerveza en la mano, y cuando adelantan al microbús les hace una mueca. Es estrecho como un canuto, moreno oscuro, y tiene un rostro asimétrico en el que la boca, los ojos y la nariz, más desordenados aún por una madrugada de tragos en honor a su amigo de la infancia, forman un cuadro que legitima su apodo.

–¡Mira, es El Muerto! –dicen las chicas riéndose.

Hace un rato repasaban en sus teléfonos las fotos que tienen con Jerzy. Una era de un día de Reyes. En primera fila aparecen unos elefantes de peluche, y en la de arriba está él con El Muerto a su lado. Tenían diez años. Pero la mirada del Muerto tenía más de diez años.

–Ahí ya le llamaban El Muerto –dice una–. Yo creo que desde chiquito siempre le llamaron El Muerto.

Jerzy Ortiz era el más pequeño de los 13 que fueron raptados en una discoteca afterhours del centro de México DF el 26 de mayo del año pasado y que aparecieron tres meses después mutilados en una fosa común de un bosque a las afueras de la ciudad. Tenía 16 años.

Cuatro de los 13 cuerpos fueron sepultados en septiembre. Los demás estuvieron en la morgue desde agosto. Sus familias no se fiaron de las autoridades y exigieron un peritaje independiente que se le encargó a un equipo de forenses argentinas con tres décadas de experiencia en lugares tan diferentes como Filipinas, la antigua Yugoslavia o su propio país. La confirmación de los resultados salió a principios de mayo y en las últimas semanas las familias que faltaban han hecho sus velatorios y sus entierros.

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La noche anterior al entierro de Jerzy, lunes 19 de mayo, su hermano mayor llegó al velatorio flanqueado por El Muerto y por El Lenguas y con una banda de música norteña detrás. Juan Carlos Ortiz llevaba en la mano una botella de whisky Buchanan’s. Iba vestido de blanco y traía una camiseta que en la espalda ponía en letras doradas, Tony Montana. Cocaine syndicate.

Dentro de la funeraria está el féretro. Encima del féretro también hay una botella de Buchanan’s, y una rosa blanca de cerámica.

En un sofá del cuarto funerario, la hija de Juan Carlos juega con un perro enano de raza Pomerania. Es una niña de cuatro años con unos ojos que parecen almendras del ciberespacio. El perro se llama Mailo Versace, y es de un hombre que al día siguiente apareció en el entierro con un suéter Hilfiger y un gorro santero de color blanco.

A las once de la noche, un pastor inicia una alabanza al lado del ataúd. “Dice la palabra del Señor que toda rodilla se dobla y que toda lengua confesará que Jesús será el Señor. Cristo viene pronto. Hemos visto señales en el cielo. Arrepiéntete. Arrepiéntete esta noche y busca al Señor”. En cuanto termina el pastor, empieza a tocar la banda.

Al día siguiente, por la tarde después del entierro, un primo de Jerzy enseña en casa de la familia en Tepito un tatuaje que se ha hecho en un costado. Es una oración que Jerzy puso en su Facebook semanas antes de morir. Si ojos tienen que no me vean. Si manos tienen que no me agarren. Si pies tienen que no me alcancen. No permitas que me sorprendan por la espalda. No permitas que mi muerte sea violenta. No permitas que mi sangre se derrame. Tú que todo lo conoces. Tú que conoces mis pecados. Tú que también sabes de mi fe. No me desampares, amén.                                       

                                                  *    *    *

“Gordo, no mames güey…”, dice Juan Carlos mientras el féretro de su hermano entra en la fosa. La tierra de alrededor del agujero está reseca y se desprende hacia abajo con las pisadas. Su madre pide que a él lo echen un poco hacia atrás. Juan Carlos está borracho y sonámbulo.

El Lenguas, un tipo de metro noventa tan delgado como El Muerto y con una nariz larga y quebrada, le pide a un enterrador: “¡Ponle mi rosario a mi carnal!”. El Lenguas está alterado, y más bien se lo ordena: “¡¡Pónselo, quiero verlo bien!!”. Ya están colocando sobre el ataúd las losas de cemento para cerrar la fosa. Dentro, los familiares han dejado recuerdos: como le gustaban las motos, le han puesto una de juguete, y le han metido la botella que estaba sobre el féretro en el velatorio. Juan Carlos, además, ha regado desde arriba el ataúd con otra botella más de Buchanan’s. Cuando ya estaba casi vacía le ha dado un trago y luego ha dejado caer en el agujero hasta las últimas gotas.

Juan Carlos Ortiz vacía una botella de whisky en la tumba de su hermano.
Juan Carlos Ortiz vacía una botella de whisky en la tumba de su hermano.P. LL.

Antes de que acaben de enlosar la tumba, Juan Carlos le dice a un enterrador: “Espérate carnal, le da miedo güey”. El Lenguas está llorando y El Muerto también. Juan Carlos insiste, “No lo tapes güey”, con un hilo de voz mareada, y su madre le ruega que deje de decir eso. “Ya no tiene miedo, hijo, ¡ya-no-tiene-miedo!”. Jerzy Ortiz era un adolescente de 110 kilos de peso que prefería dormir con la luz encendida.

El jueves pasado la Procuraduría de México DF anunció la detención del supuesto cabecilla de los asesinatos. Ya han arrestado a 24 implicados. Las autoridades sostienen que se trató de un ajuste de cuentas por el asesinato –tres días antes del rapto– de un vendedor de droga al menudeo, pero hasta donde llega la información oficial ninguno de los 13 muertos había participado en ese homicidio ni era integrante de la Unión de Tepito, el grupo criminal del barrio del que era la mayoría de ellos. A lo largo del caso se ha especulado que Jerzy era el objetivo de la venganza y que los asaltantes –de la banda a la que pertenecía el muerto de tres días antes– decidieron llevarse también a todos los que estaban de fiesta con él. Su padre, Jorge Ortiz, encarcelado desde hace diez años por delito de extorsión, fue un líder del tráfico de droga en Tepito. Le llamaban el Tanque. Cuando se supo del secuestro él dijo desde prisión que ya estaba fuera del negocio y que su hijo era un niño que no tenía nada que ver con todo eso.

Ahora se especula que en Tepito hay una guerra de baja intensidad entre la Unión y enviados del Cártel del Golfo, un grupo poderoso del noreste de México, que han llegado para intentar hacerse con el control del principal barrio de trasiego de droga de la capital. Al final de la ‘rueda de prensa’ sobre la detención del cabecilla de la matanza, un reportero quiso obtener una valoración de lo que pasa en Tepito, pero no se admitieron preguntas. La postura oficial sobre el tipo de delincuencia que hay en la capital, reiterada en infinidad de declaraciones al respecto de la masacre del Heavens, es que a diferencia del resto del país, el DF, aún siendo el mayor centro de consumo de droga de toda la república, no se enfrenta a un problema de crimen organizado sino de pandillas de narcomenudeo.

Cuando los enterradores acaban de cubrir con losas la tumba de Jerzy Ortiz y empiezan a echarle encima paladas de tierra, uno de los que iban con El Lenguas y con El Muerto, un individuo que debe de andar por los cuarenta pero que tiene en la cara los surcos de veinte años más, se mete entre los enterradores, le quita a uno la pala y se pone a hacer el trabajo él mismo. De inmediato se le suma una chica alta y delgada que hace unos minutos tenía en las manos la carcasa de plástico de la moto de juguete.

Una vez lo han cubierto de tierra, en medio de la polvareda que han levantado las paladas y bajo el sol de las tres de la tarde, El Lenguas grita que Juan Carlos vaya a apretar el acelerador de una moto para despedirlo con el ruido del tubo de escape.

–¡Que la bufe nada más la moto, que la bufe!

El camposanto está hecho en gradas sobre la ladera de un cerro. La tumba de Jerzy está en la zona más alta. Su hermano baja al aparcamiento, se monta en una moto de carreras y se pone a acelerarla en el sitio. Cuando lleva un minuto atronando con la gente aplaudiéndole desde arriba, de repente llega al lado de Juan Carlos un amigo de ellos en una scooter perseguido por un coche oscuro con una luz de policía en la luna delantera. A partir de ahí dos minutos de histeria: el coche frena junto al muchacho y el copiloto lo golpea con la puerta abriéndola con violencia contra él, y en seguida el conductor y el copiloto están fuera del coche zarandeando al tipo de la moto, pero –aún más enseguida– los de arriba ya están corriendo escaleras abajo. Al verlos venir, El Lenguas en cabeza, uno de los policías hace el gesto de echarse la mano a la pistola, pero de inmediato los dos se dan la vuelta, se meten en el coche y después de llevarse unas patadas en la chapa consiguen salir de allí marcha atrás. En medio del barullo, un joven con cuello de boxeador le pregunta a un cámara de la prensa, invitado al entierro, por qué está grabando, y sin esperar a que se complete el diálogo le casca un puñetazo en la cabeza que lo tumba con la cámara estallando contra el suelo. No está claro porque dos agentes de incógnito perseguían en un cementerio a un tipo subido a una scooter. El entierro de Jerzy Ortiz ha terminado.

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