Menú indigesto en Bruselas

Lo que permite a Renzi hacer ya lo que Rajoy pospone es que Italia ha reducido ya su déficit hasta el ansiado 3% del PIB

El primer ministro de Italia, Matteo Renzi.
El primer ministro de Italia, Matteo Renzi.REMO CASILLI (REUTERS)

Hace apenas una semana, la Comisión Europea señalaba a Italia como el nuevo enfermo de la zona euro, y le prescribía la receta habitual: austeridad, no ya para contener el déficit, sino para rebajar cuanto antes la voluminosa deuda pública (133% del PIB); y reformas, para levantar la renqueante productividad y, a medio plazo, el crecimiento y el empleo. Bajar impuestos es siempre una decisión agradecida, pero además del respaldo popular, el primer gran gesto económico de Matteo Renzi, pareció prestar más atención a otro mensaje que Bruselas también dio, aunque en clave muy menor: el riesgo inminente de que la recuperación no despegue, el consumo siga bloqueado y los precios se estanquen, a tiro de piedra de la deflación.

Lo que permite a Renzi hacer ya lo que el Gobierno de Mariano Rajoy pospone —bajar impuestos para paliar la catarata de recargos fiscales con los que se afrontaron los enormes agujeros presupuestarios legados por la crisis— es que Italia ha reducido ya su déficit público hasta el ansiado 3% del PIB (el español sigue en el 6,5%). La cuestión es que, para Bruselas, en el caso italiano, la reducción del déficit debe proseguir a buen paso hasta convertirse en superávit (excluido el gasto en intereses), para empezar a bajar la deuda pública cuanto antes. Pero el primer ministro italiano demostró este miércoles que lo que es prioridad para la Comisión Europea, no lo es para él.

La rebaja de impuestos se concentra en tributos directos (al trabajador y a la empresa), lo que contribuye a perfilar el sistema fiscal hacia donde recomienda la Comisión: más impuestos indirectos (el IVA pasó del 21% al 22% en octubre), menos directos. En todo lo demás, Renzi, más preocupado por reactivar el crecimiento —la previsión es que el PIB italiano crezca este año la mitad que el español—, hizo oídos sordos a las recetas comunitarias.

Porque el primer ministro italiano aclaró que no piensa proseguir con el recorte del déficit (hasta el 2,6% este año), lo que le da margen para compensar parte de la caída de ingresos asociada a la bajada de impuesto. Porque, además, fue muy explícito en detallar las bajadas de impuestos, pero no de dónde van a salir los recortes de gastos —más allá de nuevos ajustes en contratos militares— que deberían evitar un repunte del déficit más allá del 3%. Porque lo que se ahorra en gasto de intereses por la mejora del mercado tampoco se destinará a reducir el déficit. Y porque el grueso de la nueva reforma laboral, que también estaba anunciada, se emplaza al Parlamento.

De la reforma laboral, Renzi solo adelantó que limitará por decreto la duración de los contratos temporales (tres años), pero no exigirá causa para hacerlos —lo que anticipa un aumento de este tipo de contratación a corto plazo— y simplificará los contratos de aprendizaje. En suma, el primer ministro italiano ha parado el reloj del ajuste presupuestario, ha primado las bajadas de impuestos sobre los recortes de gastos, y ha condicionado el grueso de la reforma laboral al respaldo parlamentario, en Italia siempre incierto. Muy del gusto de Bruselas no parece.

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