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TRIBUNA

En la ciudad de la furia

Los economistas del gobierno intentan ser heterodoxos, pero solo muestran su ignorancia, palabra que, a su vez, rima con arrogancia

Dos vecinos esperan en una plaza de Buenos Aires durante las inundaciones de 2013.
Dos vecinos esperan en una plaza de Buenos Aires durante las inundaciones de 2013. Reuters

Entre vuelos fugaces Buenos Aires se ve tan susceptible.
Ese destino de furia es lo que en sus caras persiste”, Gustavo Cerati

Los economistas del gobierno intentan ser heterodoxos, pero solo muestran su ignorancia, palabra que, a su vez, rima con arrogancia

Así le cantaba a Buenos Aires Soda Stereo. Y tenían razón. De los cuarenta grados centígrados de enero a las torrenciales lluvias de febrero. El calor de entonces vino acompañado de cortes de energía. Los aguaceros de hoy producen inundaciones. El clima es parte de la tradición, uno de los principales mitos urbanos que siempre se las agarró con los porteños, esos heroicos habitantes de la ciudad de la furia.

Pero, claro, no sólo la naturaleza se ensañó con ellos. La política y la economía hicieron aún peores estragos. Un país que comenzó a tener alta inflación a mediados del siglo pasado y que de allí en más creció, hasta llegar a la hiperinflación de fines de los ochenta. La dolarización como práctica social institucionalizada, la estampida monetaria casi como otro brutal fenómeno meteorológico. Un proceso político históricamente basado en el suma-cero, marcado por una constante lógica de amigo-enemigo. La cooperación entre diferente grupos así fue esporádica, la democracia improbable. Cada vez que se cruzaron los dos ciclos en baja, el político y el económico, las crisis subsiguientes llevaron a Argentina a la portada de los periódicos del mundo. “Me veras caer, como un ave de presa, me veras caer, sobre terrazas desiertas”; la ciudad de la furia fue siempre el teatro perfecto. La primera vez fue tragedia, y la segunda, la tercera y todas las que siguieron, también. Farsa, no fue jamás.

Curiosamente, la política y la economía están en relativa calma hoy, a pesar de la devaluación de enero. Calma “chicha”, me aclaran mis interlocutores, en referencia al término del argot local que denota esos minutos muertos que preceden una feroz tormenta, donde no vuela ni una hoja, pero nubes gruesas y oscuras presagian lo que viene. Esto para seguir con la meteorología. La inflación mensual medida por la oposición de manera independiente da un índice anualizado superior al 30 por ciento, la más alta desde 1991, año de hiperinflaciones. La primera reacción del gobierno fue predecible, negar la realidad, para después publicar un índice oficial creíble por primera vez en siete años. La necesidad tiene cara de hereje: había que cumplir con “el fondo”.

No obstante, la confusión intelectual de las autoridades económicas sorprende aún al observador más novato. En el mundo de las finanzas preocupa que el gobierno desconozca la relación que existe entre un déficit financiado con emisión y su impacto inflacionario, y la manera como esa dinámica pone presión en el tipo de cambio, sobre todo frente a un drenaje de reservas. La literatura sobre el tema es concluyente, teóricamente hablando, y a menudo con sugestivas ilustraciones empíricas basadas en la larga historia inflacionaria de Argentina, justamente. Los economistas del gobierno intentan ser heterodoxos al respecto, pero solo muestran su ignorancia, palabra que, a su vez, rima con arrogancia. Allí es cuando echan mano del remanido argumento de la conspiración.

Resulta que un complot de especuladores es causante de la devaluación; y también responsable de robarles el salario a los trabajadores, como indican los carteles estratégicamente distribuidos en la ciudad. Para ser consistentemente fascistas, además, carteles con el nombre y la foto de los supuestos desalmados. Es ajena al gobierno la básica noción de la microeconomía que muestra como la sumatoria de comportamientos individuales racionales bien puede derivar en una irracionalidad colectiva. La inflación es precisamente un escenario de esos. No hace falta ninguna coordinación, no existe tal conspiración. Es simplemente que las estrategias de los actores por preservar el valor real de sus activos no hacen más que acelerar la inflación en curso, lo cual además dispara el tipo de cambio.

En la zona del congreso, por el otro lado, los políticos están preocupados por el efecto de la devaluación en la estabilidad. Otra devaluación, una nueva corrida —¿que hará la gente?, se preguntan. El razonamiento continúa en dirección apocalíptica, y no es descabellado. Que pasará si coincidieran otra devaluación y una ola de calor, como la de enero, que vuelva a comprometer el normal suministro eléctrico. Son del oficialismo y de la oposición, y hablan de calmar a la gente “por la institucionalidad”, sobre todo ante una presidente algo ausente. Las memorias de 2001 están tan frescas. La corrida monetaria, la crisis política, un gobierno débil, la gente en la calle, la renuncia del ministro de economía, la renuncia del presidente de entonces, Fernando De la Rúa, y al final “que se vayan todos”, gobierno y oposición, la implosión de la democracia.

Esos recuerdos, en un sistema político que nunca se recuperó de aquella crisis, que jamás se reconstruyo sobre bases sólidas, paralizan de miedo. Era como si esa conversación estuviera signada por el gran Gustavo Cerati —justamente, hoy en un coma prolongado. Me fui recordándolo, quien en tono premonitorio y fatalista, como buen porteño, nos decía que “entre vuelos fugaces Buenos Aires se ve tan susceptible. Ese destino de furia es lo que en sus caras persiste”. Ojalá que, por una vez al menos, el destino pueda cambiarse.

Hector E. Schamis es profesor en Georgetown University, Washington DC.

Twitter @hectorschamis