Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La reválida de Obama

La mejor arma del presidente para su reelección son los logros de su mandato

Barack Obama durante un discurso en Ohio.
Barack Obama durante un discurso en Ohio. AFP

Enfrentado al desafío de su propia leyenda y a la más espantosa herencia de que se tiene recuerdo, Barack Obama se somete el martes a la reválida de las urnas. Lo hace en un clima político muy polarizado, que ha prolongado la incertidumbre sobre el resultado hasta el último momento, y con el saldo de una magnífica gestión, que le ha permitido, por encima de debates y estrategias, fluctuaciones y sorpresas, llegar hasta aquí en posición de favorito.

Cuando una larguísima campaña electoral dispara las última tracas, queda el trabajo hecho durante cuatro años. Ese trabajo puede ser cuestionado o desvirtuado desde la legitimidad de una ideología diferente o desde las exigencias de una batalla democrática en la que los políticos persiguen su fin natural, ganar. Pero, en última instancia, incluso aunque no le fuese suficiente para la victoria, son los logros de su presidencia lo mejor que Obama puede ofrecer a sus compatriotas, y es eso lo que será sometido a referéndum pasado mañana.

Otros factores cuentan en unas elecciones: la calidad del rival, el momento histórico en el que se celebran, incluso sucesos imprevistos, como el del huracán Sandy. Algunos malos presidentes han sido reelegidos y otros buenos no lo han conseguido –el apellido Bush salta a la memoria en ambos casos-. Pero, en el conjunto, no hay nada mejor que un gobernante pueda hacer por su reelección que una buena gestión.

La gestión de Obama ha estado condicionada por dos circunstancias fundamentales: las descomunales expectativas desatadas por su elección en 2008 y el estado desastroso del país que encontró a su llegada a la Casa Blanca. Si se compara con lo primero, el balance de Obama puede considerarse mediocre. Pero si se compara con lo segundo, puede incluso alcanzar la categoría de extraordinario.

Cuando Obama asumió la presidencia, Estados Unidos sucumbía a una de las peores crisis económicas desde la Gran Depresión. Sólo en ese enero de 2009, se perdieron más de 800.000 puestos de trabajo. En su primer año en el cargo, se destruyeron 4,3 millones de empleos. El plan de estímulo aprobado en esos meses, no sólo contuvo la hemorragia, sino que contribuyó a la creación de 5,5 millones de empleos durante el resto del mandato.

La gestión de Obama ha estado condicionada por dos circunstancias fundamentales: las descomunales expectativas desatadas por su elección en 2008 y el estado desastroso del país que encontró a su llegada a la Casa Blanca

La industria financiera, al borde del precipicio, está de nuevo en pié y algo mejor regulada. La industria del automóvil, en la antesala de la quiebra, vuelve a dar beneficios. El PIB crece al 2% y el mercado de la vivienda empieza a ofrecer signos positivos. Aún existen dudas y no ha desaparecido del todo el peligro de una recaída, pero el optimismo es hoy mayor y la Bolsa de Nueva York se acerca a su máximo histórico.

La extensión de la cobertura sanitaria a toda la población, el nombramiento de dos brillantes mujeres –ambas comprometidas con la defensa del aborto- para el Tribunal Supremo, la eliminación de las trabas para los homosexuales en el Ejército, las ayudas a los universitarios, la protección del derecho a la educación para los inmigrantes sin papeles, las restricciones, todavía tímidas, impuestas a las industrias más contaminantes son, entre otras, las razones de Obama este martes.

El progreso es aún más notable en el ámbito internacional. Sin debilitar el liderazgo de EE UU, Obama le ha devuelto el honor al cargo de comandante en jefe, el prestigio a su país y, al mismo tiempo, ha creado un entorno mucho más favorable para la cooperación entre los países. Igualmente hay puntos oscuros en esta materia. El uso desmedido de los drones y la prolongación del diálogo estéril con Irán son lógicos motivos de preocupación.

Todos esos méritos pueden verse degradados desde la perspectiva de lo que se esperaba de Obama, que fue elegido en medio de una ola de entusiasmo popular como no se ha conocido en la historia. Se contaba con un presidente transformador que cambiara la política en Washington y en el mundo. El propio Obama es responsable de haber desatado esas expectativas. Pero no sólo él. En una época de desasosiego y ausencia de liderazgo, Obama fue el espejo en el que cada cuál reflejó sus propios deseos.

Era difícil que eso no desembocase en cierta frustración. Desde el punto de vista de la derecha, Obama no ha procedido a la renovación de un modelo de estado generador de déficit y deuda insostenibles. Desde el punto de vista de la izquierda, no ha cerrado Guantánamo ni ha acabado con el poder de los lobbys de las armas y las grandes corporaciones. Tampoco ha cumplido sus promesas de bipartidismo, obstaculizado por una oposición cerril que le niega incluso su derecho a ser norteamericano.

Obama ha sido, ciertamente, diferente en la Casa Blanca, de lo que fue como candidato

Obama ha sido, ciertamente, diferente en la Casa Blanca, de lo que fue como candidato. El gran orador, el gran inspirador de esperanza, ha resultado ser un presidente frío y distante. Lo ha pagado con la disolución de su carisma. Condicionado por la complejidad de su propia biografía, Obama ha resultado ser también un presidente con aversión al riesgo. Esa prudencia, en cambio, se ha convertido en un plus en el manejo de la guerra de Afganistán o de crisis envenenadas, como las de Egipto, Libia o Siria. El Obama de hoy ha perdido encanto, pero ha ganado confiabilidad, un valor mucho más estimable en su posición.

Más información