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Vida loca a costa del erario italiano

Los partidos se resisten al control de sus cuentas

Una fiesta de disfraces revela la corrupción en el Lacio, región del partido de Berlusconi

Una de las fiestas organizadas por los políticos italianos que costó 20.000 euros. La imagen ha sido obtenida de Facebook.
Una de las fiestas organizadas por los políticos italianos que costó 20.000 euros. La imagen ha sido obtenida de Facebook. EL PAÍS

El dinero de los partidos políticos italianos es un pozo oscuro, sin fondo y sin control. Desde hace meses, los grupos representados en la Cámara de Diputados se vienen haciendo los remolones a la hora de aceptar que un organismo independiente supervise los 36 millones de euros que reciben cada año. El resultado es un dispendio generalizado cuyo último ejemplo se puede ver estos días en el consejo regional del Lacio (centro de Italia). Franco Fiorito, de 41 años, tesorero del Pueblo de la Libertad (PDL), está acusado de ingresar en sus 12 cuentas corrientes —cuatro de ellas en España— más de 800.000 euros propiedad del partido.

Al saberse descubierto, Fiorito, propietario de ocho casas y también conocido como Batman, ha enchufado el ventilador y está contando, punto por punto, la vida loca de sus compañeros en el partido de Berlusconi: atracones de ostras, champán del bueno, facturas falsas y hasta una fiesta de 20.000 euros en el Foro Itálico donde el consejero Carlo De Romanis, miembro del Partido Popular Europeo, recibió a sus invitados disfrazado de Ulises.

Durante 48 horas, ante las cámaras de televisión, la presidenta de la región, Renata Polverini, se ha mostrado afligida por el desfalco, dispuesta a cortar por lo sano, incluso a dimitir si es necesario para acabar con el escándalo. Pero no es tan fácil. Sobre todo porque, como suele ser habitual en estos casos, la manta se destapó en medio de una refriega entre facciones del partido de Berlusconi. Sin él al mando todo es confusión y tinieblas. Así que ahora se sabe que Polverini gasta 75.000 euros al año en su fotógrafo de cabecera, que paga cinco millones de euros al año a 14 consejeros externos o que su secretaría personal la componen 189 personas… Eso, sin contar los banquetes de miles de euros por sentada que, con cargo al presupuesto de un país con la soga al cuello, se venían regalando los diputados del PDL en el Lacio.

Bajo la presión de la prensa y los fiscales, Fiorito no piensa cargar solo con el muerto de los 800.000 euros desaparecidos. “Las ostras con dinero público, ¿quién las devoraba?”, le pregunta un periodista. Batman apunta: “El consejero del PDL Miele”. “¿Y quién descorchó el champán?” De nuevo el dedo acusador: “El consejero del PDL Bernaudo”.

Cuando, no hace ni un año, Mario Monti llegó al Gobierno de Italia dijo que, además de arreglar las cuentas, su objetivo también pasaba por regenerar la política. Los partidos, aconsejó, tendrían que aprovechar la parada técnica para hacerse más transparentes, para intentar frenar el creciente desafecto de los ciudadanos. No parece que haya sido así. Aunque el partido de Berlusconi es el más propenso a confundir lo público con lo privado, tampoco el centroizquierda se salva. El dinero sin control, los privilegios ancestrales de La Casta no conocen ideologías.

El escándalo del Lacio ha coincidido con la excarcelación —después de tres meses en la prisión de Rebibbia— de Luigi Lusi, el extesorero de la Margherita, acusado de robar 25 millones de euros. Lusi ha sido confinado en un monasterio, en el que permanecerá en régimen de arresto domiciliario. Ayudará en la cocina y en la limpieza. Tal vez espoleados por los últimos casos de corrupción —o tal vez por el miedo a que los ciudadanos castiguen en las urnas lo que los jueces no terminan de castigar en sus sentencias—, los ocho partidos representados en la Cámara de Diputados acaban de admitir un cierto control de sus fabulosas cuentas.