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París y Berlín quieren recuperar el control de fronteras sin depender de Bruselas

Francia y Alemania mandan una carta a la Unión en la que se niegan a ceder a Bruselas soberanía sobre los controles fronterizos contemplados por el espacio Schengen

Sarkozy, durante una visita a la localidad de Saint Maurice.
Sarkozy, durante una visita a la localidad de Saint Maurice. EFE

La crisis lleva casi tres años laminando la credibilidad del euro. Pero hay otras conquistas de la Unión Europea en juego: Alemania y Francia acaban de lanzar una nueva andanada sobre otro de los pilares de la UE, la libre circulación de personas y mercancías. El cierre preventivo de fronteras en Europa —la suspensión del espacio Schengen— es ahora una medida excepcional y que requiere el visto bueno de la Comisión Europea, el brazo ejecutivo de la UE. París y Berlín dieron a conocer este jueves una carta a la presidencia danesa de la Unión en la que reclaman la soberanía para decidir una "suspensión temporal" en el caso de que algún país no consiga controlar un flujo masivo de inmigrantes y en casos de amenazas de seguridad y de orden público. Es decir, "quieren convertir algo excepcional en algo mucho más normal, y quieren poder tomar esa decisión unilateralmente, sin el plácet de Bruselas", indicaron hoy fuentes de la UE

¿Adiós a Schengen? El 11 de marzo, en su mitin de inicio de campaña en Villepinte, Nicolas Sarkozy bramó contra los acuerdos que protegen la libre circulación de personas y mercancías y amenazó con cerrar las fronteras de Francia si la Unión no mejoraba la aplicación de ese tratado, que está en plena negociación. Su discurso, llamado a robar votos a la ultraderecha de Marine Le Pen, pareció caer regular en Alemania, donde un portavoz de la canciller Angela Merkel respondió con un elogio de Schengen, calificándolo “como uno de los avances más grandes y concretos de la integración europea”. Ahora, a apenas tres días de las elecciones presidenciales francesas, y pese a que Merkel parece más distanciada que nunca de Sarkozy —aunque, según Der Spiegel, la canciller visitará París el domingo—, sale a la luz una carta firmada por los ministros del Interior de Berlín y París en la que ambos países anuncian que su próximo objetivo es aprobar una enmienda que permita reabrir los controles fronterizos durante un mes, cuando se produzcan “fallos en una frontera exterior del espacio Schengen” o "en caso de amenazas de seguridad y de orden público". Todo eso se incluye en la esfera de la "soberanía nacional", según la misiva. Ese punto "no es negociable".

Se trata de una reedición del pulso entre Bruselas y las dos grandes capitales, Berlín y París, siempre reacias a ceder parcelas de poder a la Unión. Hasta ahora, cuando un país quería cerrar una frontera –bajo supuestos excepcionales—. debía informar previamente a la Comisión. Los dos grandes países de Europa quieren que el visto bueno lo dé el Consejo --es decir, los propios Estados--, en un paso más hacia la deriva intergubernamental que han impuesto París y Berlín en toda la crisis del euro. Y quieren también que las causas del cierre fronterizo sean mucho más difusas: que sean los Gobiernos quienes tomen esa decisión sin grandes limitaciones normativas, según fuentes de la Unión.

En realidad, Alemania y Francia llevan más de un año de acuerdo en la reforma de Schengen que Sarkozy prometió hace un mes como si fuera una novedosa oferta electoral. La negociación empezó en marzo de 2011, cuando estalló la crisis de los refugiados de la guerra de Libia y de la revolución tunecina, que llenó la isla italiana de Lampedusa con millares de jóvenes africanos fugados en barcazas. Italia, entonces bajo la égida de la Liga del Norte, se negó a darles una acogida digna, y dejó que fueran saliendo de Sicilia y viajando hacia el norte. París decidió entonces cerrar el tráfico ferroviario entre Italia y Francia, y poco después Sarkozy y Silvio Berlusconi acordaron reclamar de forma conjunta a Bruselas mejoras y refuerzos del tratado de Schengen. Desde Madrid, el Gobierno socialista respaldó la iniciativa, a la que acabó sumándose también Alemania.

¿Por qué aparece entonces ahora la carta, a solo tres días de las elecciones francesas, cuando Sarkozy está en casi todos los sondeos por debajo de su rival socialista François Hollande? ¿Marketing electoral bilateral? No resulta fácil afirmarlo, aunque la agencia France Presse, que lanzó el teletipo con la noticia el miércoles a las nueve de la noche, parecía sugerir esa hipótesis al citar a una “fuente francesa” que aseguraba que “la carta trata de demostrar que las demandas que hizo Sarkozy en su mitin son compartidas por el Gobierno alemán”.

Lo curioso es que Sarkozy volvió a hablar de la reforma de Shengen el domingo pasado en la plaza de la Concordia. El martes se firmó la carta. Y este jueves solo Libération y Le Parisien daban la noticia en sus ediciones de papel. En el resto de la prensa francesa, silencio absoluto. Ni siquiera Le Figaro, diario afín al presidente saliente y que publicaba una entrevista con Guéant, citaba ese asunto. La web de Le Monde colgó la noticia a las 18.32 en su web. Definitivamente, el equipo electoral de Sarkozy no está funcionando tan bien como debería.

La pelota está sobre la mesa de la presidencia danesa de la Unión. La Comisión ha presentado una propuesta que le daría la última palabra en el cierre de fronteras; está de acuerdo en dar 30 días a los países para que sea posible restablecer los controles fronterizos –hasta un máximo de seis meses— en caso de acontecimientos inesperados, pero Bruselas propuso en noviembre de 2011 que sea la Comisión quien sea siempre la encargada de dar luz verde a esa medida. A través de la carta, Francia y Alemania dificultan esa pretensión.

La crisis tiene estas cosas. Países que renacionalizan empresas (Argentina), otros que cierran sus fronteras a los trabajadores del Este (Suiza), ahora el debate reabierto sobre el cierre de fronteras. La zona Schengen está formada por 26 países: los de la Unión (excepto Reino Unido, Irlanda, Chipre, Bulgaria y Rumania) más cuatro extracomunitarios (Islandia, Noruega, Liechtenstein y Suiza). Firmado en 1985, permite a unos 400 millones de personas circular libremente por Europa. Por primera vez en 25 años, esa libre circulación podría tener algunas trabas, pese a que los analistas consideran que es poco probable que las normas que regulan el espacio Schengen se alteren sustancialmente. El número de inmigrantes llegados a Europa no justifica la puesta en marcha de cambios que perjudicarían a todos los europeos haciendo más lento y pesado el cruce de fronteras, y podría toparse con la oposición del Parlamento, según el Instituto Elcano.