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ANÁLISIS

Los rusos ya quieren más

¿Por qué, si Putin tiene la victoria asegurada, no permite sin más unas elecciones transparentes?

Putin da un autógrafo durante un mitin electoral. Ampliar foto
Putin da un autógrafo durante un mitin electoral. AFP

Nunca antes Putin había tenido que dar tantas explicaciones. Tan solo por esto ya habrán valido la pena las protestas en la calle. La obsesiva crítica de Putin a las llamadas revoluciones de color (muy en particular la de Ucrania) no es coyuntural. Nace de la peor pesadilla de cualquier dirigente ruso, aún tan postsoviético como Putin: tener que rendir cuentas a la “gente normal” (normalnye liudi), significativo equivalente ruso de lo que llamamos el “ciudadano de a pie”.

Sin embargo, varias encuestas de opinión independientes han mostrado durante años que las preferencias de voto han ido siempre (con alguna variación) favorables a Putin, algo que reconocían, aun a su pesar, diversos analistas rusos muy críticos con el poder. ¿Por qué entonces, si la victoria está asegurada, no permitir sin más unas elecciones transparentes? Tal vez, la clave de la paradoja es que, al contrario de lo que se pensaba, Putin controla el Kremlin pero no controla Rusia.

El 24 de septiembre de 2011, al revelar su plan de alternancia programada y acordada cuatro años antes, el tándem Putin-Medvédev abrió la caja de Pandora, enviando al país el mensaje equivocado: la estabilidad se construye no sobre la legitimidad sino sobre las apariencias de ésta (alternancia, elecciones o distribución de riqueza). Poco después, las numerosas evidencias de manipulación en las elecciones generales de diciembre de 2011 han actuado como catalizador de una insatisfacción latente de la gente, en particular con un Parlamento artificialmente ensamblado comicios tras comicios. Sin embargo, en esta ocasión, muchos decidieron salir a la calle para hacerlo saber.

Con este telón de fondo, Putin se está jugando algo de verdad, por primera vez. Desde que llegó al poder, ha sabido construirse enemigos-de-Rusia a medida para afianzar su popularidad: los terroristas (Chechenia) en 2000 y los oligarcas (Jodorkovski) en 2004. Ahora, Putin recurre al gastadísimo argumento del enemigo exterior, oscuras fuerzas extranjeras, para consolidar su apoyo en vísperas de unas elecciones que ya no le aseguran un paseo triunfal. Pero todo hace pensar que esta victoria le va a resultar bastante más difícil que congregar a decenas de miles de personas en el estadio Luzhkini de Moscú.

En marzo de 1968, Le Monde publicó un célebre editorial de Pierre Viansson-Ponté “Cuando Francia se aburre…”. El autor decía que, incluso de Gaulle, en su aburrimiento, intentaba a veces “dramatizar la vida cotidiana exagerando los peligros externos y los peligros internos”. Apenas un mes después, el “Mayo 68” ponía el país patas arriba. Todavía no queda claro qué es lo que se está avistando en Rusia. Muy probablemente, ni una “revolución naranja”, ni un Mayo 68. Con todo, las señales de que algo importante está cambiando son inequívocas.

Putin ha demostrado definitivamente que no es apto para la batalla de la legitimidad, para el imprescindible desarrollo económico del país más allá del dinero fácil derivado de las materias primas; en definitiva, para la verdadera modernización que necesita Rusia. Pero los rusos, y no sólo los que se manifiestan, querrán más, no menos.