La recesión del amor y la reencarnación de mi abuela
Las mujeres tienen cada vez una mayor independencia, lo que las ayuda a redefinir las relaciones para que sean más sinceras e igualitarias


Mi abuela siempre decía que le gustaría volver a ser joven, pero con una condición. “Joven sí, pero sabiendo lo que sé ahora”. Esa máxima, que después haría suya mi madre, quería decir que las mujeres de mi familia harían las cosas de otro modo si pudieran volver atrás. Que habían sido engañadas en un aspecto fundamental de su vida y que, por lo visto, este engaño era hereditario. Yo supe desde muy niña lo que habían aprendido sin que me lo dijeran porque el conocimiento también se hereda. Lo que sabían es que, si tuvieran otra oportunidad, antepondrían su independencia económica y la construcción de su identidad a la estafa del amor romántico. Así que cuando me encontré con la portada de The Economist hablando de la recesión del amor, pensé, mira, abuela, cuántas jóvenes saben hoy lo mismo que tú.
Lo llaman recesión del amor, pero en realidad se refieren solo al progreso radical de las mujeres. Detrás de esta “recesión”, de la que leo cada vez más artículos y opiniones, se esconden factores como una mayor educación de las mujeres, una mayor independencia económica y acceso al mercado de trabajo y al poder, una redefinición de las relaciones (más sinceras, igualitarias y sostenibles), una necesaria defensa del amor propio (no necesitar unirse a otra persona para sentirnos completas) y un aumento sin precedentes de la soltería y de las mujeres que eligen vivir solas sin ser estigmatizadas por ello. En definitiva, no estamos ante una recesión, sino ante la feliz revolución de unos vínculos amorosos en general y del matrimonio en particular.
En la portada de The Economist aparecen dos tartas nupciales desoladoras. En la cima de la primera, un hombre solo mira su móvil. Y sobre la cumbre azucarada de la segunda, una mujer con traje gris de CEO atiende al suyo. Una interpretación ideológica de nuestra realidad amorosa, ¿no crees, abuela? Ella me asegura desde la tumba que la tarta de las mujeres debiera estar coronada por un grupo de amigas bailando y celebrando saber lo que saben y poder actuar en consecuencia. Más que una recesión parece un necesario cambio de ciclo. En el siglo XX, el matrimonio y la pareja formaron parte de una idea de progreso y bienestar que convirtió la cuestión romántica en el eje de la identidad de una mujer. Pero ya no funciona así. Y hoy hasta las tradwifes, esas que reivindican en redes la vida doméstica y el servicio a sus maridos, facturan la publi que hacen en sus cuentas personales.
En 2025 ser mujer es ya una forma de ser alguien ante los otros. Basta con ser mujer para poseer un relato social, incluso un relato ante la historia. Ser hombre en cambio no significa nada (o cada vez menos), su relato está en crisis y la idea patriarcal como visión del mundo y del amor está en peligro de extinción. El hombre ha sido despojado de poder y con ello de buena parte de su identidad (los bares y las apps de citas están llenos de tíos que no saben lo que quieren), y ahora, ese poder que objetivamente han perdido se lo han de conceder amorosamente a otras personas, a esas mujeres que podremos amarlos igual o más que antes, pero que los necesitamos, objetiva y materialmente, muchísimo menos. ¿Recesión? Qué va. Casarnos menos no significa ir hacia atrás y amar distinto no significa amar menos, sino, ojalá, mejor.
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