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La Universidad de Oxford, la capital del Imperio británico

La historia de la institución está íntimamente relacionada con el poder británico desde tiempos coloniales

Oxford
La reina Isabel II y el primer ministro Harold Macmillan en la Universidad de Oxford, el 4 de noviembre de 1960.Terry Disney ( Hulton / GETTY IMAGES )

Hasta hace poco y durante siglos, pertenecer a Oxford era formar parte de una élite incontestable. Pero a partir de los años sesenta la postura crítica hacia la universidad que adoptaron Mary Midgley, Phillipa Foot, Iris Murdoch y Elizabeth Anscombe se amplió. Según el soció­logo Ernest Gellner, autor de Palabras y cosas (1962), los pensadores más analíticos, ligados a la filosofía del lenguaje, habían desterrado las grandes ideas y las grandes preguntas para ocuparse de pequeñas cuestiones de uso, convirtiendo la filosofía en una “lexicografía superior”, y haciendo del diccionario inglés de Oxford “un Corán”.

En funcionamiento desde el siglo XI, Oxford es una especie de Estado federal universitario con relaciones directas con la Iglesia, la Corona y el poder político. De sus aulas han emergido 27 primeros ministros, desde Earl of Wilmington a Harold Wilson, pasando por Margaret Thatcher, Tony Blair, David Cameron, Boris Johnson —estos dos últimos pertenecientes al exclusivo club Bullingdon, como explica Simon Kuper en Amigocracia. Cómo una pequeña casta de ‘tories’ de Oxford se apoderó del Reino Unido (Capitán Swing, 2023)— o el actual Rishi Sunak. Otros exalumnos fueron Adam Smith, John Locke, Samuel Johnson, Oscar Wilde, W. H. Auden, T. S. Eliot, Indira Gandhi, J. R. R.Tolkien, Robert Graves, Graham Greene, John le Carré, Christopher Hitchens o Stephen Hawking.

Su irradiación de sabiduría es hipnótica. La Biblioteca Bodleiana es lo más parecido a una biblioteca infinita, hasta el punto de que tiene derecho a recibir un ejemplar de cada libro nuevo que produce el Reino Unido. Algunos de ellos, claro, son de la Oxford University Press, la editorial de la universidad en marcha desde el siglo XV y que publica —entre otras obras consideradas sinónimas del máximo rigor académico— los diccionarios Oxford de referencia mundial.

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La academia también irradia ideología, y las conexiones de la universidad con el imperio son tan viejas como el imperio mismo. Según se explica en Oxford y el colonialismo, un proyecto de investigación de la propia universidad, en 1566 la reina Elisabeth I visitó el campus en demanda de exploradores y administradores para expandir su poder.

A partir del siglo XIX y principios del siglo XX —en 1921, la cuarta parte de la población mundial era súbdita de la corona británica—, la universidad participó en compañías e instituciones como la Compañía de los Mares del Sur o la Compañía Real Africana, uno de cuyos negocios era el de los esclavos. Y de sus aulas —y de las de Cambridge— surge la construcción de las tesis intelectuales que promocionaban el colonialismo por el bien común, y la ideología del excepcionalismo británico y la superioridad de la raza blanca.

Entonces el historiador Hugh Egerton enseñaba que el imperialismo era “una ocupación pacífica de tierras baldías” y que “cada edificio escolar es una ciudadela del imperio y cada profesor su centinela”, explica Richard Symonds en Oxford and Empire. The Last Lost Cause? (Oxford e imperio. ¿La última causa perdida?), publicado en 1992. Como todo, las ideas también se renuevan, pero cuesta. Una estatua de Cecil Rhodes, uno de los ideólogos del apartheid —”el Hitler de los sudafricanos”, según el humorista Trevor Noah—, sigue presidiendo una de las entradas de la universidad. En 2021, cientos de profesores y alumnos se negaron a ir a clase si no la retiraban. La universidad colocó una placa explicando que el edificio fue pagado por el colonialista, pero que sus actividades “causaron grandes pérdidas de vidas humanas”.

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