Hay encuentros que te pueden cambiar la vida. Ya lo decía Albert Camus

Los amigos son quienes nos hacen mejores. El filósofo Charles Pépin reflexiona sobre el amor y la amistad en su nuevo libro. Cuenta la transformación del escritor francés tras conocer a la actriz María Casares

Albert Camus, a la derecha, junto al compositor Arthur Honegger, el decorador Balthus y Maria Casares, en el teatro Marigny, en París, octubre de 1948.
Albert Camus, a la derecha, junto al compositor Arthur Honegger, el decorador Balthus y Maria Casares, en el teatro Marigny, en París, octubre de 1948.Lipnitzki (Roger Viollet via Getty Images)

La experiencia de la alteridad acaba produciendo efectos antes o después: más aún que descubrir tu punto de vista, yo cambio con tu contacto. He tomado una nueva dirección, modificado algunos de mis hábitos, también de mis opiniones, mis gustos han evolucionado, y en ciertas situaciones ya no reacciono de la misma forma. En pocas palabras, he cambiado. Para mejor o no, lo mismo da. La prueba más tangible de que te he encontrado es que llevo de forma diferente la barca de mi existencia.

Camus constató cómo el encuentro con María Casares, y la pasión que vivieron durante 12 años, lo transformó. Actriz, hija del jefe del gobierno de la República española, exiliada en Francia al llegar Franco al poder, María Casares compartió escenario con Michel Bouquet, Jean Vilar o Gérard Philipe. Revisando las 1.000 páginas de su correspondencia, se comprende que Camus tuviera “posibilidades” dentro de él —una propensión a la ternura, una capacidad de concentrarse en un ser y de dejar de dispersarse, una forma de decir sí a la vida— que seguramente no habría actualizado sin el amor de María Casares. De ese encuentro, que tuvo lugar el 6 de junio de 1944, día del desembarco aliado, Camus escribe que ella le ha reconstruido: “Entraste por azar en una vida de la que yo no estaba orgulloso, y a partir de ese día algo empezó a cambiar. Respiré mejor, detesté menos cosas, admiré libremente lo que merecía serlo. Antes de ti, fuera de ti, no me adhería a nada. Esa fuerza, de la que tú te burlabas algunas veces, había sido siempre una fuerza solitaria, una fuerza de rechazo. Contigo, acepté más cosas, aprendí a vivir. Y sin duda esa fue la razón de que siempre se mezcló con mi amor una gratitud inmensa”. Revisando su correspondencia, sentimos la tentación de releer algunas de sus obras a la luz del encuentro con María. El hombre rebelde en particular, publicado en 1951, pero escrito unos años antes, en los primeros años de su pasión. El hombre rebelde es capaz de decir no a la injusticia, a lo inaceptable, y no lo dice simplemente en su nombre, sino en nombre de todos los seres humanos. Piensa que lo que él no puede aceptar no debería aceptarlo ningún hombre. “Es en nombre de todos los hombres como el esclavo se levanta”, escribe Camus. Pero insiste en el hecho de que este no a la injusticia va acompañado siempre de un gran sí a la vida. Diciendo no a lo inaceptable, el hombre rebelde acepta la vida tal y como debería ser: su poder de rechazo es al mismo tiempo una fuerza de aprobación. El nihilista no es, por tanto, un verdadero hombre rebelde. Sin el encuentro de Camus con María Casares, el hombre rebelde habría sido probablemente un hombre del no, una figura del rechazo, y no ese filósofo de la esperanza, de la afirmación, ese guía tan valioso y profundo.

“No te has dado cuenta de que de pronto he concentrado sobre un solo ser una fuerza pasional que antes esparcía un poco por doquier, al azar, y en todas las ocasiones”.
Carta de Albert Camus a María Casares

Camus escribe a María lo que le debe: “No te has dado cuenta de que de pronto he concentrado sobre un solo ser una fuerza pasional que antes esparcía un poco por doquier, al azar, y en todas las ocasiones”. El escritor tenía fama de ser “un mujeriego”. Probablemente se cruzó con muchas mujeres, pero María fue la única a la que escribió 500 cartas. Con las otras no tuvo un encuentro como el que tuvo con María, no cambió con su contacto. Antes, “esparcía un poco por doquier” su fuerza pasional. Gracias a María, la “concentra en un solo ser”, se muestra capaz de cuidar de lo que es valioso para él en lugar de dispersarse. Acumular conquistas es agradable desde un punto de vista narcisista y fuente de placeres. Con María Casares, descubre un amor diferente, más vuelto hacia el otro, capaz de instalarse en el tiempo y de alimentar una felicidad que no se reduce al placer. Esta temporalidad es necesaria para descubrirse y descubrir al otro. La hermosa correspondencia entre Camus y María nos muestra también lo que constatamos a menudo en nuestros chats actuales: es posible tener una historia de amor a distancia, hacer vivir una relación a pesar del alejamiento geográfico o de la imposibilidad de encontrarse físicamente. Finalmente, en la totalidad de su relación, Albert Camus y María Casares seguramente se escribieron más de lo que se vieron. Algunas cartas muestran que el recuerdo de los momentos vividos, siempre y cuando sea evocado, contado, alimentado y en parte reinventado, a veces, es capaz de igualarlos en intensidad.

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En cuanto a don Juan, no cambia: seduce a todas las mujeres, pero no tiene un encuentro significativo con ninguna. Para un seductor como él, o como parece haberlo sido Camus en menor medida, todas las mujeres se parecen, le tienden el mismo espejo en el que admirarse. Quizá, por otra parte, el seductor tenga miedo al amor, al verdadero encuentro, precisamente por esta razón: se ama demasiado para desear cambiar. A menos que ocurra lo contrario: no se ama, pero le parece imposible llegar a ser alguien diferente. En ambos casos, el encuentro no le interesa; permanece idéntico a sí mismo.

Oímos decir a menudo que ser amado es tener la suerte de serlo tal y como somos: quien nos ama verdaderamente nos acepta con nuestras fuerzas y nuestras flaquezas, sin querer que seamos diferentes. Probablemente sea verdad. Pero sentirnos amados así puede también darnos la fuerza de afrontar nuestros demonios y finalmente de cambiar.

En su Ética a Nicómaco, Aristóteles da una bonita definición de la amistad: un amigo es alguien que nos hace mejores. El amigo no es simplemente alguien con el que podemos contar o a quien podemos confiar nuestras dudas y nuestros temores. Es la oportunidad —kairós en griego— gracias a la cual nuestras predisposiciones potenciales se realizarán, gracias a la cual nuestra “potencia”, entendida como campo de posibilidades, se hará efectiva, “se actualizará”. Podemos incluso ser rivales de esa persona, o verla tan solo de forma episódica, pero es nuestra amiga en el sentido de Aristóteles si la relación que mantenemos con ella nos permite desarrollarnos. Así, son amigos nuestros un profesor cuyos cursos despiertan en nosotros un deseo nuevo de saber o el de tomar un camino que no habíamos considerado; un terapeuta que nos permite liberarnos de nuestros síntomas y levantar de nuevo la cabeza; un colega junto al cual hemos atravesado una crisis y nos ha ayudado a resistir… Nuestro amor puede ser también nuestro amigo en el sentido aristotélico. ¿No reconoce Camus que su encuentro con María lo ha hecho progresar, le ha hecho sentirse más orgulloso de su vida, menos rápido en detestar, más abierto a la admiración? Esta fuerza de aprobación se encontraba ya en él, pero el encuentro con María le ha permitido, para emplear los términos de Aristóteles, “actualizar esta disposición”. No se ha abierto simplemente a la visión del mundo de María, ha hecho evolucionar la suya. Cuando cambiamos al contacto con los otros, comprendemos hasta qué punto los necesitamos para llegar a ser nosotros mismos.

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