Ece Temelkuran, ensayista: “Pensar que la política es sucia es creer que la humanidad es sucia”

La analista turca, que por sus críticas al Gobierno de Erdogan, tuvo que huir de su país, vive en Hamburgo. En su nuevo libro nos anima a mejorar este mundo “sin corazón”

Ece Temelkuran en su casa de Hamburgo, Alemania, el jueves pasado.
Ece Temelkuran en su casa de Hamburgo, Alemania, el jueves pasado.Patricia Sevilla Ciordia (Foto: Patricia Sevilla Ciordia)

¿Merece la humanidad existir o deberíamos rendirnos de una vez? Ece Temelkuran (Esmirna, 1973) está convencida de que entre todos podemos mejorar este “mundo sin corazón”. Tras su anterior libro, Cómo perder un país, donde reflexionaba sobre el auge del populismo de derechas y la proliferación de males políticos y morales de nuestra época, cuenta que llegó a perder la fe en la humanidad. Ahora, con Juntos (Anagrama), nos anima a que creamos. En nosotros mismos y en el prójimo. Y a actuar. Tras exiliarse de Turquía a finales de 2016, vivió en Zagreb y ahora reside en un piso de techos altos a un paso del Binnenalster, el lago artificial alrededor del cual bulle la ciudad de Hamburgo, donde nos recibe en una heladora mañana de diciembre. “Más que convencer a la gente, he querido conmoverla”, confiesa la ensayista, que es curiosa y habladora.

PREGUNTA. Antes nos contó lo que está mal; ahora celebra todo lo bueno.

RESPUESTA. Con Cómo perder un país me preguntaban: ¿dónde queda la esperanza? Tenía el deber moral de buscar una buena respuesta. Estamos usando un lenguaje que divide, que se centra en las diferencias. He intentado crear una especie de diccionario moral o político para los progresistas del siglo XXI con el que revertir la comprensión de lo humano que nos ha impuesto el neoliberalismo, que dice que estamos solos y que el ser humano es egoísta y egocéntrico. Quería refutarlo y crear una gran unión en un momento en el que todo tipo de unión parece cada vez más difícil, si no completamente imposible.

P. ¿Es urgente empezar a actuar?

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R. Me preocupa el hecho de que la urgencia, la sensación de fin de los tiempos, de narrativa apocalíptica, en cierto modo dispense a la gente. Que piensen: “Bueno, ya está hecho, que siga la fiesta”. O que se retiren a sus búnkeres. Sí, este es el final de una era y otra nueva ya ha empezado. Recuerdo que en 2016 muchos artículos citaban la frase de Juego de tronos “Winter is coming” [Se acerca el invierno]. Ya estamos viviendo en ese invierno. No digamos que es urgente, digamos que es ahora. Y ahora es mucho tiempo. Se puede hacer mucho en el ahora.

P. Está convencida, por tanto, de que el sistema ya ha colapsado.

R. Sí. La Unión Europea está inmersa en un escándalo de corrupción con Qatar. Intenta recuperar su autoridad moral, pero todos sabemos que vivimos en un gran país llamado capitalismo. Nadie es mejor que nadie. No pretendo minimizar el horror de que 6.500 personas murieran allí durante los preparativos de la Copa del Mundo, pero sabemos que también hay explotación en Londres, Nueva York o París. Que los refugiados están siendo empujados a la muerte en el Mediterráneo, en la frontera de la UE. Cuando nadie tiene superioridad moral, cuando nadie puede proteger los valores de la humanidad, las instituciones ya han colapsado y la gente está desorientada.

P. ¿Cuál es la mayor amenaza para la democracia?

R. El rechazo a criticar el capitalismo. Porque la democracia sin justicia social no es más que un teatro de sí misma. Hay mucha gente, especialmente en Europa, que quiere creer que, si arreglamos algunos mecanismos de la democracia aquí y allá, todo volverá a la normalidad. Desgraciadamente, no será así. El mayor problema de la democracia actual es el neoliberalismo. El contrato fundamental de la democracia, que nos dice que somos iguales, ha quedado dañado por las políticas neoliberales. Eso reduce la democracia a votar, a una obra de teatro que se representa cada cuatro años. La mayor amenaza es pensar que el capitalismo es un tabú, que es el estado natural de la humanidad. Y no es ni siquiera progresista o controvertido decir esto. Incluso los tipos de Davos saben que esto no puede seguir así.

P. ¿Qué papel juega la política?

R. La política ha sido declarada algo sucio y de mediocres, así que empezamos a despreciarla. Nos han hecho olvidar que todo es político. Cuando eso ocurre, la política se corrompe y algún estúpido, algún bastardo ignorante, llega a EE UU o a cualquier lugar de Europa, o a Turquía, y dice: “Estoy más allá y por encima de la política, así que estoy limpio”. Y la gente le cree. Estoy simplificando, pero las masas se han despolitizado tanto que creen en estas personas. Odiar la política y pensar que es sucia también significa que crees que la humanidad es sucia y demasiado engorrosa. Hay una conexión entre no tener fe en la humanidad y estar despolitizado.

P. ¿Qué opina de las protestas de los activistas climáticos?

R. Como la mayoría de gente de mi edad, a veces mi reacción es: ¿qué haces lanzando pintura a un cuadro? Pero es una nueva generación y nuestro trabajo es comprenderles y ayudarles. Me parece realmente arrogante criticar su reacción, su acción política. El caso es que intentan hacer algo. No sabemos lo que se siente al nacer en un mundo en el que se enfrentan a todas las grandes crisis postergadas de la humanidad. Elijo creer en ellos, aunque a veces no les entienda. Porque ese es mi problema, no el suyo.

P. ¿Hacer política con las emociones ya no es un tabú?

R. Hemos despreciado la política de las emociones, con buen criterio. Es resbaladiza, se puede perder el control, es peligrosa… Pero tenemos que dar a la gente palabras para que hablen desde el corazón. Si la política no puede captar el corazón, está acabada; es inútil. Como progresistas, no deberíamos despreciar la capacidad de la gente para creer y tener fe. Solo así pasarán a la acción. Tal vez los jóvenes no saben esto todavía. Quizá sea ese el problema. Piensan que, si dicen suficientes veces que el mundo está llegando a su fin, la gente hará algo. No, la gente no va a hacer nada. Tiene que haber un significado y una razón para proteger este mundo.

P. ¿Qué efecto tiene la polarización en nuestras sociedades?

R. Cuando se habla de política es muy peligroso hablar de palabras como amor. La polarización hace que el amor sea imposible. No estoy hablando del amor entre los distintos polos. Hablo del amor propio, del amor a lo humano. Y si el amor a lo humano no existe, la política no existe. El fascismo es la falta total de fe y amor en lo humano. Así que cuando el amor no es posible significa que estás preparando el terreno para el fascismo. Por eso los líderes populistas de derechas provocan la polarización. Dirigir un país polarizado es muy fácil. Pero no se puede luchar contra la polarización; lo intentamos en Turquía, pero no funcionó.

P. ¿A qué se refiere?

R. A luchar contra el otro bando. Sí, hay que luchar contra el fascismo, pero no se puede luchar contra la mitad de un país. Lo que se necesita es la política radical del amor radical. Y no hablo en abstracto. Las ciudades más grandes de Turquía están dirigidas por alcaldes de la oposición porque aplicaron estas políticas durante sus campañas electorales. Dijeron: “Vamos a estar juntos en esto, no estamos tan mal como nos hacen creer, no estamos tan polarizados, se nos ha impuesto, nos queremos…”. Abrazaron a los que les estaban apartando. La política del amor radical es la única opción.

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Sobre la firma

Elena G. Sevillano

Es corresponsal de EL PAÍS en Alemania. Antes se ocupó de la información judicial y económica y formó parte del equipo de Investigación. Como especialista en sanidad, siguió la crisis del coronavirus y coescribió el libro Estado de Alarma (Península, 2020). Es licenciada en Traducción y en Periodismo por la UPF y máster de Periodismo UAM/El País.

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