Elogio del intruso. O por qué hay que meterse donde no nos llaman

Se extiende la creencia de que no todo el mundo puede hablar de según qué cosas. El filósofo Jürgen Habermas, sin embargo, sostiene que no hay un asunto tan especializado como para excluirlo del debate público

Bea Crespo

No hay casi ningún sinónimo de intruso sin connotación negativa, de entrometido a metomentodo, pasando por fisgón o forastero. Parece que extraño o extranjero no connotan nada malo, pero solo porque nos hemos acostumbrado a leerlos sin carga xenófoba (al menos, los que no militamos en partidos tales). La propia palabra intruso viene del latín intrudere, introducir a la fuerza. El sustantivo intrusismo designa un delito que puede ser muy grave según la profesión a la que se aplique, pues todos estamos de acuerdo en que el cirujano que se dispone a abrirnos en canal debería pasar por una Facultad de Medicina y obtener el reconocimiento oficial de sus pares antes de agarrar el bisturí.

La mala fama acompaña a los intrusos. No hay tribu, peña, grupo de amigos, urbanización de élite o colegio de arquitectos que no tengan herramientas para detectarlos y expulsarlos. Un hermano conceptual suyo, el impostor, da nombre a un síndrome que sufren quienes dudan si merecen el éxito. Como si la sociedad aún estuviera hecha de estamentos medievales o se pareciera a una discoteca pija con zona vip, muchas personas se esfuerzan a diario por demostrar que tienen las credenciales necesarias para estar donde están. Los sistemas informáticos de las grandes empresas se organizan según privilegios, como las acreditaciones que permiten entrar a sus oficinas, que abren unas puertas y otras no. Esto puede funcionar bien para una compañía con despachos y salas de juntas, pero una democracia no debería copiar ese diseño.

Por desgracia, esta lógica de jerarquías funciona también en el debate social e intelectual y está en el corazón de fenómenos como la apropiación cultural. Se ha extendido la creencia de que no todo el mundo puede hablar de cualquier cosa y que hay fuerzas sociales con legitimidad para desautorizar y silenciar a quienes no tengan los privilegios, el diploma o el pedigrí suficiente para participar en un debate. Según esto, un hombre solo podría participar en una discusión feminista bajo ciertas circunstancias y con la autorización de las mujeres concernidas, del mismo modo que hay catalanes que piensan que a un señor de Palencia no se le ha perdido nada en la política de Cataluña. Aunque no falten quienes se empeñan en repartir credenciales, una democracia solo lo será en la medida en que se acepten y se recojan todos los puntos de vista. Como decía Habermas, no hay un solo asunto que sea tan especializado como para excluirlo del debate público, donde todos pueden entrar y no valen los privilegios, la auctoritas o la razón autobiográfica. Que ese debate sea informado y riguroso depende de la cultura y la calidad de la democracia en la que tiene lugar, no de quienes monopolizan las tribunas.

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Los intrusos, pese a su mala reputación, son imprescindibles en una democracia, pero también en una vida intelectual, cultural y artística que quiera ser algo más que un decorado o una música de fondo galante.

En La rebelión de las masas, Ortega y Gasset acuñó el concepto de invasor vertical. Una Europa con saberes hiper­especializados, donde los avances técnicos son tan rápidos y transforman tan a fondo la civilización, propicia la irrupción de un tipo primitivo, “un bárbaro emergiendo por el escotillón”. Como los godos saqueando Roma, los invasores verticales vienen a desordenarlo todo. El escritor John Berger recogió esta idea en 1965 para calificar a Pablo Picasso y explicar su efecto en la cultura. El pintor transforma el arte porque viene de fuera, es un intruso, alguien que no respeta las normas y el decoro. También es lo que hoy llamaríamos un apropiacionista cultural: alguien que se inspira en tradiciones ajenas a la suya, como el arte africano.

Hoy nos rendimos ante Albert Camus, otro invasor vertical, un argelino de madre analfabeta a quien se le recordaba a diario que no merecía el lugar que le atribuían en las bellas letras de París. “No sé por qué, pero en compañía de intelectuales siempre siento como si tuviera que disculparme por algo”, dijo en una entrevista en televisión en 1959, meses antes de su muerte. Para Tony Judt, quien le dedicó un ensayo, su condición periférica e intrusa es clave para entender el impacto de su obra. Fue su educación colonial, ajena a la aristocracia del pensamiento a la que pertenecía Sartre, la que hizo de él un escritor original.

El punto de vista del intruso contrapuntea a menudo al del experto. La curiosidad, el diletantismo y la osadía inherente a esas condiciones son a menudo corrientes de aire que ventilan bibliotecas y foros demasiado cerrados y consumidos en su propio moho. En el mundo actual la obsesión por quién tiene derecho a hablar puede acabar con esa influencia vivificadora de los intrusos. Si se establece que ni siquiera los actores tienen derecho a interpretar personajes ajenos a su identidad, no solo se atentará contra la misma idea de interpretación, sino que acabaremos con la discusión intelectual, libre y democrática, y la sustituiremos por sermones dogmáticos sin derecho a réplica.

Hace tiempo que milito en el intrusismo. Aunque muchos de mis libros tienen una raíz autobiográfica, en otros me he metido donde no me llamaban, y lo he hecho con alegría, invocando una libertad que nos asiste a todos. Por ejemplo, acabo de publicar un libro sobre Felipe González sin ser yo militante socialista ni amigo ni enemigo, ni siquiera testigo, pues tenía tres años en 1982. Me considero un forastero, un paseante que comenta lo que observa sin sentirse necesariamente parte de ello y asumo y celebro que me tengan por intruso, pues, a diferencia del diccionario de la RAE, no percibo nada negativo en ello.

Esto no quiere decir que la mirada del intruso deba prevalecer sobre la del afectado o el erudito, ni que todas las formas de intrusión sean igual de ricas. Hay intrusismos catastróficos y miradas tan aberrantes que merecen ser combatidas con todo el peso de la razón, como la de los que sostienen que la Tierra es plana o los antivacunas. El intruso no tiene barra libre para desbarrar y ha de ganarse la atención y el prestigio tanto como los demás, pero ha de ser el propio debate y sus argumentos los que pongan a cada cual en su sitio, y no credenciales repartidas a priori. Quizá baste con cambiar levemente la actitud: antes de llamar a los guardias para que expulsen al polizón, estaría bien escucharle un poco, no vaya a ser que estemos mandando de una patada a Camus de vuelta a Argel, o a Picasso a Málaga.


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Sobre la firma

Sergio del Molino

Es autor, entre otros, de los ensayos 'La España vacía' (2016) y 'Contra la España vacía' (2021). Ha ganado los premios Ojo Crítico y Tigre Juan por 'La hora violeta' (2013) y el Espasa por 'Lugares fuera de sitio' (2018). Entre sus novelas destacan 'La piel' (2020) o 'Lo que a nadie le importa' (2014). Su último libro es 'Un tal González' (2022).

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