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No nos creemos el cambio climático

La casa de Jonathan Safran Foer en Brooklyn se ha inundado dos veces en los últimos meses. El escritor estadounidense usa estos episodios como metáfora para explicar lo que le ocurre al planeta

Jonathan Safran Foer
Una casa inundada por el huracán Ida el pasado 2 de septiembre en Mamaroneck, Nueva York.
Una casa inundada por el huracán Ida el pasado 2 de septiembre en Mamaroneck, Nueva York.KENA BETANCUR (AFP via Getty Images)

En el último mes, mi casa de Brooklyn se ha inundado dos veces, en ambos casos debido a tormentas históricas: en la primera cayó la mayor precipitación por hora de toda la historia de Nueva York; la segunda tormenta multiplicó por dos ese récord. La palabra “inundación” no expresa todo lo que ocurrió. El agua se metió por debajo de las puertas, se coló alrededor de los marcos de las ventanas y entró por grietas imperceptibles en los cimientos de la casa. Pero lo peor fue que las cañerías del alcantarillado no podían absorber tanta agua y se atascaron; de hecho, el agua empezó a circular en dirección contraria y llenó de aguas residuales el sótano, los retretes y los lavabos. Que no haya equívocos: “Aguas residuales” significa mierda.

Contraté a un equipo de limpiadores para que lavaran a presión y desinfectaran los suelos (las aguas residuales no solo son repugnantes, además son un grave peligro para la salud). El equipo formaba parte de un pequeño ejército de limpiadores industriales que llegó desde Chicago, una caravana de media docena de camiones con remolque, llenos de material y de trabajadores; estuvieron dos semanas repartidos por la ciudad y luego recogieron sus cosas y volvieron a Chicago (los coches eléctricos y los paneles solares no son las únicas industrias creadas como reacción al cambio climático). Después contraté a otra cuadrilla para que pelara las paredes y las puertas hasta una altura de 30 centímetros —todo lo que se había mojado— y así no se extendiera el moho (que es otro grave peligro para la salud). Un tercer equipo levantó el suelo de madera abombado y la base empapada, y los sustituyó por baldosas impermeables.

Huelga decir que el coste de todo esto fue enorme. Cuando recurrí a mi compañía de seguros, me dijeron que los desastres naturales —lo que en Estados Unidos se denomina “actos divinos”, es decir, los sucesos que no pueden prevenirse mediante la intervención humana— no estaban cubiertos. A pesar de todo lo que sabemos sobre la influencia de la humanidad en los fenómenos meteorológicos, se considera que un huracán es una fatalidad y, por tanto, no iban a ayudarme a pagar la cuantiosa factura. También huelga decir que la mayoría de los vecinos de mi barrio no son tan afortunados como yo y no pueden pagarse todas esas obras. Se ven obligados a hacer lo que pueden con fregonas y productos de limpieza comprados en la tienda, no tienen más remedio que convivir con esos peligros para la salud. Y también huelga decir que esta no será la última vez que Nueva York sufra lluvias torrenciales. ¿Qué opciones hay?

Podría limitarme a aceptar que va a haber inundaciones y hacer lo posible para contratar un seguro adicional, que cubra las inundaciones y los problemas de alcantarillado. Es una tarea que ya resulta casi imposible y pronto lo será del todo, igual que unos familiares míos que viven en California ya no han podido contratar una póliza que cubriera los daños de los incendios.

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Podría depositar mi fe en el gobierno municipal y confiar en que emprenda el enorme proyecto de agrandar todas las alcantarillas de la ciudad en previsión de los nuevos fenómenos meteorológicos. Dada la dimensión de la obra, parece poco probable. Sobre todo, si se tiene en cuenta que Nueva York está recuperándose de las pérdidas debidas a la covid, además de la larga lista de reparaciones que la mayoría de los ciudadanos y los políticos piensan que son más urgentes.

También podría instalar una válvula de cierre en el punto donde el de­sagüe de mi casa conecta con la cañería municipal y colocar otro portillo más que se cierre durante las tormentas; de esa forma, al menos en teoría, el agua no podrá revertir nunca su curso. Solo eso ya supondría una obra gigantesca, excavar en el sótano y el jardín y construir una “cámara” de hormigón a 2,5 metros de profundidad para tener acceso a la válvula en caso de mal funcionamiento. Una empresa me ha presupuestado el trabajo en 40.000 dólares (unos 35.000 euros), sin garantía de que vaya a servir de algo. Ni me he molestado en pedir otro presupuesto, sé que no tengo dinero para pagarlo.

Tengo que insistir todas las veces que haga falta en que yo soy de los afortunados. ¿Cómo se las arreglan mis vecinos jubilados, con problemas de salud y la pensión como único ingreso? ¿Qué opciones tienen para hacer frente al cambio climático? ¿Y mis vecinos que están pluriempleados y a duras penas llegan a fin de mes? ¿Y los que viven al pie de la colina, donde las inundaciones son mucho peores? ¿O los que viven en barrios más cercanos a la orilla? ¿Qué van a escoger los que no tienen alternativas? La inundación que he descrito es un ejemplo de los efectos del cambio climático y, al mismo tiempo, sirve de metáfora. Nos encontramos ante unas perspectivas cada vez peores y más escasas: confiar en que las Administraciones actúen como nunca lo han hecho; “desconectarnos” de nuestro entorno (construyendo viviendas más caras o mudándonos a climas más seguros), que es algo que solo pueden hacer los verdaderamente ricos, o aceptar sin más que la mierda entre en casa varias veces al año.

La capacidad humana de acostumbrarse a los cambios más radicales es tan estimulante como deprimente. ¿Quién iba a pensar hace un par de años que no íbamos a inmutarnos ni a llorar al ver los colegios llenos de niños con mascarilla? ¿O que nos parecería normal que el autobús vaya lleno de gente absorta en unos rectángulos de cristal que llevan en la mano, en vez de relacionarse con lo que antes considerábamos el “mundo real”? Si somos capaces de acostumbrarnos a que la suciedad inunde nuestras redes sociales, seguro que podemos acostumbrarnos a que entre en casa. ¿Y acaso no sabíamos todos que iba a ocurrir algo así? ¿No llevamos años viéndolo venir? ¿No decimos que hay que aceptar los datos científicos incontrovertibles? ¿Es posible que en realidad nuestra situación no nos parezca tan mal? ¿No es evidente que, de forma consciente o no, estamos escogiendo el cambio climático?

Lo sabíamos. Pero no nos lo creíamos. Lo sabemos. Pero no nos lo creemos. Al parecer, lo que tenemos en la cabeza no consigue trasladarse a nuestro corazón. Hay demasiados incentivos para dudar. Tenemos demasiado miedo. Es una catástrofe de dimensiones tan grandes que no podemos comprenderla del todo. Por lo que a mí respecta, incluso a pesar de todo lo que acabo de describir, sigo sin creérmelo. Estoy dándome cuenta de que soy incapaz de tener ese tipo de convicción. Si la tuviera, no escribiría estas líneas en un tono tan comedido; la respuesta apropiada a una catástrofe planetaria es la histeria o, al menos, la alarma. Si tuviera esa convicción, entre las opciones mencionadas habría incluido una cuarta: dedicar mi vida a hacer absolutamente todo lo que pueda para contribuir a encontrar una solución.

En vez de eso, estoy aprendiendo a acostumbrarme a la pérdida. Mi corazón lo llama acto divino. Y eso es, todavía más que el cambio climático provocado por nosotros, el acto supremo del ser humano.

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