“La tecnología es como la comida basura: no se trata de si es mala o buena, sino de cuánta consumes”

Tara Thiagarajan, neurocientífica fundadora de la organización Sapien Labs, asegura que la desigualdad en el acceso a las tecnologías influye en el desarrollo de nuestros cerebros

La experta en el cerebro Tara Thiagarajan posa en Nueva York el pasado 27 de julio.
La experta en el cerebro Tara Thiagarajan posa en Nueva York el pasado 27 de julio.Joana Toro

Doctora en Neurociencia en la Universidad de Stanford, Tara Thiagarajan (Madras, India, 49 años) es la fundadora de Sapien Labs, organización que tiene por misión algo tan complejo como tratar de comprender la mente humana. Llegó tarde, y por casualidad, a la neurociencia, como ella misma reconoce, tras asistir a una clase de esa materia y quedar fascinada. El deslumbramiento, hace ya un par de décadas, se produjo cuando observó en un laboratorio a través de un microscopio cómo seguían moviéndose las neuronas de un cerebro de murciélago después de haber sido sacado del cuerpo del animal. El salto al campo de los humanos tardaría poco en llegar y vino de la mano del proyecto Siete Mil Millones de Cerebros Humanos. Casi el mismo número de preguntas quedaban abiertas. ¿En qué se diferencian? ¿Cómo y qué les hace cambiar? ¿Les afecta la tecnología? Thiagarajan contesta por videoconferencia.

PREGUNTA. ¿Existe un único cerebro?

RESPUESTA. No, no existe un cerebro prototipo, no existe un “único” cerebro. La mente humana se desarrolla dependiendo de las circunstancias y experiencias vitales de cada persona. Hace 300 años la población era bastante homogénea, pero hoy existen muchos tipos de vida diferentes, muchos trabajos y ocupaciones distintas que acaban por reflejarse en nuestros cerebros. En Sapien Labs usamos de forma masiva electroencefalografías (EEG), ya que las neuronas se comunican a través de señales eléctricas, y registramos la actividad cerebral y analizamos cómo afecta al cerebro el contexto que le rodea, ya sea la estructura social, la educación o el lenguaje.

P. ¿Miden también si al cerebro le beneficia o le perjudica el uso de la tecnología?

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R. . Sabemos que a medida que la gente consume más contenidos digitales son mayores los cambios en los patrones neuronales. A mí me gusta hacer una analogía con la comida para intentar explicar qué pasa si se abusa de instrumentos como el teléfono móvil, las tabletas, internet… Hace años la dieta era muy básica, comer fruta era algo poco habitual. Las sociedades han ido avanzando y conquistando mejores parcelas de bienestar, como por ejemplo tener acceso a alimentos que antes era imposible obtener y lograr comer más sano, lo que repercute de forma favorable en nuestro cuerpo. Sin embargo, ahora estamos en un punto de explosión en el que existe mucha comida, pero la mayoría no es saludable, es comida procesada, con agentes químicos, es lo que conocemos como comida basura. Se trata de tomar las decisiones correctas. ¿Comer mucho es malo? Pues hasta cierto nivel es bueno. Pero llegado un punto, el abuso de esa comida basura acaba provocando diabetes, problemas cardiacos… No se trata de si la tecnología es mala o buena, sino de cuánta consumes.

P. Usted sostiene que el ambiente en el que vivimos influencia nuestro cerebro, que no es lo mismo vivir en la ciudad de Nueva York que en un pueblo de la India. ¿Crea la pobreza o la riqueza cerebros diferentes?

R. Sin lugar a dudas la desigualdad tecnológica provocada por falta de recursos monetarios se traduce en el desarrollo de diferentes tipos de cerebros, desde el punto de vista de las redes neuronales. Yo hablo de estímulos: tener la capacidad de viajar, acceder a educación o interactuar con otra gente y, además, hacer uso de la tecnología. Todo lo anterior permite que las neuronas se reorganicen y formen nuevas conexiones, logren conectar entre ellas y tengan continuos intercambios en el cerebro. Parte de la capacidad cognitiva está unida a cómo de privilegiado eres y a cuántos estímulos tienes acceso. El cuerpo humano necesita dos dólares al día para consumir las calorías necesarias para nutrirse y no morir de hambre. Para alimentar el cerebro (con estímulos) son necesarios 30 dólares diarios. Esta cifra es inalcanzable para el 80% de la población mundial. Con 30 dólares se adquieren muchos estímulos. Con ese dinero se da el salto a poseer un teléfono móvil.

P. Esos estímulos a los que se refiere estarían entonces moldeando el cerebro.

R. El cerebro es plástico durante toda la vida de una persona. Todos los demás órganos del cuerpo hacen lo mismo desde el día en que nacemos. Sin embargo, el cerebro ejerce diferentes trabajos a medida que vamos creciendo y envejeciendo. Lo que hace el cerebro de un niño de dos años es muy diferente a lo que hace con 10 años, con 20… y así hasta dejar de existir. La gran cualidad del cerebro es su plasticidad. Y a más estímulos, más plasticidad.

P. ¿Cuándo descansa el cerebro?

R. . Jamás. El cerebro no descansa nunca. Cuando dormimos el cerebro sigue trabajando, es cuando aprovecha para limpiarse. Igual que hacen los camiones de basura, que salen a las calles de noche o de madrugada, cuando la ciudad duerme y no hay tráfico, el cerebro está todo el día acumulando basura y desperdicios tóxicos que acaban por ser expulsados a través del sistema linfático. Por eso, si no se duerme y no se hace limpieza, se van acumulando residuos tóxicos que acaban por hacerte sentir mal y no poder desempeñar bien tus actividades diarias.

P. ¿Qué es el MHQ y qué mide?

R. Desde ya le digo lo que no mide: no es un número que represente el nivel de felicidad. El MHQ, en inglés Mental Health Quotient (coeficiente de salud mental), es una prueba que determina el bienestar mental: la capacidad de poder manejar nuestra vida y enfrentarnos a los desafíos y obstáculos que se nos presenten. No es una medida de felicidad o satisfacción con la vida. A través de una prueba que se realiza en internet se cuantifica de -100 hasta 200 el grado de tranquilidad mental con el que se convive en un momento determinado. Ese número cambia, no es el mismo antes de la pandemia de coronavirus que después o durante. A través de preguntas que se tardan en contestar unos 15 minutos, se obtiene ese coeficiente.

P. Si le digo que varios amigos hemos realizado el MHQ y hemos obtenido 72,2; 103; 86,4; 105,3 y 68,6 ¿Cuál es el diagnóstico? ¿Cuál es su MHQ?

R. [Risas] ¡Es algo muy privado! Esa información prefiero mantenerla conmigo. Lo cierto es que la primera vez que lo realicé me sentí decepcionada porque no era muy alto. Pero entonces me fijé en los retos a los que día a día se enfrenta otra gente y dejé de quejarme. En sus casos, todos ustedes están dentro de la media. No creo que nadie tenga 200.

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Desde 1998, ha contado para EL PAÍS, desde la redacción de Internacional en Madrid o sobre el terreno como enviada especial, algunos de los acontecimientos que fueron primera plana en el mundo, ya fuera la guerra de los Balcanes o la invasión norteamericana de Irak, entre otros. En la actualidad, es corresponsal en Washington.

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