PISA EL FRENO, STEPHEN

Stephen Dorff contra todos: crónica de un actor cuya carrera quedó a la sombra de sus ambiciones

Estaba en todas las fiestas y todas las revistas, pero solo le faltó un gran éxito que cimentase su estatus como estrella. Ahora, deslenguado como siempre, carga contra la actual industria de Hollywood, a la que acusa de haberse convertido en “un gran concurso”

Stephen Dorff en el que fue su hábitat natural: las fiestas. Aquí, en la fiesta tras la entrega de los Oscar celebrada por Vanity Fair en 2004 en Beverly Hills.
Stephen Dorff en el que fue su hábitat natural: las fiestas. Aquí, en la fiesta tras la entrega de los Oscar celebrada por Vanity Fair en 2004 en Beverly Hills.Jean-Paul Aussenard / WireImage

Hace un par de semanas Stephen Dorff (Atlanta, Georgia, 48 años) volvió a los titulares por sus críticas contra la industria de Hollywood actual, desde Marvel (“Viuda Negra me parece una mierda. Es como un mal videojuego. Me da vergüenza por Scarlett”) hasta los Oscar (“Uno de los mayores bochornos que he visto”) o las plataformas digitales (“Es un puto desmadre de contenido”). Al leer sus declaraciones, algunos pensaron: “¿Pero quién es este señor?”. Y otros pensaron “Ah, Stephen Dorff, ¿qué fue de él?”. La respuesta a la primera pregunta es que Stephen Dorff es uno de los actores que más cerca se ha quedado de ser una estrella sin llegar a serlo en ningún momento. Casi hizo Independence Day. Casi hizo Entrevista con el vampiro. Casi hizo Titanic. La respuesta a la segunda pregunta es más complicada.

Aunque naciese en Atlanta, Dorff es un hijo de Hollywood. Su padre trasladó a la familia a Los Ángeles para asentar su carrera como compositor y Stephen pasó su infancia y adolescencia como el alumno más pobre del colegio más caro de California. Sus compañeros de clase conducían cochazos, vivían en mansiones y tenían padres famosos. “Tener como compañeros de clase a los niños de Beverly Hills te jode la cabeza”, reconocería él mismo en la revista The New Yorker. Su padre lo llevó al rodaje de La gran pelea, con Clint Eastwood, y cuando Stephen vio a un chaval de su edad rodando en horario escolar encontró su vocación: hacer películas para librarse de las clases.

A los 19 años recibió el premio Estrella del mañana de la Asociación de Exhibidores Cinematográficos por La fuerza de uno, donde interpretaba a un boxeador sudafricano. En 1993 hizo del novio capullo de Alicia Silverstone en el videoclip de Aerosmith Crying. La maquinaria se puso en marcha y Dorff apareció en dos películas concebidas para su lanzamiento: SFW, un drama adolescente destinado a convertirlo en un ídolo de la Generación X; y Backbeat, un biopic sobre el quinto Beatle –Stuart Suttcliffe– que se suponía iba a conquistar a la crítica. Ninguna de las dos tuvo repercusión.

Stephen Dorff, con 18 años, en 'La fuerza de uno' (1992).
Stephen Dorff, con 18 años, en 'La fuerza de uno' (1992).Keith Hamshere / Getty Images

Pero hubo una pequeña desincronización que acabó resultando crucial. Aparecía en portadas que proclamaban la Stephenmania o lo coronaban como el próximo chico de moda de Hollywood, el mejor actor de su generación o el nuevo James Dean a propósito de películas que nadie conocía. De hecho, sus declaraciones en esas entrevistas tenían más repercusión que las propias películas.

“Me quieren en películas grandes. Me gustaría hacer una con Stanley Kubrick. Quiero trabajar con Sean Penn o John Malkovich, actores con los que si compartiera pantalla, la pantalla explotaría”, aseguraba. Dorff explicaba que su plan era hacer “clásicos de los noventa”. “Voy a adueñarme de esta ciudad. Voy a llegar a un estatus en el que no le rinda cuentas a nadie. Van a rendírmelas a mí. En cuanto yo elija un proyecto van a querer producirlo”, vaticinaba.

Dorff criticaba a Tarantino (“Siempre escribe lo mismo”); a su propia película Los jueces de la noche, que solo aceptó por presión de sus agentes (“Era tan estúpida que podía haberla hecho por teléfono”) y hasta a River Phoenix, recién fallecido entonces por una sobredosis (“El show debe continuar y lo que le ocurrió a River Phoenix no es culpa de nadie excepto suya”). “Hay tanta gente que solo trabaja porque ha tenido suerte. Este negocio no se basa en el talento. Hay muy pocos jóvenes capaces de hacer lo que yo hago y hacerlo bien”, afirmaba.

En cuanto cobró su primer cheque, Stephen Dorff se mudó al Chateau Marmont. En las 63 viviendas de este exclusivo hotel se alojan celebridades durante cortos o largos periodos de tiempo. En 1979, el periodista Jerry Parker definió el Chateau como “un lugar históricamente habitado por gente en proceso de ascenso o en proceso de caída”. Dorff celebró su 21º cumpleaños allí con una fiesta que también conmemoraba el estreno de Backbeat, la película que –supuestamente– iba a convertirlo en una estrella. Entre los invitados estuvieron Tori Spelling, Pia Zadora o Keith Richards. Todos esperaban su turno para pasar un rato con la recién nacida estrella. Aunque técnicamente Dorff todavía no lo era, desde luego se comportaba como tal.

Stephen Dorff durane una fiesta en un Hard Rock Cafe de Las Vegas en 1995.
Stephen Dorff durane una fiesta en un Hard Rock Cafe de Las Vegas en 1995.Jeff Kravitz / FilmMagic, Inc

Su imagen era de “chico malo sensible”, un reverso canalla de Brad Pitt, que siempre venía de resaca o se dirigía hacia una. “Los que lo conocen aseguran que va a todas las fiestas guays, que no es lo mismo que ir a las fiestas apropiadas”, señalaba Out Magazine en 1996. “No es una estrella de Hollywood todavía, pero todo el mundo en esta ciudad lo conoce. Es como si se hubiera impuesto al público a fuerza de insistir”. Dorff aseguraba que el líder de R.E.M. Michael Stipe, a quien había conocido tres meses antes, era “la persona que sabe más cosas sobre mí y la mejor persona que he conocido jamás”.

Además de Stipe, Dorff alternaba con Tori Amos, Zoe Cassavetes, Sofia Coppola o Spike Jonze y se pasaba las fiestas rodeado de rockeros y modelos. Entre sus parejas estuvieron Milla Jovovich, Reese Witherspoon, Alicia Silverstone, Jessica Alba, Jennifer Love-Hewitt y un sinfín de ángeles de Victoria’s Secret. Años después, el actor admitiría que aquellas primeras entrevistas maldijeron su carrera y que al recibir la etiqueta de “chico malo” sintió –como aseguró a The Guardian– que debía comportarse como un niñato: cuando visitó España para promocionar Sangre y vino, exigió que le trajeran una pizza durante la emisión del programa de Canal + Lo más plus y se encendió un cigarrillo en el plató. Hay muchos actores que se comportan así, pero la mayoría sabe disimularlo en público. Tras seis semanas en el Chateau Marmont, su agente llamó para informarle de que se había gastado todo su dinero.

¿'Titanic’? Casi. ¿'Independence Day’? Casi

Mientras Dorff iba por ahí contando los papeles que había rechazado (el de Las aventuras del joven Indiana Jones porque no quería hacer tele; el de Speed porque no le interesaba el cine de acción), los papeles que sí hacía no terminaban de ir a ningún sitio: el héroe de acción de Space Truckers: transporte espacial (una serie B que solo hizo porque necesitaba liquidez), la musa trans de Andy Warhol, Candy Darling, en Yo disparé a Andy Warhol, el hijo de Jack Nicholson en el noir Sangre y vino. Pero Dorff representaba algo a lo que Hollywood (y Estados Unidos en general) nunca puede resistirse: un futuro prometedor.

Por eso Fox intentó ficharlo para Independence Day (no confiaban en que un actor negro, Will Smith, funcionase en la taquilla internacional), por eso quedó finalista contra Leonardo DiCaprio para Titanic. Por eso apareció, precisamente junto a Smith y DiCaprio, en la portada de Vanity Fair sobre las próximas estrellas de Hollywood. Pero la fama prometida que Hollywood, las revistas y el propio Dorff estaban convencidos de que iba a llegar, simplemente, nunca ocurrió. El papel adecuado nunca llegó. Y la actitud caprichosa, cuando no va acompañada del brillo del éxito, solo resulta irritante. Hoy una búsqueda de su nombre en Google genera docenas de páginas de fans abandonadas con diseños rudimentarios y alojadas en dominios como Geocities, Angelfire o Tripod.

Wesley Snipes y Stephen Dorff en el estreno de Blade' en Los Ángeles en 1998.
Wesley Snipes y Stephen Dorff en el estreno de Blade' en Los Ángeles en 1998.Ron Galella, Ltd. / Ron Galella Collection via Getty

En 2002, cuatro años después de interpretar al villano de Blade (su película más emblemática), Dorff estaba protagonizando lanzamientos directos a vídeo o películas con títulos como Miedo.com. Durante la década de los 2000 solo tuvo repercusión por hacer de “chico malo” en el videoclip de Britney Spears Everytime y por los titulares en los tabloides: su relación con Pamela Anderson, el mensaje que dejó en el contestador del cómico Steve-O amenazándolo de muerte o su bronca con el actor de El séquito Jeremy Piven. Dorff se coló en el baño, Piven se lo recriminó y se enzarzaron: Piven le llamó “actor acabado”, a lo que él respondió “Al menos soy una estrella de cine, tú solo sales por televisión”.

El actor admitía entonces que ya no entendía los mecanismos de la industria. “Me encuentro perdido, porque antes teníamos un club de los actores de cine en el que yo sabía quién era mi competencia. Pero las reglas han cambiado. Estoy perdiendo papeles contra actores de televisión, o modelos, o participantes de reality shows”.

En 2010 Sofia Coppola le ofreció protagonizar Somewhere. Dorff interpretaba a Johnny Marco, una estrella de cine que sí había conseguido vivir en el Chateau Marmont a largo plazo pero que, según la dicotomía de Jerry Parker, era de los que estaba en proceso de caída. Somewhere retrataba el Chateau como un lugar decadente habitado exclusivamente por cabezas de chorlito obsesionados con Hollywood (y consigo mismos, que es lo mismo) y hacía parecer la profesión de estrella de cine la más tediosa, deprimente y miserable del mundo.

Stephen Dorff y Pamela Anderson en el Festival de Sundance en 2005.
Stephen Dorff y Pamela Anderson en el Festival de Sundance en 2005.George Pimentel / WireImage

Resultaba imposible no identificar a Dorff como el personaje, desde el vacío existencial cubierto con mujeres, cervezas y cigarrillos hasta anécdotas como el poyete al que se sube para posar con actrices más altas que él (Dorff mide 1,73). Desaliñado, desilusionado y tratando de mantener aquella pose de pasota que le hacía tan atractivo en su juventud. La diferencia es que Johnny Marco seguía siendo una estrella. “Sofia ha vuelto a ponerme de moda” celebraba Dorff. “Ahora vuelven a sacarme en las portadas ¡y hasta me piden que me quite la camiseta! Y yo que pensaba que se habían olvidado de mí”.

Pero aunque Somewhere ganó el León de Oro en Venecia (una decisión polémica porque la película había dividido a la crítica y el presidente del jurado, Quentin Tarantino, era expareja y amigo de la directora), no alteró la carrera de su protagonista en absoluto. Dorff rodó una superproducción, Inmortals, pero al año siguiente encadenó cinco películas que no vio casi nadie con títulos como Secuestrada, Tiempo de venganza o Acorralado. “Fui tan feliz haciendo Somewhere”, confesó a The New York Times. “Quería que ese rodaje durase para siempre”.

Durante la década pasada Dorff ha alternado campañas de cigarrillos electrónicos con entrevistas en las que exhibe sus delirios de grandeza. Presume de no tener redes sociales porque “si quieres verme ve al cine o compra una revista, yo nunca quise ser famoso, soy el único actor de mi nivel que no tiene redes sociales”. Aclara, asimismo, que no se le caen los anillos a la hora de hacer un casting si el papel merece la pena. Y alardea de que su película Brake llegó a ser la segunda más descargada del mundo después de El caballero oscuro. La leyenda renace. Hace unos meses se alegraba de no ser uno de esos actores que “fueron una estrella de acción durante ocho años y ahora hacen anuncios de aseguradoras, yo quiero trabajar con grandes directores”.

De aseguradoras no, pero sus anuncios de cigarrillos electrónicos fueron descritos por Joe Rogan (el podcaster más escuchado del mundo) como una de las campañas “más gilipollas” de la historia, especialmente porque después el actor admitió que no había dejado el tabaco: Stephen Dorff es la última persona que sigue fumando en Hollywood. Al principio del anuncio, el actor se presenta: “Soy Stephen Dorff”. Es famoso como para ser imagen de unos vapeadores, pero no como para no tener que aclarar quién es.

A dos años de cumplir los 50, Dorff todavía no ha formado una familia que, asegura, siempre quiso. A The Guardian confesó que su vida personal es “un accidente de tren” aunque “todavía puedo ligarme a las señoritas si pongo en marcha mis encantos”. Su última relación fue con la modelo Charlotte McKinney en 2015. Tras la muerte de su hermano Andrew durante unas vacaciones a los 40 años (Stephen ha explicado que lo único que sabe es que había alcohol y un jacuzzi involucrados), Dorff decidió abandonar la interpretación. Y de repente, en 2019, su carrera tuvo otro destello: la crítica celebró su trabajo en True Detective como un triunfo de la serie y la mejor interpretación de su carrera.

Pero el público no ha vuelto a saber nada de él hasta que hace dos semanas se despachó contra Hollywood. Dorff dio esas declaraciones durante una entrevista promocional de su nueva película, En lucha (disponible en España en Movistar+), en la que interpreta a otra estrella venida a menos. Esta vez de artes marciales. El actor conoce al director de En lucha porque escribió el guion de American History X, una película que, por supuesto, le ofrecieron a Dorff. Los dos papeles. “Pero era demasiado joven para el de Ed Norton y demasiado mayor para el de Eddie Furlong”, lamentó.

“Mi negocio se está convirtiendo en un gran concurso”, critica. “Yo sigo persiguiendo la buena mierda porque no quiero salir en Viuda Negra. De verdad que no. Seguro que [a Scarlett Johansson] le han pagado cinco, siete millones, pero me da vergüenza por ella”. Y al final de su diatriba acaba, una vez más, con una promesa de futuro: “Yo lo que quiero es encontrar al próximo Kubrick y actuar para él”.

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