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Ni atlético ni simpático. Russell Crowe, la última gran estrella que no está dispuesta a cambiar para encajar en ningún canon

El actor neozelandés, a punto de estrenar la cinta de terror ‘The Georgetown Project’, cumple 57 años convertido en una de las pocas celebridades que viven al margen de lo que la prensa dice de él. Una biografía no exenta de conflictos y un aspecto que no se ajusta a lo que Hollywood exige de sus galanes son hoy su carta de presentación

Russell Crowe posa para la prensa durante la proyección de 'Dos buenos tipos' en el Festival de Cannes en 2016.
Russell Crowe posa para la prensa durante la proyección de 'Dos buenos tipos' en el Festival de Cannes en 2016.Pascal Le Segretain / Getty Images

Unas imágenes de Russell Crowe corpulento, sonriente y con una frondosa barba blanca junto a Taika Waititi y Chris Hemsworth –sus compañeros en Thor: Love and Thunder– han vuelto a poner el foco en su aspecto físico. Con sutilezas como “irreconocible”, ya son casi 20 años en los que es difícil leer una crónica sobre el actor –incluso esta– en la que no se mencione lo lejos que está su aspecto del de galán clásico y de la belleza masculina normativa. Una oda al body shaming –la práctica de criticar a alguien porque su cuerpo no se adapta a la norma imperante, algo que los hombres también padecen– con medios como Page Six pidiendo un minuto de silencio por el cuerpo que lucía en Gladiator o Howard Stern juzgándolo en su programa de radio.

Es cierto que el actor que llegó a Hollywood hace cinco lustros y fue encumbrado por EL PAÍS como “el icono incontestablemente viril que la generación metrosexual necesitaba” tiene hoy poco que ver con el apolíneo conquistador de L.A. Confidential o Gladiator, pero también es cierto que probablemente haya pocos hombres en la industria a los que les importe menos.

Crowe apenas tiene nada en común con sus compañeros de generación. Tom Cruise, Brad Pitt o George Clooney pueden permitirse momentáneamente el ligero desaliño o el sobrepeso que el papel requiera, pero siempre vuelven a su perfil clásico de gran estrella masculina, fieles al canon que representan dentro y fuera de la pantalla. Crowe también es una estrella que puede sustentar una película con su nombre –ahí está la reciente Salvaje (2020) pero no ejerce de ello, o al menos no de esa manera. Fuera de la pantalla, prefiere posar como un orgulloso hombre de campo que, casualmente, es además uno de los mejores actores de las últimas décadas.

Un éxito ‘in extremis’

Russell Crowe llegó al cine a los veinticinco años, una edad en la que muchos tienen ya carreras consolidadas, haciendo de nazi en Romper stomper (1992). Para dejar claro que el encasillamiento no iba a ser su seña, su siguiente papel fue el de un tierno fontanero homosexual que comparte con su padre la búsqueda del amor en Nosotros dos (1994), una comedia que cosechó premios en los festivales de Sídney y Montreal. Cuando Hollywood lanzó las redes en el caladero australiano, Crowe acabó en Los Ángeles.

Russell Crowe, en una imagen de 'Un buen año'.
Russell Crowe, en una imagen de 'Un buen año'.

La historia no tuvo un comienzo idílico. A su llegada a Estados Unidos encadenó tres fracasos: Rápida y mortal, un western a mayor gloria de Sharon Stone; Virtuosity, thriller sobre realidad virtual que envejecía a medida que se rodaba, y Hechizo en la ruta maya, un intento descafeinado de revitalizar el cine de aventuras clásico que sembró dudas sobre la rentabilidad del neozelandés. Crowe empezó a cuestionarse el engranaje en el que acababa de aterrizar: “Cada insignificante ejecutivo de la cadena va a dar su opinión y va a modificar la idea en función de lo que piensa que es mejor, lo que en realidad significa más lucrativo. Al final, una veintena de personas que no van a hacer la película han metido mano al guión con criterios tales como ‘lo que se lleva ahora’ o ‘el nicho de mercado al que nos dirigimos’. Un montón de argumentos que nada tienen que ver con la esencia de contar una historia”, declaró a EL PAÍS.

Y una buena historia era precisamente lo que sustentaba L.A. Confidential, una de las películas de un año, 1997, marcado por Titanic. Crowe empezaba una época de su vida que describió en Rolling Stone como “12 meses que parecieron cinco años”. Fue nominado a un Oscar por El dilema (1999) tras engordar 20 kilos para interpretar a un gris ejecutivo de la industria del tabaco, y se lo llevó un año después por dar vida al que más de dos décadas después sigue siendo su personaje más icónico.

Convirtiendo la “basura” en grandes diálogos

“Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejércitos del norte, general de las legiones medias, fiel servidor del verdadero emperador, Marco Aurelio, padre de un hijo asesinado, marido de una mujer asesinada. Alcanzaré mi venganza en esta vida o en la próxima” es una de esas frases para la historia, pero estuvo a punto de no aparecer en Gladiator porque Crowe la odiaba. “Tu escribes basura, pero por suerte soy un gran actor que hace sonar bien hasta tu basura ”, le espetó al guionista William Nicholson. Nicholson no se lo tomó mal del todo. “Es un gran actor, así que sus ocasionales ataques de arrogancia no me molestaron en absoluto”, declaró años después al Daily Mail.

El Crowe arrogante empezaba a asomar una patita, algo que en la industria australiana no era un secreto. Tras ganar el BAFTA por interpretar al matemático John Forbes Nash en Una mente maravillosa, persiguió y arrinconó contra la pared al director de la ceremonia, Malcolm Gerrie. “Eres un maldito pedazo de mierda. Me aseguraré de que nunca trabajes en Hollywood”, le gritó. ¿La causa? Habían cortado su extensísimo discurso de agradecimiento. “Pensándolo con frialdad, creo que fui un poco más vehemente de lo que me hubiera gustado ser”, declaró después.

Russell Crowe en 'Gladiator', en el año 2000
Russell Crowe en 'Gladiator', en el año 2000photo: MPTV.net

Que lo de los BAFTA no era un incidente aislado quedó claro en 2005, en Nueva York, cuando la policía sacó a Crowe esposado del Hotel Mercer. Según Nestor Estrada, recepcionista del hotel, tras no poder contactar vía telefónica con su mujer, el actor se había personado en la recepción y le había lanzado el teléfono a la cara. La prensa acudió hasta con helicópteros para inmortalizar al nuevo niño malo de Hollywood y una nube de periodistas acompañó a Crowe hasta la comisaría en la que pasó seis horas. El actor admitió los cargos tras su incidente en el hotel y, según algunos medios, tras un acuerdo privado pagó a Estrada 100.000 dólares.

Pero al margen de los incidentes, los directores siguieron reclamándole. Desde Ridley Scott a Ron Howard, pasando por Michael Mann. Curtis Hanson dijo de él: “Russell fue implacable en su búsqueda de la esencia del personaje. Si eso lo convirtió en un dolor en el trasero a veces, hay que vivir con ello. Con lo que no me gusta vivir es con alguien que sea un dolor en el trasero para las demás estrellas o por preocuparse solo de sí mismo. Con Russell se trataba de trabajo “.

Cuando Russell se convirtió en el rompehogares de América

“Me molesta que me persigan e invadan”, declaró en Rolling Stone. “Es otra estupidez que tenemos que soportar porque algunas personas tienen el derecho constitucional de ganar dinero siendo parásitos. Y no hay nada que podamos hacer al respecto, excepto decir: ‘Sí, bueno, bésame el trasero y lárgate de mi propiedad”.

Russell Crowe y Meg Ryan paseando por Nueva York de la mano en el año 2000.
Russell Crowe y Meg Ryan paseando por Nueva York de la mano en el año 2000.Foto: Getty

Entre los pocos rasgos de su biografía que se enmarcan entre los de una verdadera estrella de Hollywood estuvo su romance con su compañera de reparto en Prueba de vida, Meg Ryan. Aunque ella lo exculpó de haber causado la ruptura de su matrimonio con Dennis Quaid al contar que ya estaba agonizante, la prensa le acusó a él, un extranjero al fin y al cabo, de romper un perfecto hogar americano, aunque fue ella quien jamás recuperó el estatus de novia de América. Aquel romance hizo pensar que la carrera de Crowe podía aportar una ristra de jugosos flirteos, pero no fue así. Lo siguiente fue un matrimonio con la cantante Danielle Spencer cuyo momento más llamativo llegó tras el divorcio: una puja en Sotheby’s para pagar los costes de la separación, que el actor llamó jocosamente “El arte del divorcio”. En aquella subasta, además de obras de artistas australianos, relojes y guitarras, descubrimos que Crowe poseía un par de caballos de utilería de tamaño natural de Gladiator, una coquilla de su paso por Cinderella Man, un par de pistolas de duelo del siglo XVIII y –lo que más dio que hablar– el cráneo de un mosasaurio del período Cretácico tardío que le compró a su amigo Leonardo DiCaprio.

Un toque de excentricidad en una vida mucho menos extravagante de lo que su estatus de estrella podría hacer esperar. Él mismo se define como un tipo que entre película y película hace lo que le gusta: volver a su rancho a ver parir a sus yeguas. “Se escribe que Russell Crowe viaja con sus propias sábanas de algodón egipcio”, se quejó el actor en Rolling Stone. “Y, por supuesto, al decírtelo, estoy haciendo que todo vuelva a echar a rodar. ¿Qué diablos es el algodón egipcio y por qué viajaría con mis propias sábanas? Una sábana es una maldita sábana, amigo”.

El pasado 9 de enero un usuario de Twitter escribió: “Mucha gente se queja de la falta de sueño durante la pandemia. Puedo recomendar Master and commander, protagonizada por el normalmente cautivador Russell Crowe. Nunca he pasado de los diez minutos. De nada. Y gracias Russell“.

El tuit en el que etiquetaba al actor podría haber pasado sin pena ni gloria, como la mayoría de la bilis que se desparrama en esa red social, pero Crowe siente una autentica veneración por la película de Peter Weir y no necesitó la coraza de Máximo Décimo Meridio para saltar a la arena: “Ese es el problema con los críos en estos días. La falta de concentración. La película de Peter Weir es brillante. Una historia épica, precisa y llena de detalles sobre la fidelidad al imperio y al servicio, independientemente del costo. Con una fotografía increíble de Russell Boyd y una banda sonora majestuosa. Definitivamente, una película para adultos “. Eso derivó en una conversación de millennials contra baby boomers (obviando el hecho de que Ian McNabb, el autor del tuit criticado por el actor, es en realidad un músico británico de 60 años).

Crowe está menos dispuesto a hablar cuando el tema se trata de su peso. En 2019, tras ganar bastantes kilos para interpretar al magnate de Fox News Roger Ailes en la serie La voz más alta (que en España estrenó y aún mantiene Movistar+), declaró a Entertainment Weekly: “He decidido dejar de hablar sobre cómo me preparo físicamente para un papel. Porque al final esa preparación ocupa el artículo entero. Y eso es aburridísimo. Las matemáticas de cómo llegas hasta un lugar no son ni la mitad de divertidas que lo que hiciste al final cuando llegaste”.

El actor tiene a punto de estrenar la cinta de terror The Georgetown Project y en 2022 llegará la esperada Thor: Love and Thunder. ¿Qué aspecto tendrá en ellas? Lo podremos ver, pero que nadie lo comente con él. Tal vez la elección más acertada en una industria todavía obsesionada por el físico es negarse en rotundo a hablar de ello. Y eso que Russell Crowe nunca ha sido de los que se callan.

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