Jan Brueghel el Viejo, nunca nadie pintó tantas y tan raras flores
Excelso pintor de paisajes, el artista belga destacó por retratar cientos de especies de plantas. Si hacía falta, retrasaba un encargo para esperar una floración o viajaba para observar las que no tenía en su entorno con tal de recrearlas a la perfección


Artistas de todas las épocas han sucumbido a la belleza de las plantas. Una de las anécdotas más conocidas, en las que se relaciona la botánica con el arte, la narró en el siglo I el naturalista y escritor romano Plinio el Viejo, en el libro XXXV de su Naturalis Historia. Este cuenta cómo, en el siglo V antes de Cristo, se estableció una disputa por demostrar quién era mejor pintor, si los afamados Parrasio o Zeuxis. Este último “presentó unas uvas pintadas con tanto acierto que unos pájaros se habían acercado volando a la escena”, atraídos por la carnosidad jugosa del racimo, y aquellas aves se convirtieron así en jueces que aprobaron con matrícula de honor el arte de Zeuxis. Pero el veredicto no estaba aún decidido, ya que Parrasio exhibió su cuadro oculto por una tela. Zeuxis, seguro hasta ese momento de su triunfo al haber engañado a los pájaros con su arte, “se apresuró a quitar al fin la tela para mostrar la pintura” de Parrasio, para darse cuenta de su gran error, puesto que la tela estaba pintada. Zeuxis reconoció la victoria sin paliativos de Parrasio, “porque él había engañado a los pájaros, pero Parrasio le había engañado a él, que era artista”, concluye la narración de Plinio el Viejo. Zeuxis no escarmentó después de la derrota, y pintaría un niño con uvas en la mano, racimo que unas aves volvieron a picotear. El lamento de Zeuxis se dejó oír de nuevo: “He pintado las uvas mejor que el niño, pues si hubiese logrado la misma perfección en el niño, los pájaros deberían haber tenido miedo”, concluyó apesadumbrado.
Todo este delicioso relato pone el foco en la maestría absoluta que alcanzaron ciertos pintores que se especializaron en la pintura de plantas. Considerado un género menor, por debajo de las obras consagradas al retrato o al paisaje, el bodegón se veía incluso relegado a un complemento que se insertaba en cuadros narrativos, como si fuera el atrezo de un decorado. Desde las pinturas murales del Antiguo Egipto hasta la Edad Media, muchas escenas se completaban con plantas de todo tipo, que mostraban sus partes más reconocibles, las flores y sus frutos.
Pero cuando el bodegón sacó pecho en el siglo XVI y se estableció de manera independiente, brotó con fuerza en varios puntos de Europa. Pintores flamencos, italianos y españoles establecieron sus preferencias a la hora de plasmar lo efímero de la vida, tomando como protagonistas a las plantas. En cada una de aquellas regiones, una personalidad distinta emergía, desde la sobriedad de muchas naturalezas muertas españolas hasta la abundancia de los bodegones flamencos.

En este devenir botánico, varios pintores desarrollaron una temática específica: las naturalezas muertas florales. Uno de sus máximos exponentes fue Jan Brueghel el Viejo (1568-1625). Nacido en Bruselas, desarrolló la mayor parte de su vida y carrera artística en Amberes, aunque también pasó unos cuantos años en la Italia de finales del XVI. Excelso pintor de paisajes, sin embargo, donde destacó fue al retratar cientos de especies distintas de plantas.
Domaba por igual tanto la belleza de las grandes flores —rosas, claveles y peonías— como de las chiquitas —nomeolvides y alhelíes—, y a todas les dedicaba su buen hacer, hasta la última pincelada, con tal de recrear a la perfección sus colores y formas, con sus estambres, con su polen, sin olvidar detalle alguno. Hasta tal punto era un profesional del retrato de flores que comentaba que estas “deben pintarse de una sola vez, sin dibujos ni bocetos”. “Todas florecen en un plazo de cuatro meses y deben representarse sin adornos y con suma discreción”.

En agosto de 1608, Brueghel menciona en una carta a un cliente la imposibilidad de continuar con una composición de flores: “… no es fácil hacer todo del natural (…). Las flores de este año se han marchitado, debo comenzar el cuadro deseado en primavera, y trabajar en él desde mediados de febrero hasta mediados de agosto, solo para que lo sepa”.
Esta espera no era una costumbre inusual, y se conservan escritos de otros pintores especializados en bodegones florales que debían aguardar a que llegara una nueva floración al año siguiente para poder avanzar con el encargo. Lo que sí era una proeza, y Jan Brueghel era consciente de ella, fue la amplísima variedad de especies y de cultivares distintos que alcanzaron sus composiciones. El mismo artista afirma este punto en una carta enviada al cardenal Federico Borromeo, en Milán: “Creo que nunca se pintaron tantas y tan raras flores, y, además, con tanto esfuerzo”.

Para pintar estas especies, Jan Brueghel el Viejo iba incluso a la búsqueda de algunas concretas que no crecieran en su entorno. “Algunas de las cuales son desconocidas por aquí y nunca se han visto, por lo que fui a Bruselas: para encontrar varias flores que no se encuentran en Amberes y así poder retratarlas del natural”, escribió, con esa reconocible pasión de alguien que hace lo que realmente le gusta.
En España son varias las colecciones que albergan alguna obra de este artista. Quedarse delante de una de ellas, sin prisa alguna, contemplando las pinceladas sutiles y precisas, finas y delicadas, es maravilloso. El bodegón no es solo un retrato de flores, no es algo aburrido, es un acto de amor por lo bello de la vida, por lo real, por lo que merece la pena. Qué diferente que sería el mundo si cada persona transmitiera lo mejor de sí misma, de realizar su trabajo de la mejor forma posible, de esperar pacientemente todo un año para conseguir oler de nuevo el aroma de una flor querida.
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