Trapero, segunda temporada

El ‘major’ de los Mossos d’Esquadra quiere pasar desapercibido en su nueva etapa como jefe y tejer complicidades con el resto de cuerpos policiales

Trapero, en su primera rueda de prensa en su regreso como jefe de los Mossos.ALBERT GARCIA / EL PAÍS

Con ojeras, fumador como nunca, el major Josep Lluís Trapero se volvió a enfundar el jueves su uniforme como jefe de los Mossos d’Esquadra, tres años después de un calvario judicial que ha acabado con su absolución. Uno de los policías más conocidos de España, un sex symbol nacional del que se hicieron camisetas, chocolatinas y tazas, hilvanaba nervioso ante los medios de comunicación un discurso estudiado. Transmitió una idea central: he aprendido de mis errores, que no repetiré, vuelvo sin rencor y dispuesto a tejer complicidades. Se refería a la Policía y la Guardia Civil, que le acusaron sin piedad y le llevaron al banquillo por su papel en el referéndum ilegal del 1-O. En sus silencios, subyacía otra idea: a sus 55 años, y a pesar de todo lo sufrido, los Mossos d’Esquadra siguen siendo casi todo para él.

El regreso de Trapero devuelve a la policía autonómica catalana a la primera línea, después de haberse jugado la existencia del cuerpo en los meses de septiembre y octubre de 2017. Pero no es su intención, aseguran fuentes de su entorno. En esta nueva etapa, quiere pasar desapercibido, alejarse de los medios, que nunca han sido objeto de su devoción. El major defiende que ha crecido personalmente, limado sus asperezas y la desconfianza que le acompañaba, y que está dispuesto a delegar. Algo que algunos miembros de los Mossos, donde sigue teniendo detractores, miran con escepticismo. “Las personas no cambian”, repiten incluso quienes le admiran.

Con una personalidad carismática, el Trapero que dirigió los Mossos entre 2013 y 2017 era duro, poco dado a aceptar las críticas. “He visto a gente temblando en las presentaciones”, recuerda un agente autonómico sobre la opinión crítica del major. “Si le gustaba, te decía que era excelente; pero si no, podías pasarlo mal en una reunión”, añade. A pesar de eso, su regreso se recibe “con esperanza”. “Es un revulsivo, lo mueve todo”, cuenta un mando del cuerpo sobre la mirada ambiciosa que imprime a una policía autonómica que siempre ha perseguido las plenas competencias. “Ahora íbamos a salto de mata”, se quejan, a pesar de que la anterior dirección tiene un proyecto de restructuración que se ha quedado en un cajón.

Ese Trapero que podía llegar a infundir temor ha desaparecido, indican quienes le conocen. “Es más humano en el trato”. Y aseguran que al frente de los Mossos hay una versión mejorada de un mando intuitivo, con una gran capacidad de trabajo. “No se le escapaba una coma, no intentases colársela”, recuerdan sobre el viejo Trapero. En solo 24 horas, ya ha dado instrucciones a los comisarios, que le rinden cuentas desde su nombramiento. “No ha habido un impás”, explican. Sobre todo, les ha pedido que se adelanten a lo que pueda pasar con la crisis que ha generado el coronavirus y los tiempos convulsos que se empiezan a notar en las calles. “Hay que saber lo que tenemos delante y saber interpretarlo”, les dijo a los comisarios del cuerpo sobre las posibles reacciones de una población que está sufriendo las consecuencias del parón económico.

Tampoco queda rastro, dicen, del Trapero que en una época coqueteó con la farándula catalana, y llegó a tocar la guitarra para el expresidente Puigdemont y la periodista Pilar Rahola, entre otros. “Cortó por lo sano”, aseguran. En su comparecencia ante los medios de comunicación, explicó que, antes de aceptar volver, aclaró su postura con el consejero del Interior, Miquel Sàmper: los políticos dirigen a la policía para mejorar la vida del ciudadano, para hacer buena política criminal, pero nada más. “Ahora está aún más claro”, añadió, sobre su papel de garante de la ley. Con la tranquilidad añadida, afirman, de que su modelo de actuación en el referéndum del 1-O fue el adecuado, avalado por la sentencia de la Audiencia Nacional.

Si a algún político se le ocurre insinuarle la posibilidad de celebrar un referéndum, más vale que estén preparados, dicen entre bromas mandos de los Mossos que admiten que “sin él se vive mejor”. No se han olvidado aún las reuniones que convocaba los viernes por la tarde en el complejo central de Egara, en Sabadell, cuando ya no quedaba un alma. Eso, esperan quienes le conocen, cambiará, al menos un poco. El nuevo Trapero quiere compaginar el trabajo con su familia, sobre todo tras ser padre tardío en los tres años que ha estado apartado, centrado en su defensa judicial.

Incompatibilidades

Todavía está pendiente su rediseño de la cúpula policial. La pieza más delicada de encajar es su antecesor en el cargo, Eduard Sallent, que ha sido cesado tras un año y medio para restituir al major. Con trayectorias opuestas —Trapero se ha forjado en el mundo de la investigación, desde abajo hasta la cúpula, y Sallent ha trazado una carrera al margen de la parte operativa—, los más amables definen la relación entre ambos como “incompatible”. Otros hablan de una enemistad cocinada a fuego lento, difícil de reparar.

No cabe duda de que el comisario Ferran López, que formó parte de su anterior cúpula, se integrará también en la nueva. “Es un mando de mi máxima confianza”, dijo Trapero públicamente. Y agradeció el papel de mediador con Madrid que ejerció tras las crisis del referéndum, al asumir la jefatura durante la intervención de la autonomía, y también después. Ambos han vivido juntos el duro proceso judicial del que, según fuentes del cuerpo, ha salido más desgastado López que el propio Trapero.

“Es una etapa de ilusión”, repitió Trapero en su regreso. Algo que sorprende incluso a su entorno. “Yo no habría tardado un segundo en decir 'muchas gracias, se me ha pasado el momento”, dicen. Otros allegados dan una explicación sencilla: Trapero es policía por encima de todo.