Así termina el mundo


La imagen muestra una pasarela en El Bocal, en Santander. Una estructura sencilla, pensada para que los caminantes atravesaran un tramo difícil del paisaje sin peligro.
Si uno se fija bien, percibe una grieta en la roca. Una grieta antigua, seguramente conocida, quizá señalada alguna vez por alguien que dijo “esto habría que mirarlo”. Sobre esa grieta se apoyaba el puente de madera que se vino abajo cuando lo atravesaban, a primeros de marzo, seis chicas y un chico. Solo sobrevivió una de las chicas que logró aferrarse a una roca. El resto se precipitó al mar por la áspera hendedura. ¡Qué horror!
Me vino entonces a la memoria la palabra “mantenimiento”. La escuché por primera vez en boca de mi padre cuando le decía a uno de mis hermanos:
—Comprarse un coche es fácil. Lo caro es el mantenimiento.
El término me abrió una nueva perspectiva existencial. No había que poseer cosas que no fueras capaz de cuidar. Llevado a lo público, no había que inaugurar infraestructuras que quedarían abandonadas tras los discursos y el corte de la cinta. Ni vías ferroviarias ni pantanos ni puertos o aeropuertos ni esculturas al aire libre… Nada, ni siquiera una humilde, casi doméstica, pasarela como la de la foto, cuyo descuido convirtió la grieta que intentaba tapar en una trampa terrorífica. Inaugurar es un mero gesto. Conservar lo inaugurado es una ética. El drama de ese grupo de jóvenes me trae a la memoria aquellos versos de T. S. Eliot: “Así es como termina el mundo: no con una explosión, sino con un gemido”. En este caso, con seis gemidos que aún deberían sonar en la conciencia de alguien.
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