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PAMPLINAS
Columna
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La palabra ensillado

Pasamos a ser personas incompletas. Es duro. Somos, está claro, perdedores, en un mundo que detesta la derrota

Ensillado
KENA BETANCUR (AFP / Getty Image (Afp/AFP via Getty Images)

Ya se perdía: durante siglos se ensillaron caballos, millones de caballos, pero ahora los caballos están cada vez más en las pantallas y menos en las vidas. Así que la enorme mayoría de nosotros nunca ha ensillado, nunca usado ese verbo. Hasta que el verbo se forjó otro sentido. Así son las palabras, las personas: algunas se dejan arrumbar por tanto cambio, otras encuentran algo nuevo que decir. Solo que, activa, se volvió pasiva; ahora los tipos como yo ya no ensillamos: estamos ensillados.

Me ensillaron: la vida me ensilló. Yo, que me creía una especie de yegua sin doma, ahora estoy atado a una silla aproximadamente eléctrica, cuatro ruedas que se volvieron mi única forma de avanzar —y de retroceder: aprendiendo a vivir ensillado.

La vida se nos hace rara. El mundo no es para nosotros: está hecho para las personas que siguen usando sus piernas para desplazarse, un sistema primitivo, claramente animal que, como tantos, parece razonable. Y, en cierto punto, lo es: caminar, después de los dos años, no merece atención. Un niño aprende —es un rito de pasaje: “¿ya camina?”— y después se olvida. Las personas piensan sin pensarlo que deben adelantar un pie y lo adelantan, después el otro y también, después el otro. Lo hacen como si no lo hicieran: con la facilidad de lo impensado.

Nosotros los ensillados, en cambio, por distintas razones, no lo hacemos: ya no sabemos cómo hacerlo. O, quizá: lo sabemos con un saber que se quedó caduco. Yo sé qué hacer, qué órdenes dar, qué actitud adoptar para que mis piernas caminen —solo que, cuando lo hago, no caminan: mi saber ya no sabe hacer lo que sabía. No me lleva.

Es raro cuando pierdes algo que no sabías que tenías: cuando eso que dabas por supuesto deja de estar ahí. Y, por supuesto, empiezas a darte cuenta del complejo privilegio de poder desplazarte —cuando ya no lo tienes. La metáfora es fácil y barata.

Entonces te entregas a las máquinas: otra metáfora de cuarta. El cuerpo ya no alcanza: lo sustituyen aparatos. Así, cambiamos de categoría: pasamos a ser personas incompletas. Es duro ser personas incompletas. Somos, está claro, perdedores, en un mundo que detesta la derrota. Hemos perdido uno de los privilegios básicos de nuestra cultura: ya no somos autosuficientes. Dependemos, para muchas cosas, de otros, de los otros.

La vida se ve distinta desde abajo, desde la compasión de los demás. Tantos quieren ayudarnos. Es entrañable que quieran ayudarnos. Es insoportable que quieran ayudarnos: que den por sentado que no somos capaces de hacer solos prácticamente nada —y se ofrezcan, atentos, generosos, a hacerlo con nosotros, por nosotros. Ellos saben lo que nos conviene. Perder el movimiento de dos o tres piernas o brazos equivale, en el consenso general, a perder la capacidad de decidir. Si supieran lo desesperante, lo humillante que es que no te dejen hacer siquiera esas cosas que todavía te las arreglas para hacer. Me gustaría andar con un cartel que dijera “Muchas, muchas gracias. Cuando necesite ayuda te la pido”.

Pero sé que no debo. Y, en cualquier caso, somos víctimas, la condición más respetada: despertamos simpatías verdaderas. Los ensillados somos muchos y pocos: unos 500.000 en toda España. Hay, por supuesto, diferencias, ensillados más ricos y más pobres. Mi silla es un alarde de la técnica: se mueve sola —con un motor y un palito de gozo—, dobla, sube, corre, casi vuela; lo único que no hace es caminar. Pero tantos no las tienen. No es lo mismo andar en una silla manual con la fuerza de tus brazos que en una silla manual con alguien que te empuje que en una silla eléctrica: son tres maneras de la invalidez.

Aunque todos nos reunimos en algo más decisivo: somos ensillados. Me repica aquella frase del gran Monterroso: “Los enanos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse entre sí”. Nosotros, los ensillados, lo tenemos. Nos reconocemos a primera vista, formamos una secreta cofradía. Cuando te cruzas con otro no sabes por qué está ahí, por qué está así, pero te sientes solidario, parte de lo mismo. No nos unen las causas sino las consecuencias.

En tiempos de identidades esenciales, esta no es una identidad natural sino adquirida: nadie nace ensillado, es algo que va trayendo el tiempo, la mala suerte, la buena suerte, esa ignorancia que llamamos destino. Pero sí, nos saludamos, nos sonreímos, sabemos que sabemos y que los otros, pobres caminantes, ignoran casi todo. Las sectas, los sectarios, somos así de vanos.

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