MANERAS DE VIVIR
Columna
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Tampoco es para tanto

En el machismo nos educan a todos, lo que incluye a todas, y el sesgo ideológico provoca una ceguera terrible

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PAU BARRENA (AFP / Getty Images)

Creo que esta sociedad no se merecía tener que pasar por la caspa inmensa y recalcitrante del asunto Rubiales, semana tras semana haciendo el ridículo y ofreciendo al mundo una imagen grotesca de España. Pero hoy he empezado a pensar que, después de todo, la interminable duración del escándalo nos ha permitido airear los rincones más rancios, como quien descose los bajos de un viejo pantalón y descubre que el dobladillo está lleno de pelusas de tiranosaurio.

Y una de las últimas covachas sexistas de nuestra sociedad es sin duda la del mundo futbolístico, como lo demuestra la Real Federación Española de Fútbol, conformada por 19 presidentes territoriales, tooooodos hombres. La foto de esos 19 varones sentados en torno a una mesa para decidir sobre Rubiales es de las instantáneas más petardas que he visto en mucho tiempo, porque la vida ya no es así, esto es, ya casi no quedan reductos de puros machos en las sociedades medianamente civilizadas. Otro ejemplo de mugre: los excesos del anterior seleccionador de fútbol femenino, Ignacio Quereda, que atormentó a varias generaciones de deportistas. En fin, ¡cuántos Rubiales debe de haber por ahí que no se ven!, como señaló la estupenda Najat el Hachmi en un artículo en EL PAÍS.

El dilatado enroque rubialesco nos ha permitido ver los apoyos que ha recibido y los argumentos utilizados. Me refiero a esas viejas monsergas del “tampoco es para tanto” o “se lo tomaron bien y hacían bromas sobre ello”. En efecto, que un baboso te plante un beso en los morros sin que tú quieras no es ni mucho menos tan grave como ser violada y degollada en un callejón. Pero, por muy distantes que estén, ambas cosas forman parte de un mismo marco de valores. De una sociedad en la que las mujeres no tienen el mismo derecho sobre su vida y su cuerpo que los hombres. Y en ese mundo hemos sido educadas todas; en diferentes generaciones y diferentes niveles, se nos ha enseñado a tener tragaderas, a aceptar su dominio, a intentar hacer bromas en el autobús en vez de amargarte la vida por la humillación que sientes, o en lugar de darle un puñetazo al agresor (una respuesta que hasta ayer mismo nadie hubiera entendido y desde luego con nefastas consecuencias para la osada). Ya conté alguna vez que desde los 10 años hasta los 17 yo cogía el metro cuatro veces al día, sola, para ir al instituto: eran siete estaciones. Y no creo que pasara ni un solo día sin que un desgraciado se frotara contra mí o me tocara el culo, sobre todo cuando era más pequeña, hasta los 14 o 15 años. A mí y a todas mis amigas. Una vez, teníamos 11 años, una de ellas protestó, y el hombre le pegó un bofetón. Nadie nos defendió. La vida era así, eso era lo normal: éramos gacelas en un mundo de hienas. Y el entorno nos decía que aquello tampoco era para tanto. Algunas madres enseñaban a sus hijas a llevar alfileres para pinchar a esos cerdos (no fue mi caso, lo supe luego), y en conjunto te las arreglabas para seguir viviendo. Como se las han arreglado los esclavos o los prisioneros. Somos animales adaptativos. Pero se diría que ya va siendo hora de acabar con esto.

Ahora bien, hay otro aspecto del tema que me parece crucial. En estos días he visto en redes un vídeo en el que Lady Gaga pasa ante una multitud y hay una manifestante con tremenda pinta conservadora sosteniendo un cartel que dice: “Irás al infierno”. La cantante la deja atrás, pero luego regresa, le planta un ardiente beso en la boca y dictamina: “Y tú irás conmigo”. El vídeo se tuiteaba sin comentarios, supongo que en apoyo a Rubiales y en realidad mintiendo, porque luego me enteré de que no era real, sino la escena de una película. Pero el caso es que cuando yo lo vi, ignorando su falsedad, de primeras me hizo gracia. E incluso (porque la actriz se queda como embelesada) pensé con regocijo que Lady Gaga había liberado a esa reprimida. Tales ideas duraron unos segundos, hasta que caí del guindo y comprendí que se trataba de un abuso. De una infamia parecida a la de aquellos que, en la Transición, se reían del gustito de las monjas violadas en la guerra (el chiste de las monjas se lo he escuchado a más de un humorista). Quiero decir que en el machismo nos educan a todos, lo que incluye a todas, y que el sesgo ideológico provoca en el ser humano una ceguera terrible. O sea: acabemos con todo esto, pero en serio.

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