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Crónica
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Un caso de adulterio desata la polémica en la Iglesia de Suecia

La decisión de expulsar de la vida eclesiástica a un prelado que mantuvo una relación extraconyugal provoca una dura controversia.

El obispo sueco Thomas Petersson, fotografiado en 2018.
El obispo sueco Thomas Petersson, fotografiado en 2018.Magnus Aronson /Ikon

La Iglesia evangélica luterana de Suecia, mayoritaria en el país, con 5,8 millones de fieles, vive tiempos agitados después de verse obligada a colocar a un obispo emérito al frente de la diócesis de Visby, en la isla de Gotland, tras echar al titular de la sede en medio de un embarazoso escándalo. Thomas Petersson, de 53 años, ordenado sacerdote en 1992, fue despojado de su ministerio por mantener una relación extraconyugal, que duró dos años, con una subordinada de la diócesis. La decisión la tomó en febrero la Comisión Disciplinaria de los Obispos, ante la que habían denunciado el caso meses antes siete pastores de la diócesis de Visby, a los que se sumó el propio interesado, urgido por la jefa de la Iglesia sueca, la arzobispa Antje Jackelén. La comisión, integrada por cuatro personas, religiosas y laicas, consideró que el obispo había roto los votos hechos al ser consagrado, “dañando su reputación y la credibilidad de los sacerdotes”, “causando considerable perjuicio a la Iglesia”.

La relación extraconyugal de Petersson era, al parecer, la comidilla de la isla de Gotland. El exobispo ha reconocido que se equivocó en “la forma de manejar la situación”. Y en declaraciones al diario religioso Kyrkans Tidning, se lamentaba de no poder ejercer el sacerdocio, “la única profesión que tengo”. La expulsión de un obispo es un hecho excepcional. La última se produjo en 1954 (por un supuesto caso de difamación que luego se reveló falso), cuando la Iglesia sueca estaba ligada al Estado, del que se separó en el año 2000. Pero no es esa la razón de que el cese de Petersson haya sido polémico. “La sociedad sueca no ha entendido la decisión porque, aunque la infidelidad sea moralmente condenable, no es causa de despido en ningún trabajo”, señala por correo electrónico Martin Berntson, catedrático de Estudios Religiosos y Teología de la Universidad de Gotemburgo. “Y es que en el debate se ha equiparado el oficio episcopal a cualquier otro empleo de la sociedad. Lo que dice la Iglesia, sin embargo, es que no es un empleo ‘normal”.

Dado el pedigrí progresista de la Iglesia sueca, que abrió el sacerdocio a las mujeres en 1958, y admite en su clero a personas de diversa orientación sexual, a mucha gente le resulta asombroso que haya desautorizado a un prelado por un caso de sexo consentido. De “sorprendente intolerancia”, lo ha calificado en las páginas del diario Dagens Nyheter, el de mayor difusión del país, el expolítico sueco Ulf Dahlsten, hijo de un pastor luterano. La jefa de la Iglesia sueca ha insistido en que Petersson no ha sido expulsado por adulterio, sino por la forma en la que “ha manejado las consecuencias de una larga relación con una empleada de la diócesis”.

Solo los interesados saben lo que significa exactamente esa frase, porque la institución ha sido sumamente discreta con los detalles del caso. ­Jackelén defiende que hay que exigir a los obispos que se tomen muy en serio los votos que hicieron al consagrarse. Entre los que no se encuentra, por cierto, el de castidad. “Pero sí pronuncian otros votos relacionados con ‘la conducta moral más elevada’ que se espera de un servidor de la Iglesia”, señala un portavoz de esta. Ser obispo implica además dar ejemplo a sacerdotes y diáconos, a costa de renunciar a una verdadera vida privada. De haber sido un simple sacerdote, la falta de Petersson se habría saldado con “una amonestación, y un periodo de prueba”, apunta Berntson. “Pero esas reglas no son de aplicación a los obispos”.

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