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Crónica
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Asturiana de Minas: una fantástica aventura

La Real Compañía fundada en 1833 revive en una novela y en el archivo histórico de Asturiana de Zinc, su empresa sucesora.

Cámaras de plomo de la antigua Real Compañía Asturiana de Minas, hacia 1853.
Cámaras de plomo de la antigua Real Compañía Asturiana de Minas, hacia 1853.Archivo histórico de Asturiana de Zinc

El tiempo lo ha cambiado todo. Los salarios se cobran en euros y no en maravedíes o reales de vellón. La fábrica ya no está en Arnao, sino en San Juan de Nieva. El zinc se produce ahora por electrolisis, y el mineral no viene de la mina cántabra de Riocín, sino de Canadá y Australia. Cambios que no rompen el hilo conductor que une a la antigua Real Compañía Asturiana de Minas (RCAM), con Asturiana de Zinc, SA (AZSA), su sucesora. Algo que se percibe en el extraordinario archivo histórico de esta última. En un mundo que idolatra lo nuevo y mira lo viejo con conmiseración, maravilla que se haya podido conservar casi intacta, desde 1833, la huella de la actividad ininterrumpida de una empresa y su continuadora.

“El archivo de AZSA es una ventana al pasado. Uno puede mirar lo que quiera con el detalle que quiera”, cuenta por teléfono Alfonso García Rodríguez, que participó en su creación en 1997 y se encarga de él desde entonces. Un legado que permite sumergirse en la historia de una compañía creada con privilegio real, para explotar las minas de carbón de Arnao (Asturias), en 1833, año de la muerte de Fernando VII. De capital hispano-belga, queda en 1853 en manos exclusivamente belgas, y los nuevos dueños amplían su actividad con una fábrica de zinc en la misma localidad asturiana, que se convertirá en la más importante de Europa. Su historia ha inspirado a Caroline Lamarche, heredera de la familia propietaria, una novela, L’Asturienne, recién editada en francés. Un relato de ficción atravesado por los acontecimientos del siglo belga de la empresa (1853-1956) que, según contaba la autora a Le Monde, ha reconstruido gracias al archivo paterno y al valiosísimo material del de AZSA.

Cartas internas, correspondencia con clientes, documentación administrativa, hojas de jornales; de todo da cuenta el archivo —que llega hasta la década de 1980— en sus más de 1.000 metros cuadrados de estanterías, a lo que hay que sumar herramientas y máquinas. Uno de los primeros apuntes que se conservan, del 27 de noviembre de 1833, hace referencia a un ingeniero belga, “D. Armando Nagel”, quien, en unas hojas sueltas, deja constancia en francés del pago de 12 reales de vellón a unos obreros. Eran los sueldos de la época, a juzgar por las hojas de jornales que nos han llegado hasta hoy. “El maestro cobraba 84 reales a la semana; el herrero, 44 reales; el encargado de los bueyes, 33 reales, y los peones, una media de 9 reales”, cuenta García Rodríguez. Podrían escogerse otros detalles de un ingente material que ofrece testimonios también de la vida de este valle asturiano. “La gente vivía en las casas de la fábrica; los hijos iban a las escuelas de la fábrica, y se curaban en su hospital. Había también un equipo de fútbol, transporte y economato. Y se estudiaba francés”, relata el responsable del archivo.

Al siglo belga de la Asturiana le sucede un cambio de propiedad y de nombre. Asturiana de Zinc, SA surge en 1956, con capital español. Controlada hoy por la multinacional Glencore, es, según García Rodríguez, “la joya de la corona del grupo en cuanto a producción de zinc”. Y la promotora del archivo, una parte importante del que se encontraba, bien preservado, en 204 grandes cajas de zinc. No ocurrió lo mismo con el material gráfico. Solo han sobrevivido tres fotos del siglo XIX y 35 del XX anteriores a 1940. Pérdida que no compromete el valor de un legado donde palpita la historia de una empresa y la de sus trabajadores.

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