Carta blancaColumna
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Querida Martina, querida editora

Le gustaba a Carmen Laforet bromear con estas cosas tan serias. Por ejemplo, los duendes… ¿Tú crees en ellos?

La escritora Carmen Laforet con sus hijos en Barcelona en 1966.
La escritora Carmen Laforet con sus hijos en Barcelona en 1966.Gianni Ferrari / GETTY IMAGES
Agustín Cerezales Laforet

Dices que me notaste melancólico, y si no será por el centenario de Carmen Laforet, de mi madre. Tantos recuerdos… No sé qué decirte; a lo mejor estaba melancólico pero por otros motivos; los hay de sobra, en el mundo que hoy vivimos. En relación con el centenario, te hablaré de algo más concreto, de una imagen que me vino el otro día, por asociación de ideas: una escena de Mamá cumple cien años, la película de Saura, en la que aparece Florinda Chico con un historiado camisón, oronda, pícara y feliz, en una aristocrática cama con dosel, almohadones y bordados, gobernando el desconcierto de sus familiares.

No sé si mi madre vio esa película pero sí que se hubiera reído, como se reía cuando contaba lo que le había sucedido a ella misma una mañana, al despertar y encontrarse con que sus manos no eran sus manos sino unas manos regordetas y sensuales, enjoyadas, que emergían de unos puños de encaje y se alargaban hasta una bandeja de plata, que alguien le ofrecía, para escoger un delicioso bombón de chocolate y llevárselo a la boca… Al comprender que se trataba de una reminiscencia reencarnatoria, que ella había sido en otra vida nada menos que Isabel II, concibió ya para siempre, según contaba, una viva simpatía hacia la reina castiza, tan maltratada por las malas lenguas.

Le gustaba a Carmen bromear con estas cosas tan serias. Por ejemplo, los duendes… ¿Tú crees en ellos? Uno de los últimos artículos publicado por Carmen Laforet, precisamente en EL PAÍS, se titulaba así: Otoño y duendes. A él te remito. El escenario inicial son los jardines de Aranjuez en otoño, e incluso aparezco yo fugazmente, de niño, jugando con las hojas secas. Recuerdo aquellos días, y también los faisanes que asomaban y desaparecían repentinamente, con paso vivo, cruzando los parterres. Pues bien: ayer, en Ribadeo, en la librería Vivín, encontré una novela de mi admirado Francisco Solano. La compré, pese al título terrible (Tambores de ejecución), y por la noche, al llegar a la página 75, me encontré con esto: “… escribí en el duermevela del hospital, en una página de Nada, de Carmen Laforet, esta frase incomprensible: ‘El dolor es un faisán”.

Esa frase incomprensible, ¿por qué se me ha antojado exacta, por qué he pensado que no podía haber sido escrita sino en un ejemplar de Nada, tanto si fue inspirada por esta novela como si no? ¿Qué duende nos la sopló al oído?

Una cosa sí puedo afirmar: Carmen Laforet se declaraba firmemente antinostálgica. Yo lo entiendo en consonancia con su no menos firme, perenne curiosidad por lo que la vida pudiera depararle, a cada vuelta de la esquina. Quisiera seguir su ejemplo. A lo mejor lo que tú notaste era sólo eso, el otoño que viene, que ya va viniendo, que aún no ha llegado…

Ya me dirás si esto responde a tu pregunta.

Con todo mi afecto.

Agustín Cerezales Laforet publicará el 22 de septiembre El libro de Carmen Laforet (Destino).



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