Alderney no es Cicely
En esta pequeña isla en el canal de la Mancha las pacíficas rutinas de tomarse una pinta en el ‘pub’ mientras suenan ukeleles de fondo parecen la norma. Pero hay un pasado que incomoda a sus 2.000 vecinos: durante la ocupación nazi este paraíso fue un infierno

Cuando salgo de mi habitación en The Georgian House y bajo al bar que hay en la primera planta, me encuentro con un grupo de ancianos tocando el ukelele. Entonan una canción que no conozco, pero me da buen rollo, transmite una felicidad tranquila. Sin prisas. Salgo a la calle principal de Saint Anne, Victoria Street. Apenas si hay gente, aunque sean las siete de la tarde de un día de finales de julio. Luce el sol. En la acera de enfrente hay un local con una amplia cristalera. Es Riduna Radio, la emisora local. Dentro, en el estudio, veo a un locutor que debe rondar los 60 años rodeado de discos. La estampa me remite de inmediato al mítico Cicely, el pueblecito donde se ambientaba Doctor en Alaska. Paseo hasta Coronation Inn, uno de los dos pubs que hay en la ciudad, para tomarme una pinta. No hay música dentro. Unos jóvenes trajeados beben en la barra, en las mesas hay tres grupos de personas, parecen familias. Una mujer ya madura, con aire hippy, está haciendo un quiz. Lanza preguntas que todos los parroquianos escuchan y discuten en voz baja para anotar después las respuestas en unos cartoncitos. No sé qué premio se llevará el que más acierte, puede que ninguno más allá de la felicitación de sus vecinos. Yo me tomo mi cerveza en silencio.
Esta secuencia de situaciones puede que no tenga nada de especial. Lo extraño del asunto es que cuando hago mi segundo viaje a esta isla, meses después, todo se repite con extraña precisión: al salir del hotel, veo al grupo tocando el ukelele, al locutor hablando en la radio, a la mujer haciendo el juego de preguntas y respuestas con sus vecinos en el pub. Es como si hubiera despertado en Punxsutawney, el pueblo donde se ambienta Atrapado en el tiempo. Pero no es así: esto es Alderney, una pequeña isla en el canal de la Mancha, apenas ocho kilómetros cuadrados, un lugar donde esta rutina pacífica parece ser la norma.
Es curioso cómo la ficción me ha llevado a lugares que jamás me habría planteado como destino turístico. En esta ocasión, mientras escribía El esplendor y empujaba a mis personajes a enredarse con los paraísos fiscales de las islas del canal, me encontré con Alderney, con su pasado, que me contaba una historia que yo desconocía y que encajaba a la perfección con la trama que estaba construyendo. Después de documentarme, decidí pisar la isla para ser lo más fiel posible a la atmósfera del lugar.
El viaje no es sencillo. Un vuelo hasta Londres, otro hasta la isla de Guernsey y, luego, el trayecto final hasta Alderney, que se puede hacer en una pequeña avioneta o en ferri (que, en realidad, es un barquito de pescadores). Tampoco hay mucho alojamiento donde escoger: en las dos ocasiones que estuve me quedé en The Georgian House, un edificio del siglo XIX cuyas habitaciones están muy bien acondicionadas, además de ser el mejor sitio para comer de Alderney.
Todo es muy familiar: las mermeladas las hace una vecina, la carne viene de la Kiln Farm de la isla. De hecho, en un recorrido que hago con Michelle, un taxista, me va enseñando de dónde obtienen todo: las gallinas, las patatas, la granja de cerdos (en la isla, todo el mundo sabe cuándo ha nacido un lechón, puede que incluso salga la noticia en el periódico local). Es la primera imagen que uno captura de Alderney: la paz, la sencillez de unas gentes que parecen estar atascadas décadas atrás en el tiempo, un lugar donde todo el mundo se saluda al cruzarse en la calle; son apenas 2.000 habitantes.
El paisaje tiene algo de paradisiaco: enormes playas de arena blanca lamidas por el Atlántico, fortalezas victorianas del siglo XIX, algunas en ruinas, otras adaptadas como viviendas privadas. Hay un total de 15. Hermosos acantilados con vistas al océano. Y una presencia constante: la de los frailecillos que vienen a la cercana isla de Burhou en marzo. Hay frailecillos encantadores por todas partes: en tazas, colgantes, manteles… El ave es el símbolo de Alderney.
Sin embargo, cuando uno empieza a rascar la superficie, va descubriendo otras capas. La primera, al ver frente a la Corte de Alderney, algo así como su ayuntamiento, la Comisión de Control de Juego. Y es que en esta isla están radicadas más de 500 empresas de casinos online. La opacidad fiscal y las facilidades que dan para conceder el sello de calidad puede que sean las razones que atraen a tantos negocios de juego.
Pero no es el dinero que corre (y no se queda) por los trusts que abundan en todas las islas lo que más llama la atención. Lo que te golpea al recorrer Alderney es su pasado, una historia con la que, por lo que he notado, no se sienten muy cómodos. Siempre hay cierta cautela cuando un extranjero como yo les pregunta por ese pasado. Suelen poner reticencias a la hora de llevarte a algunos lugares. Posiblemente, el que más intentan evitar sea el descampado donde se levantó Lager-Sylt, el campo de concentración nazi que hubo en Alderney —el único en suelo británico— dirigido por las SS durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy solo quedan dos postes de ladrillo, pero da la sensación de que sigue latiendo allí todo el dolor que un día albergó.

Ese pasado fue lo que captó mi atención. Durante la guerra, Alemania ocupó las islas del canal y en Alderney se levantaron cuatro campos de prisioneros, uno de ellos dirigido por las SS, aunque la realidad es que toda la isla se convirtió en un enorme campo plagado de minas y alambradas. De muerte. Allí fueron a parar presos franceses y rusos y judíos. Se estima que, al menos, 300 españoles también pasaron por allí. Desde 1941 hasta 1945, porque Alderney no fue liberada hasta una semana después de que cayera Berlín. ¿Y qué pasó en esos años de ocupación? Nunca hubo guerra, pero sí una labor de “exterminio mediante el trabajo”.
Los presos construían lo que Hitler llamó el Muro Atlántico, una fortificación defensiva frente a Inglaterra. El resultado está a plena luz hoy: al recorrer Alderney, uno la encuentra plagada de hormigón. Hay torres de vigilancia, búnkeres, trincheras, puestos de artillería, muros antitanques en las playas, cada una de las fortalezas victorianas fue remodelada con el hormigón nazi, con la mano de obra de miles de presos que terminaron sus vidas en la isla, porque, a lo largo de la ocupación, la muerte fue una constante. Durante mucho tiempo se estableció el número de víctimas en unas 400, se contó que la ocupación había sido modélica, y no fue hasta los años ochenta cuando se empezó a descubrir la verdad. El infierno que había sido la isla, que no en vano era conocida como Adolf Island. Se ha conseguido dar nombre y apellidos a unas 1.000 víctimas, pero el número podría ascender hasta las 10.000, y algunos dicen que muchas más. Ha pasado tanto tiempo que es difícil saber la verdad. Allí no había hornos crematorios ni cámaras de gas, pero tampoco los necesitaban: arrojaban los cuerpos al mar. ¿Cómo saber quiénes murieron?
Quiero pensar que no es tan fácil eliminar el pasado. Que, a pesar de que resulte incómodo, permanece, como han permanecido las estructuras de hormigón en la isla. Nuestra labor quizá sea recordarlo, dar, en la medida de nuestras posibilidades, voz a todos aquellos que la perdieron. También a aquellos que duermen en las aguas que se estrellan contra los acantilados de la pacífica Alderney.
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