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Ahí va un optimista

El conflicto ha llegado en 2020 y es lo que Norman Foster sostiene que tenía que ocurrir para que las ideas sobre salud, diversidad y sostenibilidad que lleva 60 años aplicando a sus proyectos dejen de ser potestad exclusiva de cierta élite empresarial

Norman Foster, o Lord Norman Foster of Thames Bank, en 1974. Ya entonces era un pionero de la sostenibilidad y ya entonces, como vemos, era elegante hasta en la obra.
Norman Foster, o Lord Norman Foster of Thames Bank, en 1974. Ya entonces era un pionero de la sostenibilidad y ya entonces, como vemos, era elegante hasta en la obra. Foto: Getty

Yo quería ser arquitecto hasta que el jefe de estudios de mi colegio me llamó a su despacho y me invitó amablemente a que descartara la idea. Cualquier asignatura que implicara números, lógica o, aún peor, las dos, se me daba rematadamente mal. Aquello era un hecho y yo lo sabía, así que obedecí y ahora nunca sabremos cómo habrían sido mis chalés adosados, mis coquetas reformas o mis auditorios. Y mira que crecí con un arquitecto. Mi padrino estudió la carrera en casa de mis padres y yo pasaba mucho tiempo ayudándole: una vez pinté con un rotulador verde un caminito que salía de la puerta del museo que él acababa de terminar de dibujar y bajaba alegremente por la colina donde se erigía el edificio. Un alzado en el que el pobre llevaba una semana trabajando.

Seguramente soy un arquitecto frustrado. No me pesa. Lo trágico habría sido que Norman Foster, cuando le negaron una beca para estudiar arquitectura en la universidad de Manchester y, a cambio, le ofrecieron otra para la escuela de arte, hubiera aceptado el trato. El documental ¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster? muestra el humilde barrio donde nació nuestro hombre de portada. Desde su cuarto se veían las casas de enfrente, amplias y rodeadas de árboles. Superar la brecha de clase fue el combustible. Su talento para el dibujo, la ética del trabajo que heredó de sus padres y un decidido amor por la arquitectura, incluso antes de saber qué era realmente, hicieron el resto. Y el resto es historia.

“No es cuestión de dinero, sino de actitud”, insiste el inglés, que hacía arquitectura verde mucho antes de que esa palabra significara ecología

Hace tres años, la Fundación Norman Foster desembarcó en Madrid y, para celebrarlo, convocó a 1.500 invitados, entre los cuales tuve la suerte de contarme, a un foro de un día en el Teatro Real. Se llamaba The future is now (el futuro es ahora). La selección de ponentes era bastante impresionante. Estaban, entre otros, los diseñadores Patricia Urquiola, Marc Newson y Jony Ive, director creativo de Apple (y autor, he de confesarlo, de todos los cacharros que tengo ahora mismo sobre la mesa), el arquitecto pritzker Alejandro Aravena, Nicolas Negroponte, director del MIT, y el propio Foster. Inauguró el evento Manuela Carmena, por entonces alcaldesa. Eran tiempos más optimistas y se habló sobre el futuro del mundo, eminentemente urbano y tecnológico, pero no necesariamente trágico. También se habló de creatividad. De inteligencia artificial. De ambos combinados: “No pensemos en qué se puede hacer con un huevo sino en qué se puede hacer con una tortilla francesa”, llegó a decir Negroponte. Y, justo cuando el design thinking alcanzaba un nivel de alegría insoportable, el historiador Niall Ferguson echó el freno: “Permitan que les recuerde a los tecnooptimistas aquí presentes de lo que un huevo es capaz: han estrellado uno contra nuestro Tesla”. Y advirtió, como subrayando lo cómodos que estábamos en esa sala en aquel momento: “Las grandes innovaciones del siglo pasado nacieron del conflicto”.

Pues bien, el conflicto ha llegado en 2020. Es lo que Foster sostiene que tenía que ocurrir para que, a pesar de la tragedia, las ideas sobre salud, diversidad y sostenibilidad que lleva 60 años aplicando a sus proyectos dejen de ser potestad exclusiva de cierta élite empresarial. “No es cuestión de dinero, sino de actitud”, insiste el inglés, que hacía arquitectura verde mucho antes de que esa palabra significara ecología. Algunos lo tachan de iluso. Cubrir un edificio gubernamental con una bellísima cúpula de vidrio no hace que el proceder de ese gobierno sea ni más bonito ni más transparente, por sólida que sea la fe en la democracia del arquitecto, dicen. Y tienen razón, pero debemos creer que por algo se empieza.

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