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TRIBUNA i

La covid-19 y la Agenda 2030: completando carencias

Interpretar la pandemia como un imprevisto y molesto accidente, un paréntesis que ha de cerrarse cuanto antes para retomar la ruta previamente marcada, supone renunciar a extraer aprendizajes

Imagen creada por Samuel Rodríguez.para la campaña de sensibilización de Naciones Unidas para ayudar a detener la propagación de la covid-19 (Unsplash).
Imagen creada por Samuel Rodríguez.para la campaña de sensibilización de Naciones Unidas para ayudar a detener la propagación de la covid-19 (Unsplash).

En septiembre de 2015, hace casi ya cinco años, la comunidad internacional suscribía la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible: un programa de acción ambicioso al que se llegaba después de complejas negociaciones. La Agenda asumía el carácter multidimensional del desarrollo e integraba entre sus objetivos no solo logros económicos y sociales, de lucha contra la pobreza en todas sus facetas, sino también otras dimensiones inmateriales del progreso (relacionadas con la igualdad, la paz y los derechos de las personas), así como un compacto bloque de objetivos relacionados con la sostenibilidad ambiental.

Así planteada, la Agenda interpelaba al conjunto de los países, con indiferencia de su nivel de renta, al tiempo que demandaba una mejor provisión de aquellos bienes públicos internacionales requeridos para asegurar el progreso compartido. Se rompía así con la pretérita división entre Norte y Sur, entre países desarrollados y en desarrollo, y se definía un cuadro de propósitos comunes hacia los que alinear esfuerzos transformadores de sociedades y gobiernos.

Respecto a la anterior Agenda del Milenio, la de 2030 se revela como más compleja y difícil de trasladar a la ciudadanía. Pero de su oportunidad da cuenta el hecho de que haya movilizado, como ninguna otra precedente, la voluntad de administraciones, empresas y actores sociales en distintos países del mundo. En España, nuestro Gobierno la ha tomado como referente para la acción pública y seña de identidad de sus compromisos internacionales. Pero, la adhesión a la Agenda alcanza también a gobiernos autónomos, ayuntamientos, empresas, universidades y asociaciones de diverso tipo en todo el territorio español, que han revisado sus planteamientos estratégicos a la luz de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

En la materialización de esa Agenda estábamos cuando nos sorprendió, con todo su dramatismo, la crisis de la covid-19. La severidad de los efectos de la covid-19 hizo que la atención, los recursos y las energías sociales se desplazaran hacia la contención de la pandemia, primero, y a restaurar la vida colectiva y la actividad económica, después. Claramente, la Agenda 2030 no había sido definida para afrontar una situación de emergencia como la vivida, como consecuencia pasó a ser progresivamente orillada en el marco de las prioridades colectivas.

Ese desplazamiento ha suscitado la preocupación de cuantos piensan que lo urgente no puede hacer olvidar lo necesario. Por ello se demanda, que una vez que se superen las manifestaciones más severas de la crisis sanitaria, se retome la Agenda 2030 como hoja de ruta para los esfuerzos de reconstrucción y transformación posterior. Y se afirma, con acierto, que el mundo al que remite la plena realización de la Agenda 2030 estaría mejor equipado para prevenir y en su caso afrontar crisis sistémicas como la que estamos sufriendo.

Sin negar el argumento, cabría preguntarse si la propia emergencia de la crisis no nos obliga a revisar la Agenda. La omisión que esa Agenda hace de los riesgos asociados a crisis sistémicas de diverso tipo constituye, en sí misma, una carencia que debiera corregirse. Interpretar la covid-19 como un imprevisto y molesto accidente, un paréntesis que ha de cerrarse cuanto antes para retomar la ruta previamente marcada, supone renunciar a extraer aprendizajes de lo sucedido. Pareciera más razonable aprovechar la situación para dar respuesta a las carencias detectadas en la Agenda 2030 de modo que se puedan aminorar riesgos similares en el futuro.

Lo urgente no puede hacer olvidar lo necesario

De entre los factores que requieren mayor atención, tres parecen especialmente relevantes. El primero alude a la necesaria mejora del tratamiento que la Agenda 2030 otorga a los riesgos de diverso tipo que emanan de la de interdependencia global. En el fondo, la Agenda 2030 se acordó suponiendo que el mundo se encaminaba a una senda de progreso similar a la vivida en los tres lustros precedentes. No se tuvieron en cuenta las advertencias que habían supuesto el SARS (severe acute respiratory syndrome), en 2002, o la pandemia H1N1, generada por el Influenzavirus A, en 2009. El Marco de Sendai para la Reducción de Desastres, aprobado también en 2015, supone un contrapunto a lo dicho, pero claramente insuficiente por el tratamiento parcial que hace de las potenciales crisis (referidos fundamentalmente a catástrofes naturales).

La infravaloración de los riesgos no debe sorprendernos, constituye un sesgo habitual de la conducta humana. El psicólogo y premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, lo denominó el efecto certidumbre: las personas tendemos a subestimar lo que es solo probable y esa subestimación se acentúa cuando los efectos del evento se posponen en el tiempo. La consecuencia es que sub-invertimos en este campo: Naciones Unidas confirma que los recursos dedicados a la prevención de crisis son 20 veces menores a los destinados a las emergencias humanitarias que resultan de esas crisis. Sin embargo, los estudios son contundentes al confirmar la rentabilidad de los recursos dedicados al análisis y gestión de riesgos, pero es difícil para los gestores demostrar la oportunidad de invertir en evitar que suceda aquello que de todos modos no estamos seguros que vaya a suceder. La Agenda 2030 peca de este mismo sesgo, que es necesario corregir si no se quiere que el progreso compartido sea amenazado por nuevas interrupciones (de origen sanitario o no).

La crisis nos ha revelado la enorme potencialidad de las nuevas tecnologías no solo para la comunicación, sino también para explorar nuevos modelos de provisión de servicios y realización de tareas

Un segundo factor que requiere atención es cómo responder a una nueva tipología de crisis que son no solo globales, sino también simultáneas. Las crisis precedentes no lo eran porque o bien estaban localizadas o bien eran asimétricas, afectando a unos países, pero no a otros. La respuesta a crisis asimétricas es sencilla: consiste en hacer que los países no afectados apoyen a quienes lo están. La crisis financiera de 2008 respondía a este modelo, con países acreedores que disponían de márgenes amplios de actuación y países deudores, que no los tenían. La crisis actual, sin embargo, es no solo global, sino que afecta a todos al tiempo. En estos casos, en medio de la tormenta existen limitados incentivos a una respuesta cooperativa y, al contrario, se propicia la búsqueda de soluciones individuales, al coste de un resultado colectivo claramente subóptimo. Es la lógica del “sálvese quien pueda” que dominó los inicios de la pandemia (una nueva versión del dilema del prisionero). Para afrontar este tipo de crisis es necesario disponer anticipadamente de mecanismos concertados de acción automática a escala multilateral, que garanticen la acción cooperativa en la provisión de medios para contener el foco y evitar el contagio. Es lo que hace el FMI ante situaciones de crisis financieras, pero no existe un mecanismo similar en el ámbito de la salud y es necesario crearlo. Un paso en esa línea, muy lejos de lo que aquí se sugiere, es la recientemente creada Coallition for Epidemic Preparedness and Innovation (CEPI).

Por último, la crisis nos ha revelado la enorme potencialidad de las nuevas tecnologías no solo para la comunicación en condiciones de obligado distanciamiento, sino también para explorar nuevos modelos de provisión de servicios y realización de tareas. Haciendo de la necesidad virtud, negocios, administraciones o universidades se han planteado ya una reforma de sus modelos de gestión para combinar de forma más armónica elementos presenciales con otros de naturaleza online. También la cooperación internacional —y, particularmente, la cooperación para el desarrollo— debe iniciar similar camino. Debe pasarse de un modelo intensivo en viajes, reuniones internacionales, expatriados y organizaciones sobre el terreno a otro donde haya una mayor trasferencia de confianza a los receptores y un mayor recurso a medios digitales para la interacción, el aprendizaje y el seguimiento. Debemos transitar hacia una cooperación, si se quiere, más digitalizada. Pero, para ello, es necesario asegurarse que la dotación de infraestructuras requeridas para acceder a esas potencialidades no es una fuente de nuevas desigualdades de oportunidades. También este objetivo debe tener una presencia más prominente en la Agenda 2030.

José Antonio Alonso es catedrático de economía aplicada en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

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