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Y la liberación de los niños, ¿para cuándo?

A estas alturas de la crisis, y a pesar de que el virus sigue en circulación, tal vez sea un buen momento para que jueguen entre ellos

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Una niña con mascarilla juega con su oso de peluche pexels

Sin colegio, sin amigos y sin toboganes, pero sí haciendo los deberes en casa, con sus padres y con miedo. Estas son las circunstancias que han definido a grandes rasgos la vida de los niños durante esta crisis sanitaria de coronavirus. Un camino recorrido con ahínco y gracias a esa capacidad de adaptación que les define como grandes succionadores de experiencias y aprendizaje, sobre todo de los más pequeños. Han aprendido a convivir durante muchas más horas con sus padres y hermanos en un espacio reducido; han asumido la rutina de hacer los deberes en casa con unos profesores nuevos; han aprendido a jugar, a ser creativos, a aburrirse. Se han enfadado, han reído, han chillado, han llorado y han disfrutado. Pero también han sido los grandes olvidados de esta pandemia.

Desde que cerrasen los colegios el pasado 11 de marzo, los niños han vivido distintos tipos de reclusión. Lo más duro sobrevino en las primeras nueve semanas de encierro total, en las que los niños solo vieron el sol desde su ventana o jugando en un pequeño balcón, los más afortunados, mientras dibujaban entregados grandes arcoíris en los que felicitaban por su labor a los sanitarios de nuestro país. A pesar de que se agotaran tanto las existencias de manualidades como la paciencia de los padres, que pugnaban por teletrabajar mientras cuidaban, criaban y enseñaban, a la vez que recurrían a una creatividad que menguaba con el paso de los días, los más pequeños siempre nos enseñaban algo de luz al final del túnel, gracias al poder de su imaginación. No olvidemos que la movilidad de los adultos era muy reducida: tan solo se nos permitía salir a realizar tareas esenciales como comprar comida o ir a la farmacia, entre otras pocas cosas.

Eso sí, ni el decreto del estado de alarma ni sus sucesivas ampliaciones les mencionaron en ningún momento, y solo fue gracias a la presión de familias y expertos que los niños consiguieron el ansiado permiso para salir a dar un paseo, a partir del pasado 26 de abril. Pero costó. Las redes se habían incendiado poco antes por el mensaje erróneo de un Gobierno que, en un primer momento, indicó que los niños solo podrían salir con sus padres a hacer tareas esenciales. Una espontánea y airada reacción popular propició entonces la rectificación del Ejecutivo, para que por fin los menores de 14 años pudieran pasear. Pero, eso sí, solo una hora al día, con un solo progenitor y en un radio de un kilómetro de su casa. Cabe recordar que la primera salida de aquel domingo tampoco quedó exenta de polémica, cuando cientos de niños y padres tomaron la nueva normativa como si de un día festivo se tratase. Pero desde entonces se cumplieron las normas, y comenzó la vuelta a la normalidad en España. ¿Sería este momento de los niños?

La desescalada, organizada en fases sucesivas, marca los avances y la apertura de la economía y de la movilidad. Pero no de los niños, que siguen inmóviles. Es cierto que en la fase 2 (en la que, por ejemplo, Madrid entra esta semana) ya no tienen horarios ni límite de tiempo, salvo los de aquellos dirigidos a los mayores, los más castigados por esta pandemia. Pero tampoco, en esta ocasión, hay clase; tampoco hay amigos; tampoco hay parques infantiles. Se han abierto los bares, los pequeños comercios e incluso las plazas de toros y las discotecas. Pero los niños, los de cero a seis años, siguen sin poder subirse a un columpio, y siguen sin regresar a las aulas.

La poca evidencia científica acumulada en estos meses respecto a la infancia ha desmentido que los niños sean supercontagiadores. También ha confirmado que, aunque se puedan contagiar, el virus no es en ellos más agresivo que cuando se infecta un adulto. Entiendo la dificultad de limpiar un parque infantil cada vez que un niño se baje o el riesgo de que los chupen o se besen y abracen entre ellos, y que esto pueda causar cierto recelo y preocupación. Ese miedo natural sobre que no sean capaces de respetar la distancia de seguridad es una responsabilidad también de los padres que, por cierto, son los últimos que quieren que sus hijos enfermen. Y sí, seguramente, haya algún despistado que incumpla la norma, pero, por desgracia, también los hay en fiestas familiares o en botellones clandestinos.

A estas alturas de la crisis, a pesar de que el virus sigue en circulación, tal vez sea un buen momento para probar, para hacer un experimento social que permita a los niños jugar entre ellos; para liberarlos, porque algún día tienen que salir y socializar. Se puede pensar como una prueba previa para cuando vuelvan a las aulas en este tan ansiado septiembre, y que así se les tenga en cuenta.

En serio, ¿nadie se pregunta cómo es posible que se pueda ir a un supermercado o a una terraza con un niño y no a un parque infantil? ¿Es que esos sitios están exentos de contagio? Que alguien lo aclare, porque ayudaría mucho a entenderlo, a comprender la diferencia. Pero si hay algo que esta pandemia ha dejado claro, es que los niños, sobre todo los más pequeños, no son del Estado, son de sus padres. Ellos han cuidado, criado y enseñado a sus hijos, sin por ello dejar de producir. Ellos solos, sin sus gobernantes.

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