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Sobre el turismo profiláctico y el fin de las ciudades como objeto de deseo

El coronavirus ha trastocado la hiperpresencia del turista en los espacios y detenido la 'uberización'. ¿Cómo se reconstruirá ahora el capitalismo de los viajes en las urbes ante un futuro distópico con guantes y mascarillas?

Personas con máscaras faciales caminan por la playa de Ostia, en Roma, mientras algunas restricciones comienzan a levantarse durante la pandemia de coronavirus. El 18 de mayo fue el primer día que se permitió ir a las playas de este municipio de Roma después de más de dos meses de un cierre nacional para frenar la propagación de la Covid-19. (Foto de Elisabetta A. Villa  Getty Images)rn
Personas con máscaras faciales caminan por la playa de Ostia, en Roma, mientras algunas restricciones comienzan a levantarse durante la pandemia de coronavirus. El 18 de mayo fue el primer día que se permitió ir a las playas de este municipio de Roma después de más de dos meses de un cierre nacional para frenar la propagación de la Covid-19. (Foto de Elisabetta A. Villa / Getty Images) Getty Images

El lobby empresarial del turismo, el WTTC (Consejo Mundial de Viajes y Turismo), apuntaba en un informe de 2019 que en España su sector ya era el que más contribuía al PIB con un 14,6%, por encima de la construcción, el comercio o la sanidad y con 2,8 millones de puestos de trabajo se convertía en el segundo "generador" de empleo. En mayo de 2020, en plena crisis global, la Organización Mundial del Turismo habla sin embargo de caídas globales en el sector de hasta un 22%, que se intuyen aún más fuertes en España. Mientras, una multipropietaria de pisos turísticos en Airbnb en Madrid relata inquieta: "He puesto los 15 pisos en Idealista, a ver si así recupero algo de dinero, aunque ahí se paga menos. No creo que pueda alquilar ninguno".

Las recientes declaraciones del Ministro de Consumo sobre la debilidad estructural de la economía del turismo en España, sus altas tasas de temporalidad laboral (estacionalidad) y sus bajos salarios (precariedad), han terminado por trastocar el tablero de juego de un sector que hasta ahora se sentía plenamente legitimado, incuestionable. Lo cierto es que el sector del turismo tiene un salario medio un 17% más bajo (19.000 euros al año) que la media de España, un 30% más bajo que el de la industria (27.000 al año), con una tasa de temporalidad laboral desorbitada y en un 60% con contratos a tiempo parcial, según la propia patronal. Y es que el Ministro se queda corto en sus afirmaciones al no incluir el turismo inmobiliario español de los últimos 50 años y su geografía del blanqueo de capitales, la prevaricación y los delitos sobre la ordenación del territorio y el urbanismo, perfectamente explicado en el documental sobre la vida, obra y muerte de Jesús Gil, El Pionero. Un modelo predador de suelo virgen que ha afectado no sólo a las malas condiciones de la mayoría de sus trabajadores, sino al coste y a los modos de vida de sus poblaciones, a la sobreexplotación del suelo, al deterioro de los servicios e infraestructuras públicas, y muy especialmente al medioambiente, contaminando el aire y el agua, acelerando la deforestación, la sequía y el cambio climático. Se afianza, además, como uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero y contaminadores del mundo, según un estudio publicado en Nature, a pesar de su apodo impostado de "industria sin chimeneas". Lo que no es más que la paradójica autofagia del turismo.

¿Estaremos ante la intensificación y una vuelta al retro del modelo resort y de balneario? ¿Será el florecimiento definitivo de las urbanizaciones turísticas cerradas?

Una vez expoliados otros nichos de mercado y como salvavidas en la anterior Gran Recesión (2008-2016), las nuevas operaciones especulativas del sector financiero del turismo se fijaron en las grandes ciudades como estrategia-refugio. Esto había hecho que el turismo urbano se convirtiera más que nunca en un elemento central de la transformación espacial, económica, social y cultural de los territorios metropolitanos de todo el mundo. La turistificación, entendida como el resultado de la transformación completa del espacio urbano en un espacio turístico, ha sido el resultado de un proceso multifacético de cambio urbano promovido por agentes locales y transnacionales y estrechamente relacionado con la mejora de la competitividad del turismo y la capacidad de atraer visitantes.

Hasta la llegada de la epidemia global de la covid-19, este proceso que se estaba intensificando se manifestaba con claridad en la hiperpresencia del turista en espacios centrales, en el incremento de las actividades económicas y de consumo elaboradas para el turista, en la terciarización y hotelización de la vivienda, en los negocios de movilidad urbana (uber, segways, bicicletas de alquiler, tuktuks...), en el aumento de la comida rápida, del franquiciado, del bar de bajo coste, de la hostelerización de los mercados de abasto y de la clonación urbana de las grandes cadenas mundiales de ropa y restauración.

Ahora esta dinámica fagocitadora de lo urbano se encuentra en un impás. Sin ir más lejos, el modelo Airbnb se encuentra en plena crisis global y comienza a devolver parte de las viviendas al sector del alquiler tradicional. En el Distrito Centro de Madrid —la principal zona afectada por la profesionalización, monopolización y concentración de Airbnb en Madrid— sólo había 1.300 viviendas ofertadas en portales de alquiler tradicional en 2019. Hoy, en plena crisis pandémica, estamos en 4.000. En Barcelona, son ya el 40% de los pisos turísticos los que han vuelto al mercado del alquiler residencial. Una de las cuestiones a examinar, por tanto, será si las grandes aglomeraciones metropolitanas —como vórtices del contagio en pandemias — dejarán de ser objeto deseado por el turista. Ahora que el necroturismo está en casa y no parece tener la menor gracia, ¿dejará el turista de querer vivir la experiencia de vivir como un local (likealocal) en las ciudades? ¿Arrastrará esta caída toda una economía de la precariedad urbana, sustentada sobre los trabajadores "uberizados"? ¿Cómo se rearticulará el capitalismo de plataforma en la era post-COVID19 y el turismo (realmente existente) en la ciudad?

Así, si estas vidas enfundadas en mascarillas y guantes han venido para quedarse, y la mirada del turista vira de la ciudad hacia otros espacios asépticos, se abre un posible ángulo distópico que consolide negocios alrededor del "turismo profiláctico". ¿Estaremos ante la intensificación y una vuelta al retro del modelo resort y de balneario? ¿Estaremos ante nuevos procesos de cercamiento de bienes comunes (playas, ríos, montañas)? ¿Será el florecimiento definitivo de las urbanizaciones turísticas cerradas? ¿Será el turismo seguro la etiqueta de moda para el negocio, con playas parceladas y vigilantes de la playa corriendo lozanos con sus termómetros mientras ondean las nuevas banderas azules de la OMS en el Mediterráneo? Quizá, una vez más, todo cambie para que no cambie nada.


Jorge Sequera (@jorgesekera) es profesor de Sociología en la UNED y Coordinador Científico del proyecto de investigación “LIKEALOCAL: Efectos socioespaciales de Airbnb. Turismo y Transformación en 4 ciudades de España”

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