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COLUMNA OPINIÓN i

¿Por qué los poderes religiosos y políticos temen tanto a la sexualidad?

Exigir en el siglo XXI que las chicas brasileñas abracen la castidad por miedo a quedar embarazadas antes de tiempo es ignorar la fisiología y la naturaleza

Jair Bolsonaro en Brasilia, el pasado 5 de febrero.
Jair Bolsonaro en Brasilia, el pasado 5 de febrero. REUTERS

En Brasil, mientras el presidente Bolsonaro mezcla en sus discursos Dios, sexo y poder, su ministra de la Mujer, Damares Alves, clama a favor de la castidad de los jóvenes. ¿Por qué será que el poder religioso y el poder político temen tanto el ejercicio libre de la sexualidad? Según antropólogos y psicólogos se debe a que nadie es más difícil de dominar por el poder que una mujer o un hombre feliz. Y es la sexualidad, ejercida sin tabúes y miedo, una de las mayores fuentes de felicidad.

Mientras los dioses antiguos del paganismo eran más liberales con el sexo, a partir de la llegada del monoteísmo y, concretamente, el cristianismo influenciado por Pablo de Tarso, el ejercicio de la sexualidad con su fuerza de liberación, empezó a ser considerada como pecado y la mujer como la tentación del varón. Para ello fue desempolvado el mito de Eva, que tentó al hombre haciéndole desobedecer a Dios.

Desde entonces, las iglesias cristianas señalaron a la mujer como peligrosa para el varón y hasta fue alejada de los misterios del culto de los que se adueñaron los hombres. Ellas quedaron relegadas de la jerarquía de la Iglesia. Y en la vida, como sentenció San Pablo, “sometidas en todo al varón”, hasta en el ejercicio de la sexualidad.

Todos los poderes, del religioso al político, en la medida en que se hacían más autoritarios y dictatoriales, fueron alérgicos a una sexualidad vivida en libertad. En el mundo político esa tentación de controlar la sexualidad de las personas, fue un pecado que tentó a la derecha como a la izquierda, así como el prejuicio para que la mujer llegase a tomar el poder.

Recuerdo aquí en Brasil, cuando Lula designó como candidata a la presidencia a su ministra Dilma Rousseff, a un amigo que le preguntó por qué había escogido a una mujer.“Porque ella es más hombre que nosotros dos juntos”, respondió. En el otro extremo, hoy Bolsonaro, además de su poco aprecio por la mujer y lo femenino, está usando en sus discursos y conversaciones un lenguaje que degrada a la sexualidad. Desde el famoso vídeo con la escena del golden shower, del pasado carnaval, a sus ya famosas comparaciones de la política con enamoramientos, está banalizando la fuerza que el sexo ejerce en la vida humana. Y, al mismo tiempo, se adhiere a las consignas de su ministra la pastora evangélica Damares, que aboga por el ejercicio de la castidad entre las jóvenes para no quedar embarazadas antes de la madurez.

Si la Iglesia una vez intentaba legislar hasta sobre la posición en que los matrimonios debían ejercer el sexo solo para procrear, y llamaba “partes sucias” a los órganos de la reproducción, hoy la presidencia de Bolsonaro nos tiene acostumbrados a hacer chacota sobre el tema, como la de paragonar sus relaciones con el Congreso con dos casados que, a veces, no se entienden, pero que “acaban acostándose juntos bajo las mismas sábanas”. Y su forma de tratar el nombramiento de responsable de la cultura a la actriz Regina Duarte como “su novia” y la de decir que como el “acto aún no ha sido consumado”, aún puede dejarla fuera del poder.

Los mayores tiranos de la historia o tuvieron miedo del sexo o lo ridiculizaron, quizá para exorcizarlo. Recuerdo cuando el general y dictador Franco decidió que las mujeres no podían ir a la playa con bikini, ya que ello iba contra la moralidad. Enseguida surgieron las bromas e ironías. A una chica extranjera que tomaba el sol en una playa se le acercó un guardia civil y le dijo: “Señorita, usted no puede estar aquí con un traje de baño de dos piezas”. Y la joven le respondió con humor: “Entonces, señor guardia, dígame si prefiere que me quite la parte de arriba o la de abajo”.

La Iglesia también tuvo siempre miedo de la mujer, la eterna tentadora, y de sus pechos. Recuerdo que en un viaje del papa Pablo VI a Uganda, en el África negra, al aterrizar el avión le esperaba un grupo de muchachas para hacer una danza ritual en su honor. En África las mujeres suelen ir con los pechos descubiertos con toda naturalidad, pero los organizadores del viaje papal pensaron que no estaba bien que aquellas chicas se presentaran ante el Papa con los pechos descubiertos y les obligaron a ponerse un sostén. Cuando los fotógrafos se acercaban a ellas se tapaban avergonzadas con las manos no los pechos sino los sostenes.

Ese problema no resuelto del poder con el sexo se debe a que nada hay más machista que él. Y es esa una de las grandes batallas de la liberación de la mujer llevada a cabo en este momento en el mundo. La mujer sabe que solo adquirirá el papel que le pertenece en la sociedad al igual que el hombre cuando el sexo deje de ser un tabú y ella deje de ser vista como objeto de tentación y pecado. Nada más miedo hoy a los poderes políticos y religiosos que ese movimiento de liberación de los géneros. Que la sexualidad es libre como el aire y el sol y nadie, ni el poder religioso ni el civil tienen derechos sobre dicha libertad. Los tabús sobe el sexo fueron y siguen siendo creados por el poder masculino para someter a la mujer y a los que osen hacer uso de la libertad de género en el ejercicio de la sexualidad.

Exigir en el siglo XXI que las chicas brasileñas abracen la castidad por miedo a quedar embarazadas antes de tiempo es ignorar que la fisiología y la naturaleza han hecho que la mujer muy joven pueda ya procrear para asegurarse el derecho a la prole y que hoy, en el peor de los casos, existen sustitutivos a la castidad para evitar embarazos no deseados.

Un teólogo de la liberación colombiano me comentaba una vez que es curioso que la Iglesia había creado el dogma de la Inmaculada Concepción para exaltar la castidad ya que, de ese modo, la virgen María pudo quedar grávida y tener a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo sin necesitar hacer sexo. Y me comentaba: “No cabe mayor desprecio por el ejercicio de la sexualidad, una de las fuerzas motoras de la humanidad sin la que ninguno de nosotros existiríamos empezando por los Papas”.

Ese miedo ancestral de las iglesias a la sexualidad explica también el sacerdocio celibatario obligatorio y las presiones contra el papa Francisco, el menos machista de los papas de la edad moderna, que no solo ha empezado a abrir en el sínodo sobre la Amazonia la posibilidad de sacerdotes casados, sino que ha llegado a decir que la Iglesia necesita con urgencia una “nueva teología de la mujer”, que seria el último gran tabú de la Iglesia, como lo es su alejamiento de la jerarquía.

La guerra contra Francisco ya está abierta. Desde las insinuaciones a que quizá esté con cáncer de cerebro hasta que ha traicionado al papado por no querer llamarse Papa. Como los primeros cristianos, en efecto, prefirió desde el primer día llamar simplemente “obispo de Roma” y hasta renunció a los palacios vaticanos para vivir en la habitación de una sencilla pensión para sacerdotes. Francisco es el primer Papa que no solo no ve a la mujer como enemiga y tentadora y al sexo como pecado sino como imprescindibles para que la Iglesia no se quede fuera de la historia.

¿Cabe mayor herejía?

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