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El teorema de Pasqua

La fórmula del ex ministro del Interior francés era: “Cuando te pillan en un asunto, hay que crear un asunto dentro del asunto hasta que nadie entienda nada”

Charles Pasqua, dos veces ministro del Interior de Francia, sonríe en el plató del programa de la televisión francesa 'L'heure de la verité', en 1988.
Charles Pasqua, dos veces ministro del Interior de Francia, sonríe en el plató del programa de la televisión francesa 'L'heure de la verité', en 1988.

Pasqua murió en 2015, convencido de que el tiempo le daría la razón. Era un hombre muy listo, capaz de elaborar grandes estrategias y de conectar a personas aparentemente incompatibles entre sí. También era un hombre muy oscuro y propenso a cometer delitos. Quizá por eso ejerció dos veces como ministro del Interior. Sobre si tenía o no razón, el tiempo ya ha desmentido uno de sus pronósticos: creía que Francia sería la primera en abandonar la Unión Europea. Creía también que la bandera tricolor estaba muy por encima de las diferencias sociales e ideológicas, por encima de la democracia e incluso por encima de la sensatez. Una tarde, en su despacho ministerial de la Place Beauvau, me dijo en estricto off the record que la política francesa solo tenía un secreto: “El que alza la bandera, gana”. Supongo que a estas alturas puedo romper el acuerdo de confidencialidad.

El tipo era valiente. Se enroló en la Resistencia francesa a los 15 años. En 1952, recién licenciado en Derecho, entró a trabajar en la empresa licorera Paul Ricard, de donde le despidieron 15 años más tarde por estafa. No debió de importarle mucho. Por entonces ya era intocable. En 1959 fue uno de los fundadores del Servicio de Acción Cívica, la policía paralela del general Charles de Gaulle, y en 1967 estaba perfectamente conectado con los servicios secretos. En 1968 asumió la organización de la gran marcha gaullista que puso fin a la revuelta de mayo y al mes siguiente obtuvo un escaño de diputado.

Desde entonces fue el gran operador en la sombra de la derecha francesa. Conocía Francia como nadie. En 1981 pidió el voto para el socialista Mitterrand y acabó con las esperanzas de reelección del candidato conservador, Giscard, porque pensaba a largo plazo: su plan consistía en llevar a su protegido, Jacques Chirac, un gaullista auténtico, hasta la presidencia. Lo logró en 1995, justo cuando no lo esperaba. Ese año, Pasqua apoyaba a Balladur, un tipo políticamente calcado a Giscard. Queda claro que no acertaba siempre. No fallaba, sin embargo, cuando se trataba de garantizar su propia supervivencia. Fue procesado seis veces por corrupción, y solo una vez resultó condenado, de forma simbólica: un año de prisión menor por prevaricación.
Se hizo célebre el llamado teorema de Pasqua, según el cual “cuando te pillan en un asunto escandaloso, hay que crear un asunto dentro del asunto, y si es necesario un asunto dentro del asunto del asunto, y así hasta que nadie entienda nada”. Él aplicaba el teorema de forma sistemática.

Charles Pasqua luchó contra el Tratado de Maastricht, contra la Constitución Europea, contra la moneda única y contra los acuerdos de Schengen. Pero, sobre todo, desde 1988 se empeñó en unir al gaullismo con la ultraderecha del Frente Nacional. Aquella tarde de la conversación en su despacho, hacia 1994, le sugerí que tal vez fuera difícil reconciliar un movimiento surgido de la Resistencia con un partido que en aquel momento, dirigido por Jean-Marie Le Pen, simpatizaba claramente con el nazismo. “En su momento, unos y otros combatimos por Francia y por los valores franceses”, respondió, “y hoy nos unen la resistencia al imperio burocrático europeo, el hartazgo con la inmigración y el amor a Francia”. Entonces pronosticó que la derecha y la ultraderecha acabarían unidas, que alcanzarían la presidencia y que Francia saldría de la Unión. No estoy seguro de que se equivocara en eso.

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