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La peluquería y la urbanización

Los españoles, latinos o magrebíes que se sientan en el sillón de barbero de Rashid votan muy distinto a quienes viven en la urbanización cerrada de al lado

Ciudadanos con derecho a voto escogen sus papeletas en las elecciones generales de noviembre del 2019.
Ciudadanos con derecho a voto escogen sus papeletas en las elecciones generales de noviembre del 2019. EFE

Rashid tiene una peluquería de tan sólo 10 m2 en el barrio de Las Delicias de Zaragoza. Vino de Tetuán (Marruecos) hace una década y acabó en un barrio de clase trabajadora abriendo su propio negocio. Siempre lo tiene lleno, primero porque solamente caben cuatro personas esperando y uno de ellos es su padre, el cual no habla castellano y está siempre medio dormido. Segundo porque corta el pelo a caballeros por seis euros, frente a los diez o doce euros que cobran el resto de peluquerías del barrio. Muchos somos los que acudimos allí cada mes: españoles, latinos o magrebíes.

En la manzana donde Rashid tiene su tienda, la renta per capita según el INE es de 8.757 euros, y eso que no está lejos del centro de la ciudad. Pertenece al 8% más pobre de la Comunidad Autónoma de Aragón. A menos de 100 metros, en la plaza de Roma, se eleva un enorme edificio donde se pueden ver en grandes letras verdes las siglas de la patronal CEPYME. Allí hay una urbanización privada cerrada llamada Parque Roma, donde la renta es de 17.184 euros, un 96% más alta, casi el doble. En la sección de la peluquería de Rashid en las elecciones generales de abril arrasó el PSOE con el 35%, seguido en segundo lugar por Unidas Podemos con un 20%. Las mesas del Parque Roma, a tan sólo 100 metros, fueron las únicas en todo el distrito de Las Delicias de Zaragoza donde ganó el PP.

Los vecinos de ambas secciones van al mismo centro de salud (Parque Roma), gozan del mismo aire frío, compran en el mismo Mercadona y cogen el mismo autobús para ir al centro (el 22), y sin embargo, sus problemas no son los mismos. El número de banderas rojigualdas ajadas por el sol no es el mismo y las soluciones políticas con las que responden en las urnas tampoco. Las ciudades de España están llenas de manzanas de aquello que el sociólogo y diputado del PSOE, Ignacio Urquizu, denomina “el hombre corriente” que no tiene estudios universitarios, no lee los periódicos, apenas usa internet, pero ve el informativo de Telecinco o La 1 cada noche y cuyo salario más frecuente es de 17.482 euros (1.200 euros netos al mes). Y ese ciudadano corriente, de barrio trabajador, es el que decide cada elección quien gobierna en este país, si decide ir a votar o prefiere quedarse en casa.

Ayer por la tarde estuve cortándome el pelo donde Rashid. Me estuvo hablando de Donald Trump y me dijo que ya tiene la nacionalidad española y que, si se repiten las elecciones en noviembre, ya podría ir a votar, pero no cree que lo haga. Señalé al otro lado de la plaza y le dije que: de esos de ahí, no faltará ninguno. Y se echó a reír con ganas. Ya dijo Nietzsche que: el hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa.

Julio Embid es politólogo y autor del libro ‘Hijos del hormigón. ¿Cómo vivimos en la periferia sur de Madrid?’ (La Lluvia, 2016).

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