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Columna
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Un nuevo clero

Comprendo muy bien a quienes han optado por un payaso mentiroso que les garantiza acabar con la bronca del Brexit

El líder laborista Jeremy Corbyn junto a militantes del partido laboral de Escocia en las oficinas de Glasgow.
El líder laborista Jeremy Corbyn junto a militantes del partido laboral de Escocia en las oficinas de Glasgow. Jane Barlow (PA Images / Getty Images)

A penas llevo leídas 200 páginas del nuevo libro de Thomas Piketty, Capital e ideología. Me faltan todavía más de mil para saber quién es el asesino. Pero puedo anticipar dos cosas: es bueno para los brazos (confío en que manejar diariamente ese kilo y medio de papel desarrolle algún músculo) y, al menos en mi caso, acentúa ciertas incomodidades. Paso a explicarme sobre lo segundo.

Piketty maneja el argumento de que la Iglesia católica sacralizó la propiedad para proteger sus propios bienes, una idea interesante, y para ello hace un repaso de las sociedades ternarias. Aquello medieval de la nobleza, el clero y el Estado llano. Mi incomodidad se refiere a las funciones que en esas sociedades se arrogaba el clero: la educación, la cultura y la moral. Casi exactamente las mismas que desde hace décadas ostenta la izquierda política en los países más desarrollados. Cabe preguntarse cómo se puede ser contestatario cuando se manejan la educación, la cultura y la moral, los tres pilares del establishment. Cabe preguntarse también cómo se pueden evitar ciertas tentaciones, como la del dogmatismo, cuando se está en posesión de la Verdad.

Yo formo parte de eso. Escribo en un diario importante y comulgo con los credos esenciales: hay un cambio climático relacionado con la actividad humana, hay que culminar la revolución femenina, hay que acabar con el racismo y la xenofobia, etcétera. Pero cuando un grupo de estudiantes impide que alguien no totalmente de acuerdo con esa Verdad (que yo comparto) hable en una universidad, por ejemplo, me siento en el bando equivocado. No sé si me explico.

Vayamos por otro ejemplo. Se supone que, de ser británico, un servidor habría de votar a Jeremy Corbyn. Es un señor de costumbres morigeradas (abstemio y vegetariano) que cree más o menos en las mismas cosas que yo y que detesta la hipocresía de muchos de quienes le votan en su circunscripción, Islington North: esos progresistas acomodados que usan argumentos ambientalistas para oponerse a la construcción de viviendas sociales en el barrio, cuando en realidad lo que no quieren es vecinos negros. Ahí volvemos a lo clerical, a la ira de los puritanos, los Savonarola, los Lutero, contra los obispos hipócritas y corruptos. Corbyn lleva tiempo depurando el laborismo de tibios, farsantes y moderados; ganar elecciones debe de parecerle secundario.

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Pero hasta yo sé que el votante suele ser hipócrita, porque una cosa son sus ideales y otra sus intereses. Y hasta yo, que considero un error el Brexit, estoy harto del asunto. ¿Qué proponía el laborismo de Corbyn? Seguir discutiendo (solo por seis meses, decían, jaja) y luego volver a votar sobre un acuerdo metafísicamente imposible de conseguir. A veces, lo (aparentemente) más razonable es insensato. Sobre todo, cuando lo razonable consiste en simple cosmética para maquillar años de insensatez e indecisión.

No me sentiría capaz de votar a Boris Johnson, pero comprendo muy bien a quienes han optado por un payaso mentiroso que les garantiza acabar de una vez con la bronca del Brexit, aunque sea de la peor manera, y han descartado para siempre a un puritano tan provisto de la Verdad como desprovisto de humor y tolerancia.

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