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¿Qué busca Francia al exportar sus museos?

El Louvre y el Pompidou crean sucursales en países sin libertad de expresión, como China o Emiratos Árabes Unidos, a cambio de jugosos acuerdos económicos. ¿Qué les mueve: la difusión de valores o el dinero?

Visitantes del Louvre Abu Dabi observan las obras durante la inauguración del museo el 11 de noviembre de 2017.
Visitantes del Louvre Abu Dabi observan las obras durante la inauguración del museo el 11 de noviembre de 2017. afp / getty images

¿Se han convertido los museos franceses en marcas vendibles al mejor postor? La pregunta planea sobre el país vecino desde que el Louvre de Abu Dabi abrió sus puertas hace dos años en medio del desierto emiratí. La pinacoteca cedió su nombre durante los próximos 30 años a cambio de 400 millones de euros, sumados a otros 400 por el préstamo de obras y la organización de exposiciones en la próxima década. Desde entonces, otros museos se han sumado a la fiesta. En noviembre, el Centro Pompidou inauguró una nueva sede en Shanghái, después de crear una sucursal en Málaga en 2015 y preparar la apertura de otra en Bruselas para 2023. Además, el museo estaría estudiando abrir nuevas antenas en Praga, Seúl y algún punto de Latinoamérica (México o Colombia suenan en las quinielas). No se trata solo de una cuestión de dinero, sino también de influencia exterior, según dictan las leyes del soft power.

En Shanghái, el museo ha firmado un acuerdo con el grupo West Bund, promotor inmobiliario de titularidad estatal, que estipula el préstamo de obras de su colección durante cinco años y el uso de la marca Pompidou a cambio de unos 4 millones de euros anuales. Además de llenar sus arcas, el museo aspira a mejorar su visibilidad entre el público chino, que solo supone un 1% de sus visitantes. A cambio, el Pompidou tendrá que exponerse a las leyes chinas, contrarias a la libertad de expresión a la que suele aspirar el arte. Sin ir más lejos, algunas obras de la exposición inaugural fueron retiradas por la censura. “¿Servimos mejor a la democracia ignorando a China, o bien estando allí forjando lazos y conversando con socios, artistas y visitantes?”, se ha defendido el presidente del Centro Pompidou, Serge Lasvignes.

Otros nombres se suman a la iniciativa. El Museo Picasso de París y la Fundación Giacometti abrirán en junio de 2020 otro centro en Shanghái para exponer obras de esos dos artistas, mientras que el Museo Rodin de la capital francesa acaba de firmar un acuerdo para abrir una delegación en la ciudad china de Shenzhen. Estos movimientos cuentan con el beneplácito de Emmanuel Macron, que durante una visita a China en 2018 defendió “la diplomacia de los museos” como parte estratégica de su política cultural. “Los vínculos culturales son indispensables para la comprensión mutua de nuestras civilizaciones”, afirmó.

En un tic retórico habitual, las autoridades del país han vinculado estos proyectos al diálogo intercultural y la transmisión de ideas de progreso en esos regímenes autocráticos. “La misión educativa se encuentra en el centro de nuestro proyecto”, reafirma el director del Louvre Abu Dabi, Manuel Rabaté. “Queremos aportar claves de lectura que permitan que el visitante se forme sus propios discursos y opiniones. Es un cambio gradual en el que nosotros participamos, aunque sería arrogante creer que lo hemos hecho solos. La sociedad emiratí ya era muy cosmopolita antes de que llegásemos”. En su segundo aniversario, el Louvre Abu Dabi se acaba de convertir en el museo más visitado del mundo árabe y ha superado la barrera simbólica de los dos millones de visitantes, de los cuales un 70% son extranjeros.

El éxito del proyecto ha hecho que le salgan imitadores. Inspirándose en el modelo de Abu Dabi, Arabia Saudí también quiere utilizar la inversión en la cultura para mejorar su imagen en la arena internacional. En abril de 2018, Macron firmó un acuerdo de cooperación con ese país para el desarrollo turístico y cultural del valle de Al Ula, inscrito en el patrimonio mundial de la Unesco. Este yacimiento arqueológico se ha convertido en la punta de lanza de la política cultural del príncipe heredero Mohamed Bin Salmán, cuyo plan Visión 2030 invita a planificar un futuro sin energías fósiles donde haya que buscar otras fuentes de riqueza. Ese acuerdo bilateral determina que Francia participará en el desarrollo de distintos equipamientos —entre ellos, seis nuevos museos— a cambio de 300 millones de euros. Entre las instituciones colaboradoras, la prensa ha citado al mismo Louvre, además del Museo Guimet o la Ópera de París. El objetivo es superar los 2 millones de visitantes. Hoy, Arabia Saudí recibe solo unos 30.000 al año.

“Llevar el nombre del Louvre no implica que se vaya a difundir la filosofía de la Ilustración”. Jean-Michel Tobelem, profesor

El país ya ha calentado motores con una campaña de publicidad intensiva, omnipresente en los pasillos del metro de París y en las banderolas colgadas en la exclusiva Place Vendôme, que promueven Al Ula como destino turística. Mientras tanto, el Instituto del Mundo Árabe de la capital francesa acoge, hasta el 19 de enero de 2020, una muestra dedicada a la historia de ese valle. El director del centro es el exministro socialista Jack Lang, que en los ochenta revolucionó la cultura francesa con una política de dinamización que marcó una época. Hoy forma parte del consejo asesor del proyecto de Al Ula. “La política cultural de esos países se inspira en las acciones que lideramos en la época de Mitterrand”, asegura Lang. “Debemos felicitarnos por la posibilidad de crear lazos culturales internacionalmente. A través de la cultura se cambian las mentalidades. Asumo nuestra acción en Arabia Saudí porque los resultados en el ámbito humano serán considerables”.

A la directora del Instituto Giacometti, Catherine Grenier, le parece lógico que los museos franceses sean solicitados porque siguen marcando tendencia. “El Louvre es un referente inigualable y el Centro Pompidou fue el lugar de una transformación cultural que tuvo efectos duraderos. Nuestras instituciones están en la vanguardia de la museografía y ningún país puede rivalizar con Francia en número de visitas, ni siquiera Estados Unidos”, opina. El proyecto que prepara en China tiene algo en común con los demás: son el fruto de acuerdos bilaterales, lejos del modelo imperialista de otro tiempo. “Francia ya experimentó con el modelo expansionista y ha aprendido de sus errores del pasado”.

Pese a todo, la iniciativa cuenta con numeroshanghaisos detractores. “Un museo no es una marca comercial”, denuncia el historiador del arte Didier Rykner, que en 2007 lanzó una petición contra el proyecto del Louvre en Abu Dabi que firmaron 3.000 personalidades de la cultura francesa. El argumento del desarrollo democrático le parece pura hipocresía. “Es un pretexto, una coartada. Sobre el terreno no hemos visto, de momento, ningún resultado en términos de liberalización. Se nos dice que vamos a transmitir los valores democráticos a esos lugares, cuando en realidad es un mero intercambio de obras a cambio de efectivo”, añade. También se opone a la operación Jean-Michel Tobelem, profesor de la Universidad Panthéon-Sorbonne, especialista en gestión cultural. “No por llevar el nombre del Louvre un museo difunde la filosofía de la Ilustración”, dice. Cree que estos museos benefician a las familias dirigentes y tienen efectos perniciosos en materia de financiación. “El año pasado, el Estado retiró 10 millones de euros al presupuesto del Louvre al ver que el museo recibía una lluvia de dinero privado. La Administración”, concluye Tobelem, “busca hasta el último euro para ahorrar y no duda en disminuir su atribución cuando un museo cuenta con tantos recursos propios” .

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