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El dilema de los museos: ¿escuchar o no a Twitter?

A las instituciones culturales se les pide que se abran a la participación del público, tras años centradas en reforzar su autoridad. ¿Hay límite para la nueva democratización?

Dos visitantes del Museo del Prado observan El Cid (1879), de Rosa Bonheur. 
Dos visitantes del Museo del Prado observan El Cid (1879), de Rosa Bonheur. 

La autoridad de los museos se ha visto desbordada. La inviolabilidad de sus criterios sobre qué debe ser mostrado ha quedado en buena medida más anticuada que la edad de los fondos que custodian, protegen y exponen. Desde hace dos siglos son la mayor representación del sujeto hegemónico (patriarcal, colonial, heterocéntrico y válido) y ese orden está en crisis “porque es excluyente monolítico y cuestionado por las miradas y las voces subalternas”, apunta Paul B. Preciado, filósofo asociado en el Centro Pompidou de París.

Si lo que defiende se tambalea, el museo como institución decimonónica necesita un cambio de urgencia, como ha apuntado el Consejo Internacional de Museos (ICOM). Este organismo ha propuesto una nueva definición para lo que hoy son los museos. Su propuesta, cuya aprobación se ha aplazado tras un 70% de votos en contra, reza: “Los museos son espacios democratizados, inclusivos y polifónicos para el diálogo crítico sobre el pasado y el futuro. Reconociendo y abordando los conflictos y desafíos del presente, mantienen los artefactos y objetos que les han sido confiados por la sociedad, salvaguardan la diversidad de la memoria para las generaciones futuras y garantizan la igualdad de derechos y el acceso al patrimonio para todas las personas”.

Los cambios políticos que los movimientos feministas, queer y trans han introducido en la sociedad obligan a una nueva lectura de la historia del arte. Esa narración ya no se puede hacer desde aquella idea del castillo inaccesible. Preciado defiende la apertura del museo al debate para que los curadores, los artistas y los públicos imaginen juntos el museo del futuro. La resurrección de estas instituciones depende de cómo animen a estos agentes externos a que construyan el relato del nuevo sujeto político. Pero abrirse políticamente no significa sustituir la línea editorial por tuits o likes. “Es absolutamente demagógico: los públicos deben intervenir en la construcción del museo, pero desde dentro, como agentes activos”, añade Preciado.

La semana pasada el Museo del Prado accedió a atender una petición de un usuario de Twitter, que reclamaba la salida de los almacenes de El Cid (1879), un retrato de un león de Rosa Bonheur (1822-1899). La obra emergió en 2017, cuando la exposición La mirada del otro propuso un recorrido que reflejaba la pluralidad y la diversidad actual. En aquella rueda de prensa se comunicó que la intención era convertirlo en un montaje definitivo, pero terminó por desaparecer y sus hitos artísticos fueron almacenados. El león fue borrado del mapa y ahora ha subido a sala por primera vez de manera fija. El museo asegura que no ha sido en respuesta a Twitter, porque era una antigua intención de Javier Barón, responsable de la pintura del XIX, pero reconoce que la demanda ha acelerado el ascenso a la primera categoría de la cuarta mujer que se expone en el Prado.

El apasionante debate que atraviesan los museos está provocado por una demanda doble: más participación y mejores servicios. A estos centros se les exige que sean más flexibles y permeables, más transparentes, a las demandas e iniciativas del público. Arrogarse la capacidad exclusiva de acceso a la verdad es algo anacrónico. Por eso no tiene por qué suponer ninguna amenaza para la institución asumir, por ejemplo, la demanda de una perspectiva de género. Las mujeres fueron excluidas cuando (ellos) se inventaron los museos. Estaban ahí, eran artistas y público, pero no contaron con ellas. Atender esta petición crea una base más sólida, actual y compartida de su autoridad.

En ese sentido, las redes sociales han difuminado los límites del museo y de su existencia. La apertura en redes es “muy positiva” porque contribuye a escuchar la voz del público. “Ahora bien, las redes son un canal de diálogo, muy importante, pero uno más”, dice Javier Martín Cavanna, director de la Fundación Compromiso y Transparencia, que en su informe de transparencia y buen gobierno de los museos de bellas artes y arte contemporáneo de 2016 denunciaba que son “ecosistemas cerrados” y les pedía que abrieran canales de diálogo con distintos grupos de interés. No para fijar la estrategia ni la dirección de la misión —porque el público no tiene capacidad de decisión ni de gestión—, pero sí para que sean escuchados y tengan en cuenta sus opiniones. El especialista apunta que el museo debe hacer un esfuerzo de conjunto por identificar los grandes asuntos que conciernen a su misión y sus actividades. “Lo importante es que los canales de diálogo existan y sean eficaces. Eso no significa que el museo deba responder positivamente siempre a todas las demandas que se le plantean. Lo que debe hacer es escucharlas, analizarlas y darles respuesta”, sostiene.

El público de las redes sociales solo representa una parte del conjunto de los visitantes de un museo, pero muy específico: alto nivel educativo, económico y social, alto grado de digitalización y consumidor de cultura. “Por eso hay que dimensionar la magnitud de las críticas y los comentarios con estudios precisos de opinión y satisfacción que representen de forma adecuada a todo el público actual y potencial”, asegura Eloísa Pérez Santos, profesora de la Universidad Complutense e investigadora de públicos en museos y exposiciones. Precisamente porque los museos no son neutrales —garantes del poder político, social y económico— es importante abrirse a distintas opiniones. El museo necesita ser el hábitat de la ciudadanía, pero en realidad es la casa de la Academia: tiene discurso, pero no diálogo.

El desprestigio y el descrédito han sido la excusa perfecta para mantener cerrados los despachos de una ciencia —la historia del arte— que se basa en el debate, pero se resiste a debatir. Con ímpetu paternalista, la mayor parte de las instituciones museísticas españolas han centrado sus esfuerzos en despejar cualquier duda sobre su autoridad a la hora de señalar la llamada “excelencia”. Hasta el momento, el público tenía derecho a pensar, a reflexionar y a participar en el museo, sin que el museo contara con él.

Aunque una parte de los museos hayan empezado a asumir el nuevo papel y se vean a sí mismos como lugares en los que se activa un pacto colectivo —acerca de la relevancia e interés social de aquello que cuidan, conservan y exhiben—, hay una tensión oculta no resuelta: sus recursos son deudores de las prácticas decimonónicas. Los museos se han ido dotando de una tecnología “para que la interlocución jerárquica no fallara”, como apunta el informe Publicum sobre públicos en transformación y nuevas formas de experiencia museística que ultiman Fernando Bayón y Jaime Cuenca, profesores de la Universidad de Deusto. La iluminación perfecta, las salas como cubos blancos, las cartelas explicativas con jerga especializada son, según el citado informe, “ortopedias que hoy están contra las cuerdas ante el empuje transmedia de las nuevas tecnologías que abren paso a la voz de los públicos”. Esa dialéctica no es positiva ni negativa, pero dependerá de la manera de ser contemporáneo que elija el museo para que mantenga su potestad. “Y si no es capaz de lograrlo, ni la más sofisticada campaña de marketing viral podrá curarlo de su irrelevancia”, añaden Bayón y Cuenca.

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