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COP25 TRIBUNA i

Luchar contra la pobreza del cambio climático

África es el continente que menos emisiones produce y el que más sufre sus consecuencias. Es necesario invertir en la prevención frente a desastres naturales que frenan los esfuerzos para combatir la pobreza

Una madre baña a su hija en agua estancada producto de las inundaciones del ciclón Idai en Matarara (Mozambique).
Una madre baña a su hija en agua estancada producto de las inundaciones del ciclón Idai en Matarara (Mozambique).

El pasado 15 de marzo desapareció la segunda ciudad más poblada de Mozambique. Beira, con 500.000 habitantes, quedó inundada por el ciclón Idai en un 90%, y daba la sensación de haber sido arrasada por la guerra, como aseguraban fuentes de Oxfam. El ciclón Idai dejó más de mil muertos, más de cuatro mil casos de cólera y 2,2 millones de desplazados entre Malawi, Zimbabue y Mozambique, el país más afectado. La costa mozambiqueña es propensa a los ciclones y sufre de media un ciclón y medio por año, frecuencia que el cambio climático amenaza con aumentar.

África es el continente más vulnerable a los riesgos del cambio climático a pesar de casi no producirlo. Tan solo emite un 3 % de los gases de efecto invernadero a escala mundial, pero aun así la temperatura crece allí a un 50 % más rápido que la media, según datos de la ONU. Además, la región cuenta con los siete países más frágiles y menos preparados ante los desastres provocados por el clima, según el ranking de vulnerabilidad de la Universidad de Notre Dame.

Las sequías, por ejemplo, son cada vez más comunes y prolongadas. Entre 1995 y 2015 hubo hasta 136 episodios en el continente africano y en 2018 la falta de agua estuvo a punto de desabastecer a los cuatro millones de habitantes de la urbe sudafricana de Ciudad del Cabo. Además, la falta de recursos naturales propicia la aparición de conflictos armados, que de paso detienen el desarrollo y exacerban la pobreza. En Nigeria, la falta de agua en el Norte ha llevado a la comunidad de ganaderos nómadas fulani a emigrar desde sus territorios cerca al desierto del Sáhara hasta el cinturón medio del país, ocupando las tierras de los agricultores. La lucha por la tierra ha propiciado un conflicto que se ha cobrado más de 10.000 vidas en la última década.

En Nigeria, la falta de agua en el norte ha llevado a la comunidad de ganaderos nómadas Fulani a emigrar desde el desierto del Sáhara hasta el cinturón medio del país

Como si fuera poco, los efectos del cambio climático también amenazan con incrementar el número de personas en situación de inseguridad alimentaria. Un total de 232 millones de africanos —uno de cada cuatro— sufre malnutrición hoy en día y la ONU calcula que, si no se toman medidas, la producción agrícola caerá en un 20% y África solo será capaz de cumplir con un 13% de la demanda alimentaria en 2050, amenazando el modo de vida de hasta el 65 % de sus agricultores.

Esa inseguridad alimentaria y la búsqueda de mejores oportunidades están llevando a muchas personas a zonas urbanas, donde actualmente residen poco más del 40% de los africanos y donde para 2050 vivirá más del 55%, de acuerdo con las proyecciones de la Comisión Económica para África de las Naciones Unidas (UNECA). Según una investigación publicada en la plataforma IntechOpen, las sequías, las altas temperaturas y la falta de agua como servicio público han lastrado la agricultura en países como la República Democrática del Congo, Kenia o Níger. Igualmente, el aumento del nivel del mar y la acidificación de los océanos, la pérdida de biodiversidad y la desertificación han dificultado los intentos por revertir el abandono rural, agravando los alcances de la desnutrición, que según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) podría aumentar.

Pero, de todos estos problemas, ninguno tan peligroso de fondo como el desconocimiento generalizado y la falta de preparación consecuente. Según un informe de Afrobarometer, en promedio, alrededor de cuatro de cada diez africanos no están familiarizados con el cambio climático, con lo cual la labor pendiente va desde lo personal hasta lo institucional. La firma de algunos de los tratados internacionales recientes sobre el cambio climático, como el Protocolo de Kioto o el Acuerdo de París, ha sido un primer impulso necesario y que debería ir a más. No solo respecto a las políticas que deben implementar los propios países africanos, sino en cuanto a que no son los únicos que deben actuar, pues las grandes potencias del norte global son las causantes principales de las emisiones que afectan en este caso a África.

Ya ha habido aportes, como el de Noruega, que ha donado cien millones de euros para proteger la selva de Gabón, o el de la Unión Europea, que aprobó ayudas por doce millones de euros por el ciclón Idai. Ahora falta que las políticas internas y externas que están detrás de las ayudas y la acción inmediata consideren no solo la atención tras un desastre natural, sino la prevención y preparación para las consecuencias a largo plazo del cambio climático. En el caso africano está muy relacionado a una pobreza extrema que ha ido a menos, como en el resto del mundo, pero, dada la falta de infraestructuras y el aumento poblacional, ha ido y se espera que vaya proporcionalmente a más.

José Manuel Cuevas y David Soler son investigadores del NCID del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. 

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