Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La lección de la mejor profesora del mundo

Entramos en el centro londinense donde esta laureada docente pone en práctica su fórmula para educar a alumnos en riesgo social.

Peluche. Hermano. Peluche. Y Andria Zafirakou enfrente con un libro y un “que os calléis” en la boca. Con cinco años ya se intuía que su destino pasaba por convertirse en profesora. “Todos mis juegos tenían que ver con enseñar y a mis maestros les indicaba cómo tenían que dar la lección”. Zafirakou tiene ahora 40 años y su foto aparece en el cartel que cuelga sobre la verja del Alperton Community School de Londres. Junto a su cara, un rótulo: “Mejor profesora del mundo 2018”.

Hace un año que ganó el premio a mejor profesora del mundo que otorga la Fundación Varkey. La eligieron entre 30.000 candidaturas, y con el premio, un millón de dólares distribuidos en 10 años, ha creado Artist in Residence. “Los niños no eligen una carrera artística porque no pueden ver qué salidas tienen. Esta iniciativa lleva el arte a los colegios de la mano de fotógrafos, actores, músicos y demás profesionales que inspiran a los estudiantes. He invertido el premio en este proyecto porque creo en el poder de las artes”.

Zafirakou es profesora en el Alperton Community School de Brent, un barrio inmigrante y pobre al noroeste de Londres.
Zafirakou es profesora en el Alperton Community School de Brent, un barrio inmigrante y pobre al noroeste de Londres.

Zafirakou ha convertido en realidad sus juegos infantiles. Ya no da lecciones en su cuarto, enseña arte y textil en un aula luminosa que apenas deja ver que sus paredes están pintadas de blanco. Los trabajos de sus alumnos cubren casi por completo las paredes de la clase, vacía un viernes de junio, de este colegio británico. Se ha recogido el pelo en una coleta alta y ni un solo mechón tapa sus rasgos mediterráneos. Hija de inmigrantes griegos, nació en Londres y creció en el seno de una gran familia con las culturas griega y británica entrelazadas en sus raíces. “Tuve una infancia genial. Era un poco oveja negra. Traviesa, respondona y obstinada”. Su vocación era enseñar, pero estudió Moda Textil y Negocio en la Universidad de Brighton para entender la materia antes de explicársela a sus alumnos. Al terminar, se formó para convertirse en profesora.

Recién graduada y con solo seis meses de prácticas en dos centros diferentes, Zafirakou se presentó en el Alperton Community School para pedir trabajo. Y se encontró un colegio hecho pedazos. Con las ventanas rotas y cubos para contener el agua que se filtraba en el aula porque fuera nevaba. Los chavales que entraban a clase no pasaban de 14 años, pero a ella le parecieron gigantes de malos modales: “Ha sido la peor clase que he dado en mi vida. No di arte, les enseñé cómo comportarse”.

A través del arte, se ha convertido en un ejemplo inspirador para sus alumnos.
A través del arte, se ha convertido en un ejemplo inspirador para sus alumnos.

Salió de la prueba convencida de que no quería el trabajo. De sus seis meses de prácticas se llevaba una experiencia gratificante y ese centro solo parecía prometer problemas. Construido en Brent, un barrio inmigrante y pobre al noroeste de Londres, miembros de bandas callejeras esperaban a los niños a la salida para reclutarlos. Los profesores conducían coches viejos porque, si aparecían con uno nuevo, se lo destrozaban. Pero el director le ofreció el trabajo y Zafirakou pensó que igual no era mala idea aceptar por un tiempo. Le pillaba a 20 minutos de casa, quizá podría quedarse un año, como mucho. Coger experiencia y marcharse. Aceptó. Lleva allí 14 años y, además de profesora, es directora adjunta.

Las pandillas siguen acechando a los alumnos a la salida de la escuela, pero el colegio poco se parece ya al que conoció la maestra hace una década. No se ven ventanas rotas, el centro cuenta con unas instalaciones envidiables y con una seguridad poco habitual para tratarse de una escuela de secundaria. Pero existe un tejido social que aún condiciona a los estudiantes. “Los padres de estos niños no tienen mucho dinero. Suelen vivir varias familias en una misma casa. Disponen de una habitación para cada una y comparten cocina, salón y baño”. La primera vez que esta comunidad le impresionó fue durante su segundo año de trabajo. Una de sus “chicas” acudía a clase por la mañana y desaparecía a mediodía. Descubrió que se escapaba cuando su familia tenía el turno de usar la cocina para ir a casa y hacer la comida. También ha visto a alumnos hacer los deberes en el baño al no encontrar otro lugar tranquilo en sus hogares.

La lección de la mejor profesora del mundo

Zafirakou sabe que muchos de sus estudiantes visten año tras año el mismo uniforme porque a sus padres no les alcanza el dinero para renovarlo y que algunos apenas tienen para comer. Entre las iniciativas que ha ayudado a impulsar destacan ofrecer todos los días un desayuno gratuito y habilitar espacios para quien no pueda estudiar en casa. Además, el 85% de los niños no tiene el inglés como su lengua materna y Zafirakou utiliza su asignatura para reducir las inseguridades que esto les pueda generar: “Sienten mucha presión por aprender a hablar o escribir, que nunca se van a poner al día. Pero cuando llega la materia de arte, es su momento de brillar”.

Los docentes de este centro no se limitan a dar clase. Saben que muchos de sus alumnos viven en contextos de riesgo y que la clave para poder ayudarlos pasa por establecer con ellos una relación de confianza. “Muchas de mis niñas han estado involucradas en problemas con bandas. Las acompañamos al autobús para que lleguen a salvo a casa. Y lo primero que hacemos al regresar de vacaciones es ver que los niños que nos preocupan hayan venido. Si están, para nosotros es un milagro”.