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¿Economía circular? Pregunte a sus abuelos

No se trata de caer en la nostalgia por unos tiempos que siempre fueron peores. Se trata simplemente de mirar hacia atrás y recordar que se puede vivir con menos cosas

La ministra francesa de Transición Energética, Brune Poirson, en la Asamblea Nacional, en París, el pasado 16 de julio.
La ministra francesa de Transición Energética, Brune Poirson, en la Asamblea Nacional, en París, el pasado 16 de julio. AFP

El pasado 10 de julio la secretaria de Estado francesa de Transición Energética, Brune Poirson, presentó al gabinete de Emmanuel Macron un “proyecto de ley antidespilfarro, para avanzar hacia una economía circular”. Es decir, hacia una economía sostenible en la que los ciudadanos consuman menos y mejor, reciclen todo lo posible, eviten los plásticos de un solo uso e intenten reparar o reutilizar los productos antes de tirarlos a la basura. El plan incluía además una medida llamativa: incorporar a todo aparato eléctrico un “índice de reparabilidad”, para que el comprador sepa de antemano si el cacharro que adquiere se puede arreglar, o si está destinado a convertirse en un desecho a la primera avería.

Sin hipérboles, es probable que nuestra supervivencia como especie dependa del éxito de medidas como esta. Medidas que suenan muy innovadoras, pero que suponen una cierta vuelta a otra época. En 1950, hace solo 70 años, el 80% de la población mundial vivía en los pueblos. Las bolsas de plástico no se habían extendido. Los envases de vidrio se reutilizaban hasta que se rompían, los desperdicios orgánicos servían para abonar la huerta o alimentar al cerdo, y luego la familia se comía al cerdo. La ropa se heredaba y al final se usaba para hacer trapos. Así es aún en muchos lugares del mundo y así fue para toda la humanidad durante miles de años: no se desperdiciaba nada, reciclábamos todo —aún sin conocer esa palabra— y reparábamos lo que se podía porque los recursos eran escasos. Ahora, sin volver a las cavernas ni autoinfligirnos penurias innecesarias, tenemos que recuperar en parte ese espíritu por otro motivo: porque el planeta no resiste que 7.300 millones de ejemplares de Homo sapiens consuman desaforadamente.

Si se impone la economía circular —y si no se impone quizá no vivamos para contarlo— la etapa de desenfreno consumista y derroche de recursos habría supuesto entonces solo un brevísimo paréntesis dentro de la historia de la civilización, un periodo de locura transitoria que afectó unas pocas décadas a las sociedades más ricas. No se trata de caer en la nostalgia por unos tiempos que siempre fueron peores. Se trata simplemente de mirar hacia atrás y recordar que se puede vivir con menos cosas. Y que conviene hacer un esfuerzo por darles un segundo uso o repararlas antes de tirarlas a la basura.

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