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El escurridizo significado de “guiri”

El 'Diccionario' define el término como “turista extranjero”, pero no se lo aplicaríamos nunca a un uruguayo

250619 Dos turistas miran postales en un quiosco de la Rambla.
25/06/19 Dos turistas miran postales en un quiosco de la Rambla.

El verano aumenta las temperaturas y también el uso del vocablo “guiri”, que el Diccionario define con sólo dos palabras: “Turista extranjero”. Pero ¿es eso lo que entendemos por “guiri”?

“Mira, niño, dame unas cervezas para los guiris de la mesa ocho”. “Vaya cómo se ha puesto de colorado ese guiri”. “Intenté ligar con una guiri pero no le entendía nada”. “Menuda algarabía están montando los guiris de la habitación de al lado”. “Las guiris vienen mucho a esta tienda”.

Lo siento, son los ejemplos que han surgido a bote pronto. Habría de esforzarme mucho para imaginar contextos diferentes, y (ay) poco verosímiles: “Los guiris que cenaron aquí se tomaron un rioja gran reserva”. “Un guiri llegó ayer en patera”. “Me preguntó una guiri boliviana por dónde se iba”. “Los guiris de la habitación de al lado escuchaban ópera”.

Porque la palabra “guiri” ha ido acumulando connotaciones y exclusiones que no aparecen reflejadas en la escueta definición del Diccionario.

¿Llamamos “guiri” a un turista uruguayo, que es por tanto un “turista extranjero”? Quizás no, porque identificamos “guiri” con alguien que no habla español. Entonces, ¿un italiano puntúa como guiri? Pues tampoco, porque un italiano es como de la familia, igual que un portugués o una brasileña. ¿Consideramos “guiri” a un africano negro? De ningún modo: el guiri o la guiri deben ponerse colorados en cuanto se tumban al sol. ¿Acaso es guiri un ser silencioso que se acuesta poco después del ocaso? Tampoco encaja. ¿Es el “guiri” un exquisito en gustos poco dado al chiringuito porque prefiere un restaurante de lujo? Más bien no.

El vocablo “guiri” entró en el Diccionario en 1925, pero referido al nombre con el que los carlistas del siglo XIX llamaban a los partidarios de la reina Cristina. Se supone procedente del vasco guiristino, alteración fonética de “cristino”. El euskera tiende a rechazar las consonantes sordas iniciales y en especial los grupos en los que aparece una erre; por eso en vez de “cruz” escoge gurutz (Alvar Ezquerra, 1994). Y los carlistas veían a sus adversarios como extranjeros, lo que lleva a establecer tal relación mediante el acortamiento de guiristino.

Hasta 1984 no añadió la Academia esa acepción concerniente al turista que nos visita, a la que quizás convendría incorporar la marca de “españolismo” (pues apenas se oye en América).

Ha pasado poco tiempo aún para que se asiente entre nosotros. Pero ya podemos conjeturar algunos rasgos constantes: los “guiris” hablan inglés, francés o alemán (el japonés se halla en lista de espera); con el sol español pasan de blancos a pieles rojas; se excluye del término a las personas de raza negra; no suelen mostrar gustos exquisitos y ejercen sus actividades culturales, si acaso, lejos de nosotros.

Los diccionarios discuten sobre marcar o no el término como despectivo. La Academia no lo hace, la edición de 2007 del María Moliner dice que lo es “a veces”, y el Seco lo considera sólo como “jergal”.

No sé. Quizá sea despectivo el plural, y no el singular: los guiris en grupo dan la brasa, pero el guiri aislado nos merece compasión, le ayudamos complacidos si pide ayuda. Y el guiri varón puede ser gordo y bruto, mientras que la guiri, sobre todo si está sola, forma parte de cierto imaginario: esbelta, rubia…, casi casi una “sueca”.

Podemos pedirle algo más al Diccionario, pero antes habremos de saber que sus definiciones son sólo la puerta por la que se entra en los contextos de las palabras.

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